ORAR CON LA BIBLIA

Para leer el Evangelio de San Marcos
— por Luis Alonso Schökel

Excluidos los ciclos litúrgicos de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua, en la semana se leen a lo largo del año los Evangelios Sinópticos: Marcos (enero-junio), Mateo (junio-agosto), Lucas (septiembre-noviembre). Estas son unas indicaciones para seguir el Evangelio de San Marcos.

Autor, fecha, destinatarios. Fue escrito por Marcos, compañero de Bernabé (Hechos 12,12.25; 13,13; 15,37.39), discípulo de Pedro, con quien llegó a Roma. Se escribió en torno a la primera persecución de Nerón contra los cristianos (año 64) y antes de la conquista de Jerusalén y la destrucción del templo por Tito (año 70). Su autor lo escribió para los cristianos de Roma que eran de origen pagano y padecían persecución, tenían que dar razón de su fe en Jesús muerto y resucitado y este escrito servía para fortalecerlos.

Tema central. Es la persona de Jesús, su misterio de un Mesías Crucificado, la reacción de la gente ante él, y el camino que recorren con él sus discípulos para llegar a aceptar su muerte.

Los cuatro Evangelios fueron pensados y escritos a la luz de la resurrección de Jesús, pero cada uno lo presenta a su manera. Marcos pone de relieve a Jesús como un Mesías crucificado, no glorioso, que causa admiración en la gente y a la vez incomprensión y rechazo, aun de sus propios discípulos.

La presentación que hace el autor de Jesús es clave: «Comienzo de la Buena Noticia de Jesucristo, Hijo de Dios» (1,1). Declaración corroborada por el Padre en el bautismo: «Tú eres mi Hijo amado en quien me gozo» (1,13). Y que será nuevamente corroborado por un soldado en la crucifixión: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (15,39). Los cristianos perseguidos de Roma debían hace esa misma confesión de fe en Jesús Crucificado, el centurión al pie de la cruz los representa.

Anuncio del reinado de Dios. Jesús comienza su misión proclamando la llegada inminente del reinado de Dios (1,14). Sus acciones sorprendentes y milagrosas, su enseñanza con parábolas y dichos, su actitud de compasión, cercanía y amistad con toda clase de gente, especialmente pecadora y marginada, son signo de que Dios está presente y germen de su reinado.

Desde un principio el anuncio de Jesús y las acciones que lo acompañan provocan una confrontación: asombro (1,22), estupor (1,27), entusiasmo (1,45); también murmuración (2,6.16), insidia (3,6), difamación (3,22), violencia (12,12) contra él; entre su familia y vecinos hubo también incomprensión (3,21.31; 6,1-6).

Discípulos. Jesús invita a seguirlo desde el comienzo de su misión, escoge a unos pescadores (1,16-20), a un recaudador de impuestos (2,13-14), forma un grupo de doce para que estén con él y enviarlos a predicar (3,13-19). Estos discípulos tendrán que hacer también un itinerario espiritual desde el entusiasmo inicial, pasando por incomprensión y crisis (4,13; 6,52; 7,18), hasta la adhesión cordial a Jesús resucitado que el evangelista deja en suspenso (16,1-8). Este final enigmático del Evangelio de Marcos tiene un propósito: los cristianos de Roma están llamados completar el anuncio que las mujeres temerosas se guardaron, haciendo ellos su confesión de fe en Jesús Resucitado en medio de las persecuciones.

Esquema. El Evangelio tiene una introducción (1,1-13): anuncio de Juan Bautista, bautismo de Jesús, tentaciones. Sigue la actividad en Galilea (1,14–7,23). Luego los viajes a Fenicia y Cesarea (7,24–8,26). Dos sucesos dan un giro a la misión: la sanación del ciego de Betsaida (8,22-26) y la confesión de Pedro (8,27-30). Los discípulos comienzan así a dar también un giro en su comprensión de Jesús.

Después de la confesión de fe de Pedro, Jesús va a emprender el camino a Jerusalén para completar su misión (8,27–10,52); las tensiones irán en aumento, él anuncia cuál será su destino en tres ocasiones (8,31; 9,30; 10,32), su entorno se irá estrechando (8,34; 10,17; 10,35). En Jerusalén, Jesús es el profeta y mesías humillado (11–13), tal como lo presenta el relato de la pasión y resurrección (14,1–16,8).

El momento culminante de la confesión de fe son las palabras del centurión el pie de la cruz: «Realmente este hombre era Hijo de Dios» (15,39). Concuerdan con la confesión de fe en el título de Evangelio: «Inicio de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios». ¿Quién es ese Mesías, Hijos de Dios? No el Jesús Resucitado, sino el Jesús Crucificado. En el Evangelio de Marcos no hay apariciones de Jesús Resuciado. La mujeres que van al sepulcro de madrugada y escuchan al mensajero que declara la resurrección de Jesús, no llevan el mensaje a sus discípulos. «Ellas salieron corriendo del sepulcro, asustadas y fuera de sí. Y de puro miedo, no dijeron nada a nadie» (16,8).

Esa es la paradoja del Evangelio de Marcos. ¿Por qué conluye así? El centurión romano que confiesa a Jesús Crucificado como Hijo de Dios representa a los cristianos perseguidos de Roma que están llamados a confesar la fe en Jesús en medio de la persecución. Curisosamente, se añadió luego un apéndice con un sumario de las apariciones (16,9-20) para suavizar el final desconcertante de las mujeres que no dicen nada.

Diez años antes del Evangelio de Marcos, Pablo presenta en su Primera Carta a los Corintios la paradoja desconcertante y escandalosa de un Mesías Crucificado. Hay una convergencia entre este Evangelio y las consideraciones de san Pablo (aquí). [De la Introducción de Luis Alonso Schökel en La Biblia de Nuestro Pueblo - F. Q.]