SEMANA DE PASCUA

Jueves de Pascua: «El Mesías tenía que padecer y resucitar al tercer día»


Evangelio de San Lucas 24,35-49

• Jesús irrumpe en medio de los discípulos que siguen hablando de lo sucedido sin llegar a desentrañar el misterio latente en esos sucesos. Atónitos y llenos de temor, piensan que es un fantasma. Su inteligencia está obnubilada, su sensibilidad embotada.

• El que parece un fantasma les dice: «¿Por qué se turban? ¿Por qué tienen esas dudas?». Y esa figura etérea les presenta sus signos de identidad: «Soy yo mismo. Tóquenme, vean, un fantasma no tiene carne ni huesos».

• El supuesto fantasma remite a los atónitos discípulos a ese Jesús de carne y hueso que conocieron y con el que convivieron en Galilea, Judea y otros territorios. Él les muestra sus manos y sus pies, manos y pies que fueron taladrados por los clavos. Esa es otra de sus señas de identidad: él es el Crucificado.

• Reacción sorprendente de los discípulos: «Era tal el gozo y el asombro que no acababan de creer». Como en esa expresión coloquial, cuando te dicen: «¡Fíjate que Fulanita hizo tal y cual!» «¡No te lo puedo creer!» Así estaban ellos: ¡No lo podían creer!

• Llega, entonces, la palabra para develar el misterio y dar un sentido a lo que está sucediendo: «Esto es lo que les decía cuando todavía estaba con ustedes». «Entonces –dice Lucas– se les abrió la inteligencia».

• Hay un no sé qué en estos relatos de encuentro con el Resucitado, que están como pensados y escritos para acompañar un itinerario de fe entre dudas, rumores, asombro, temor, gozo. Es como una pedagogía de la fe para todos los seguidores de Jesús que vendrán después.

• Finalmente, una palabra de esperanza: «Ustedes son testigos de todo esto. Yo les enviaré lo que el Padre prometió» (v. 49). Esa promesa del Padre es el Espíritu, con cuya inspiración se confirma la fe en Cristo Resucitado. 

• El Espíritu Santo que acompaña a los testigos será en adelante otro modo de presencia de Jesús resucitado en medio de ellos: él es el otro Defensor del que Jesús les había hablado en la Última Cena.

 

Lectura: Hechos 3,11-26

• Asombrada la gente por la sanación del paralítico, creía que Pedro y Juan poseían poderes taumatúrgicos. Pedro los desmiente de inmediato: «Israelitas, ¿por qué se asombran y se quedan así, mirándonos como si hubiéramos hecho caminar a este con nuestro poder o santidad?»

• Aprovecha entonces la ocasión para dirigirles nuevamente la palabra. Invoca al Dios de vivos y no de muertos, que Jesús había invocado cuando le preguntaron sobre la resurrección de los muertos (Mc 12,26-27).

• Pedro les dice: «El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que entregaron y rechazaron ante Pilato, que había sentenciado ponerlo en libertad».

• Ese hombre que ustedes ven enteramente restablecido, ¿por qué o cómo recibió la salud? La respuesta de Pedro es contundente: «Porque ha creído en el Nombre de Jesús, este que ustedes conocen y están viendo ha recibido de ese Nombre vigor, y la fe que proviene de él le ha dado la salud completa en presencia de todos».

• ¿Qué consecuencia pueden sacar quienes contemplan asombrados lo que está sucediendo? «Ahora –les dice Pedro– arrepiéntanse y conviértanse para que todos sus pecados les sean perdonados».

• Tenemos en este episodio unos sucesos de la aventura misionera de los apóstolese que se repetirán en la narración de san Lucas .

 

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Reflexión: Julián Riquelme

Contexto - Palestina, año 30: Los discípulos tienen dificultad para admitir que Jesús, después de la muerte en cruz esté vivo, Resucitado. - Grecia, año 80: El sentido de la vida, iluminado por la fe, fue más fuerte que la pura racionalidad de los discípulos: ¡Jesús es el Mesías y está vivo! Así lo percibieron los primeros cristianos.

Sentido La “Aparición del Resucitado en Jerusalén”, ofrece fundamentalmente tres aspectos:

Ayuda (24,35-43). La ayuda del Señor a los suyos Los discípulos tienen miedo, se alarman y dudan: ¿No se tratará de la aparición de un “espíritu”, un difunto, un fantasma? (24,37). Jesús los invita a mirar y palpar la realidad de su cuerpo; les da ánimo. Cuando los seguidores de Cristo sienten alegría, se preguntan: ¿Es una realidad o una ilusión? (24,41). Entonces el Señor come pescado asado delante de ellos. Así propicia el reencuentro de Él con los suyos. Lección: La paz que Jesús nos da en Pascua no es la paz que sigue las estrategias del mundo, que cree obtenerla por la fuerza, con las conquistas y con varias formas de imposición. Esta paz, en realidad, es solo un intervalo entre las guerras: lo sabemos bien.

Enseñanza (24,44-46). A la luz de la fe en el Mesías, se lee el Antiguo Testamento con sentido de apertura a todos los pueblos. Cristo, después de enseñarles a unir la vida y la Biblia, explica a los suyos que el centro de nuestra fe es su muerte y resurrección, porque su entrega manifiesta el Amor y la Misericordia de Dios Padre por todos. Además, el núcleo esencial de esta fe es el encuentro personal con Cristo; esto es, la experiencia de caminar por la vida acompañados por alguien vivo con quien podemos contar y en quien podemos confiar: solo Él, cercano y lleno de vida, puede ayudarnos a vivir, amar y esperar, a pesar de nuestros errores, desaciertos y fracasos. Moraleja: La paz del Señor sigue el camino de la mansedumbre y de la cruz: es hacerse cargo de los otros.

Misión (24,47-48). Finalmente, Cristo hace misioneros a los discípulos y discípulas, para que anuncien su Nombre, es decir, su persona, comenzando por Jerusalén (mundo judío) hasta llegar a todas las naciones. Se trata de la misión universal de los discípulos. Mensaje: Cristo, de hecho, ha tomado sobre sí nuestro mal, nuestro pecado y nuestra muerte. Ha tomado consigo todo esto. Así nos ha liberado. Él ha pagado por nosotros. Su paz no es fruto de algún acuerdo, sino que nace del don de sí. (Papa Francisco, 13-04-2022).

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