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    N° 51 OCTUBRE 2017 PARA MEDITAR    
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Credos antiguos en un mundo nuevo

por Dag Hammarksjöld

 

Dag Hammarksjöld (1905-1961) fue el segundo Secretario General de la ONU de 1953 hasta su muerte en un accidente aéreo en la antigua Rodesia. Fue un hombre de acción entregado totalmente a promover la paz entre las naciones, especialmente en dos momentos álgidos que tuvo que enfrentar: la Crisis del Canal Suez en 1956, que implicó a Egipto, Israel, Gran Bretaña y Francia; y la independencia en 1960 del antiguo Congo Belga, que había padecido una explotación despótica y cruel por su dueño el rey Leopoldo II de Bélgica. Dag Hammarksjöld es reconocido por su hondura espiritual, que salió a la luz a raíz de la publicación póstuma de su diario, Vägmärken – Marcas en el camino. Poco después de asumir el cargo de Secretario General manifestó sus creencias en un programa de radio con Edward R. Murrow, This I Believe – Esto es lo que creo. Su declaración, Credos antiguos en un mundo nuevo, fue publicada en l954.


Credos antiguos en un mundo nuevo


El mundo en el que crecí estaba dominado por los principios e ideales de un tiempo lejano al nuestro y, como es obvio, muy ajeno a los problemas que enfrenta una persona de mediados del siglo XX. Pero mi camino no ha significado un alejamiento de esos ideales. Al revés, me ha llevado a una comprensión de su validez también para nuestro mundo actual. Por eso, el esfuerzo que nunca abandoné de construir franca y llanamente una creencia personal a la luz de la experiencia y el pensamiento honestos, me condujo en círculo: reconozco ahora y hago mías sin reservas esas mismas creencias que una vez me fueron transmitidas.

e generaciones de soldados y funcionarios públicos heredé por parte de mi padre la creencia de que no hay vida más satisfactoria que el servicio desinteresado al propio país – o a la humanidad. Este servicio requiere el sacrificio de todos los intereses personales, y también el valor de defender resueltamente las propias convicciones sobre lo que es correcto y bueno para la comunidad, al margen de las opiniones de moda.

De estudiosos y clérigos heredé por parte mi madre la creencia de que, en el sentido más radical de los Evangelios, todos los hombres son iguales como hijos de Dios, y debemos reconocerlos y tratarlos como nuestros señores en Dios.

La fe es un estado de mente y alma. En este sentido podemos entender las palabras del místico español san Juan de la Cruz: «La fe es la unión de Dios con el alma». El lenguaje de la religión es un conjunto de fórmulas que registran una experiencia espiritual básica. No deben considerarse como descripción, en términos han de ser definidos por la filosofía, de la realidad que es accesible a nuestros sentidos y que podemos analizar con las herramientas de la lógica. Llegué tarde a la comprensión de lo que esto significa. Cuando al fin llegué a ese punto, las creencias en las que una vez fui educado, y que de hecho habían orientado mi vida, incluso cuando mi intelecto cuestionaba su validez, las admití por su propio peso y por mi libre decisión. Creo que puedo hacer mías esas convicciones sin la menor capitulación ante las exigencias de esa honestidad intelectual que es la clave de la madurez de la mente.

Los dos ideales que dominaron mi mundo infantil me hallaron en completa armonía y adaptado a las exigencias de nuestro mundo actual gracias a la ética de Albert Schweitzer, según la cual el ideal de servicio se apoya, y a la vez la apoya, en la actitud básica para con el hombre que presentan los Evangelios. En su obra también encontré una llave al mundo de los Evangelios para el hombre moderno.

Pero la explicación de cómo una persona debe vivir una vida de servicio social activo en plena armonía con ella misma en cuanto participa de la comunidad del espíritu, la encontré en los escritos de los grandes místicos medievales, para quienes «la entrega de sí mismo» fue el camino a la auto-realización; y que en la «unidad de la mente» y la «interioridad» hallaron la fuerza para decir Sí a todas las exigencias que las necesidades de sus prójimos les presentaban; y a decir Sí también a cada vicisitud que la vida les tenía reservada cuando seguían la llamada del deber tal como la entendían. El «amor» –palabra tan mal usada e interpretada– significaba para ellos sencillamente la fuerza desbordante de la que se sentían llenos al vivir en el verdadero olvido de sí. Y este amor tuvo su expresión natural en el cumplimiento sin vacilaciones del deber, y en la aceptación sin reservas de la vida, comoquiera que haya implicado para ellos fatiga, sufrimiento – o felicidad.

Sé que sus descubrimientos sobre las leyes de la vida interior y de la acción no han perdido su significado.


* This I Believe, vol. 2, ed. Raymond Swing (New York: Simon and Schuster, 1954), 194-196; Public Papers of the S-G, 2:194-196.


Responsable: Francisco Quijano

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Abril 2013



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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