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Santo Domingo: una espiritualidad de ojos abiertos

por Carmen Gloría Guíñez - María Soledad Cordero

 

De día el Señor me hará misericordia, de noche cantaré la alabanza al Dios de mi vida. Salmo 42

Cada familia religiosa tiene su propio patrimonio espiritual. Santo Domingo infundió a su Orden una espiritualidad de «ojos abiertos». Vivió desposeído de sí para atender a Dios y servir a los hombres. Su oración era una escucha habitual de la Palabra de Dios y una solicitud fraterna por los pecadores. Su vida discurría entre el estudio del Evangelio, la atención a sus hermanas y hermanos y la predicación. Su Orden, que él quiso llamar de Predicadores, fue el resultado de poner al servicio de la evangelización el potencial de la contemplación
.
Jordán de Sajonia, su sucesor en el gobierno de la Orden, esboza esta imagen de Domingo: «Durante la noche, nadie más perseverante en velar en oración. Consagraba el día a su prójimo y la noche al Señor, convencido como estaba de que el Señor ha enviado durante el día su misericordia, y de noche su cántico. Tenía la costumbre de pernoctar muy frecuentemente en las iglesias... Oraba por las noches y permanecía velando todo el tiempo que podía arrancar a su frágil cuerpo. Cuando, al fin, llegaba la fatiga y se distendía su espíritu, reclamado por la necesidad de dormir, descansaba un poco ante el altar o reclinaba la cabeza sobre una piedra a ejemplo del patriarca Jacob. De nuevo volvía a la vigilia y reemprendía su fervorosa oración».

Las declaraciones de los testigos en el proceso de canonización son unánimes a este propósito: «Pasaba la mayor parte de la noche en oración, y pernoctaba muy frecuentemente en la iglesia; lloraba mucho en la oración» (fray Ventura de Verona). «Antes de acostarse dedicaba siempre largo tiempo a la oración, muchas veces con gemido y lágrimas, de modo que no era infrecuente que despertara a este testigo, y a otros, con sus gemidos y llanto» (fray Guillermo de Monferrato). «Cuando los frailes salían de la iglesia después de completas para ir a dormir, él se ocultaba en el templo para orar» (fray Bonviso de Piacenza).

Uno de sus primeros biógrafos, Constantino de Orvieto, describe una visión del santo, inspirada en un pasaje de los Hechos de los Apóstoles que habla de la elección de Bernabé y Saulo para predicar a los paganos (13, 1-2): «Estando Domingo en Roma orando en la basílica de San Pedro y pidiendo a Dios que conservara y aumentara su Orden, vio cómo se le acercaban los apóstoles Pedro y Pablo. Pedro le entregaba un báculo, y Pablo un libro. Le decían: Vete, predica, porque Dios te ha escogido para este ministerio».

En la bula de canonización el papa Gregorio IX destaca estos rasgos del talante espiritual del fundador de los predicadores: «Hecho un solo espíritu con Dios, se esforzó por abismarse en Él por la contemplación, sin descuidar la caridad para con el prójimo, que le impulsó a entregarse con justa medida a las obras de misericordia».

«A medida que crecía en edad –continúa la bula– crecía también en gracia, y experimentaba una indescriptible felicidad en la entrega a la salvación de las almas. Se dio por completo a la predicación de la Palabra de Dios, engendrando a muchos en Cristo por el Evangelio una verdadera multitud que, siguiéndole en su ardua vocación, se consagró al sublime ministerio evangélico».

El carisma que santo Domingo transmitió a la Orden de Predicadores – mojas, hermanas, laicos, frailes – ha quedado plasmado en uno de nuestros lemas: somos una familia religiosa que ora en comunidad (Laudare / Alabar), comparte esta vida de comunión como un don de Dios (Benedicere / Bendecir) y anuncia el gozo inefable de la fraternidad (Praedicare / Predicar).

De día la misericordia, de noche la alabanza: una espiritualidad de ojos abiertos. Nuestro padre Domingo vivió una relación íntima con Dios que no está separada del mundo ni de la vida ni de la historia. La fe como lo muestra la Biblia percibe la presencia salvadora de Dios en todo. De ahí la paradoja: la relación con Dios es posible en todo, momento y en todas partes, pero está más allá de todo. En efecto, Dios lo es Todo: es más íntimo al ser creado que el propio ser creado, y es totalmente Otro. La oración puede y debe ser un dialogo en la fe con este Dios que lo es Todo y que se nos ha hecho cercano en Jesús. Es el Dios cuyo rostro amoroso de Padre nos ha sido revelado en Jesús, un Dios atento y presente en toda la realidad y entre los hombres.


 


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Marzo 2013



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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