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Salmo 65: ¡Oh Dios, tú mereces un himno porque escuchas las súplicas!

por Francisco Quijano

 

Oh Dios, tú mereces un himno en Sión,
  y a ti se te cumplen los votos,
  porque tú escuchas las súplicas.

A ti acude todo mortal
  a causa de sus culpas;
  nuestros delitos nos abruman,
  pero tú los perdonas.

Dichoso el que tú eliges y acercas
  para que viva en tus atrios:
  que nos saciemos de los bienes de tu casa,
  de los dones sagrados de tu templo.

Con portentos de justicia nos respondes,
  Dios, salvador nuestro;
  tú, esperanza del confín de la tierra
  y del océano remoto;

tú que afianzas los montes con tu fuerza,
  ceñido de poder;
  tú que reprimes el estruendo del mar,
  el estruendo de las olas
  y el tumulto de los pueblos.

Los habitantes del extremo del orbe
  se sobrecogen ante tus signos,
  y a las puertas de la aurora
  y del ocaso las llenas de júbilo.

Tú cuidas de la tierra, la riegas
  y la enriqueces sin medida;
  la acequia de Dios va llena de agua,
  preparas los trigales;

riegas los surcos, igualas los terrones,
  tu llovizna los deja mullidos,
  bendices sus brotes;
  coronas el año con tus bienes,
  las rodadas de tu carro rezuman abundancia;

rezuman los pastos del páramo,
  y las colinas se orlan de alegría;
  las praderas se cubren de rebaños,
  y los valles se visten de mieses,
  que aclaman y cantan.


● ● ●


El salmo 65 es un himno que canta el honor debido a Dios. La alabanza se despliega en tres escenarios: el templo de Jerusalén, el horizonte de la creación y de la historia, y una serie de escenas de la vida campestre.

La primera estrofa concentra la atención en el templo de Jerusalén donde Dios manifiesta su bondad y misericordia. Dios escucha, perdona, acerca a sí y colma de bondad a sus fieles; el fiel que se acerca es consciente de su condición mortal y del peso de sus culpas, pero confía en el Señor.

Se dice que Dios escucha las súplicas, pero no encontramos ninguna. Todo lo contrario. El salmo es un himno que celebra a Dios por sus acciones; él es el sujeto de todo lo que se dice: tú mereces, tú escuchas, tú perdonas, tú eliges, tú acercas…

La condición de criatura mortal y pecadora del fiel queda envuelta por la bondad de Dios. Eso es fuente de dicha y gozo. Si la estrofa comienza aludiendo a la pequeñez e indignidad de los seres humanos, termina celebrando el gozo de vivir cerca de Dios y de quedar saciado de su bondad. Este sentimiento de placidez aparecerá en la tercera estrofa.

La segunda estrofa se abre a dimensiones cósmicas y universales, toda la tierra, a la humanidad. Comienza con un verso de enlace con la estrofa anterior, que sirve para extender un atributo de Dios, su justicia, a la creación entera. La justicia de Dios significa su acción salvadora de la humanidad y su lealtad para con la creación.

Hay dos imágenes implícitas en los vv. 6 y 7-8. El Dios que responde a las súplicas con portentos de justicia es el Dios que escuchó el grito de su pueblo y lo hizo pasar por el Mar Rojo (Sal 106, 22), su justicia se extiende a toda la humanidad hasta el confín de la tierra y el océano remoto.

La otra imagen es la de Dios que con su poder asienta los montes e impone orden al cosmos, eco tal vez de Génesis 1, 9: “Dijo Dios: ‘Acumúlense las aguas debajo del firmamento en un solo lado, y déjese ver lo seco’. Y así fue. Y llamó Dios a lo seco ‘tierra’, y al conjunto de las aguas ‘mares’. Y vio Dios que estaba bien”. La presencia del mar, símbolo de las fuerzas que se oponen a Dios, pone un acento de dramatismo épico en el salmo. A esas fuerzas primordiales se asemejan el tumulto de los pueblos que se rebelan contra Dios.

La tercera estrofa presenta un escenario familiar, el ciclo de las estaciones en la vida campestre, que es también una manifestación prodigiosa de Dios. El efecto visual de una estrofa a otra es sorprendente: de contemplar espacios inmensos y proezas colosales pasamos mirar con ojos atentos una sucesión de imágenes pintorescas, miniaturas muy bien logradas con unos cuantos rasgos y colores.

El símbolo central es el agua, la lluvia torrencial como bendición y fuente de vida. La sensación que provocan estas imágenes es la de una temporada de lluvias benéficas que producen una cosecha abundante. Casi se siente y se huele la humedad del paisaje; se ve también su colorido, el verdor de los prados, el amarillo de las mieses, el deambular de ovejas blancas con sus corderitos.

Pero al poeta le interesa más describir la obra del labrador, va pasando la mirada por los detalles del cultivo de la tierra. A sus ojos esto es un prodigio de la bondad de Dios en la figura del labrador; siete verbos pintan con unos cuantos trazos la delicadeza y el cariño que él pone en esta obra:
cuidas, riegas, enriqueces, preparas, igualas, bendices, coronas...

La respuesta de la naturaleza –praderas, colinas, valles, tierras labradas, rebaños– al cariño que Dios muestra por ella es su fertilidad. De singular plasticidad son los verbos que expresan la exuberancia de los frutos: las colinas se orlan de alegría, / las praderas se cubren de rebaños, / los valles se visten de mieses / que aclaman y cantan.

El himno, que comienza con los cantos del culto en el templo y prosigue exaltando las proezas de Dios, llega a su clímax en esta coda feliz. Al coronarse el año con la cosecha, la naturaleza toda se engalana para celebrar una fiesta en honor de Dios y cantar el himno del cual ella forma parte.




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Febrero 2013



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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