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    N° 51 OCTUBRE 2017 LEER A LOS PADRES    
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Trigo soy de Dios, he de ser molido para ser presentado como limpio pan de Cristo

de San Ignacio de Antioquia

 

Ignacio nació en Antioquía de Siria hacia el año 35 de nuestra era. Fue el segundo sucesor del apóstol Pedro en la cátedra de Antioquía. Condenado a muerte por el gobernador de Siria en la persecución contra los cristianos en tiempos del emperador Trajano, fue enviado a Roma donde muere en el Coliseo el año 107.
 

Fragmentos de la Carta a los Romanos

Ignacio, por sobre nombre Portador de Dios. A la iglesia que alcanzó misericordia, en la magnificencia del Padre altísimo y de Jesucristo su único Hijo; a la Iglesia amada e iluminada por la voluntad de aquel, que ha querido todo lo que existe, según la caridad de Jesucristo, nuestro Dios; Iglesia, además, que preside en el territorio de los romanos, digna de Dios, digna de honor, digna de ser llamada dichosa…y que preside a todos los congregados en la caridad, que guarda la ley de Cristo, que está adornada con el nombre del Padre. Para ella mi saludo en el nombre de Jesucristo, Hijo del Padre. Y a los que están adheridos en cuerpo y alma a todos sus preceptos.

Por fin, después de tanto pedirlo al Señor, insistiendo una y otra vez, he alcanzado la gracia de ir a contemplar vuestro rostro, digno de Dios; ahora en efecto, encadenado por Cristo Jesús, espero poder saludaros, si es que Dios me concede la gracia de llegar hasta el fin. Los comienzos por ahora son buenos, solo falta que no halle obstáculos en llegar a la gracia final de la herencia, que me está reservada. Porque temo que vuestro amor me perjudique. Pues, a vosotros os es fácil obtener lo que queráis, pero a mí me sería difícil alcanzar a Dios, si vosotros no me tenéis consideración.

Nunca tuvisteis envidia de nadie, y a otros habéis enseñado a no tenerla. Lo único que para mí habéis de pedir es fuerza, tanto exterior como interior, a fin de que no sólo me llame cristiano, sino que me muestre como tal… Cuando el cristianismo es odiado por el mundo, la hazaña que le cumple mejor, no es mostrar elocuencia de palabra, sino grandeza de alma. Yo voy escribiendo a todas las iglesias y a todas les encarezco, que yo estoy pronto a morir de buena gana por Dios, con tal que vosotros no me lo impidáis. Os lo suplico: no mostréis para conmigo una benevolencia importuna. Dejad que sea pasto de las fieras, ya que ello me hará posible alcanzar a Dios. Trigo soy de Dios y por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado como limpio pan de Cristo.

Halagad más bien a las fieras, para que se conviertan en sepulcro mío y no dejen rastro de mi cuerpo; así, después de mi muerte, no seré molesto a nadie… Entonces seré verdadero discípulo de Cristo; suplicad a El por mí, para que logre ser sacrificio para Dios.

No quiero vivir más la vida terrena. Y este deseo será realidad, si vosotros lo queréis. Os pido que lo queráis, y así vosotros hallaréis también benevolencia. En dos palabras resumo mi súplica: Hacedme caso, Jesucristo os hará ver que digo la verdad; él, que es la boca que no engaña, por la que el Padre ha hablado verdaderamente. Rogad por mí, para que llegue a la meta. Os he escrito, no con criterios humanos, sino conforme a la mente de Dios. Si sufro el martirio, es señal de que me queréis bien; de lo contrario, es que me habéis aborrecido.

Ver: Liturgia de las Horas, Semana X.

Responsable: Ramón Ramírez OP


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Enero 2013



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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