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    N° 51 OCTUBRE 2017 ALABAR CON HIMNOS    
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Nunc dimittis: himno del crepúsculo y la aurora

por Francisco Quijano

 

Cuando llegó el día de la purificación de ellos, de acuerdo con la ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como manda la ley del Señor: Todo primogénito varón será consagrado al Señor; y para hacer la ofrenda que manda la ley del Señor: un par de tórtolas o dos pichones.

Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que esperaba el consuelo de Israel y el Espíritu Santo estaba en él. Le había revelado el Espíritu Santo que no moriría sin antes haber visto al Mesías del Señor. Movido por el Espíritu, vino al templo. Cuando los padres introducían al niño Jesús para cumplir con lo mandado en la ley sobre él, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo
:

    
Ahora dejas, Señor, a tu siervo
     irse en paz según tu palabra,
     porque mis ojos han visto tu salvación,
     que preparaste ante todos los pueblos,
     como luz revelada a los paganos
     y gloria de tu pueblo Israel.


El padre y la madre estaban admirados de lo que se decía acerca del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, la madre: Mira, éste está colocado de modo que muchos en Israel o caigan o se levanten, será señal de contradicción y así quedarán patentes los pensamientos de muchos corazones. Y a ti, una espada te atravesará el alma.

Estaba allí la profetisa Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era de edad avanzada, había vivido con el marido siete años desde la boda y siguió viuda hasta los ochenta y cuatro. No se apartaba del templo, sirviendo noche y día con oraciones y ayunos. Se presentó en aquel momento, dando gracias a Dios y hablando del niño a cuantos aguardaban la redención de Jerusalén
. (Lucas 2, 22-38)

 

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Nunc dimittis... Son las dos primeras palabras en latín del cántico de Simeón. Así se conoce este cántico, que es una perla engarzada en la prosa del Evangelio de san Lucas. Es un himno crepuscular y auroral a la vez. Y cabe leerlo en dos registros: uno teológico, querido por el evangelista; otro lírico, asociado a la oración nocturna de la tradición cristiana.

En su registro teológico, este cántico, que fue creado quizá por comunidades judeo-cristianas, es una acción de gracias por el cumplimento de las expectativas de salvación con la llegada del Mesías. Y es también un himno que anuncia la nueva aurora de la salvación para todos los pueblos.

El motivo de la acción de gracias de Simeón es el haber visto con sus ojos y haber tomado en sus brazos la salvación de Dios. El Ungido de Yahvé –Mesías en hebreo, Cristo en griego– es acogido por la gente pobre y humilde del judaísmo –los anawim– representada por Simeón y Ana, María y José, Zacarías e Isabel.

La historia de la Antigua Alianza desemboca –eso es lo que quiere dar a entender Lucas con esta acción de gracias– en el advenimiento del Mesías anunciado por los profetas y esperado por el pueblo fiel a Yahvé. La Antigua Alianza llega así a su fase crepuscular para dar paso a la aurora de la Nueva Alianza.

La acción de gracias se torna, entonces, en himno que canta el advenimiento de una nueva aurora, que había sido anunciada por un profeta del siglo VI aC. El Segundo Isaías proclama que en un futuro todos los pueblos verán la gloria del Señor (40, 5), que su ungido será luz de las gentes para que la salvación alcance hasta los confines de la tierra (49, 6; 52,10).

El cántico de Simeón es una actualización de los oráculos del Segundo Isaías (cc. 40-55). Hay un avance en la revelación del proyecto de Dios. Para Isaías, la salvación se extiende a todos los pueblo, pero el pueblo de Israel sirve de mediador. Para Lucas, la salvación se dirige desde un principio a todos los pueblos y el pueblo judío no es sino uno de estos.

La escena en la que aparece el Nunc dimittis presenta otras dos perspectivas teológicas. Una es el oráculo de Simeón dirigido a María. Ese niño será señal de contradicción: habrá quienes acepten su salvación, habrá quienes la rechacen; las intenciones de los corazones quedarán a descubierto.

La imagen de la espada simboliza la discriminación que habrá entre la gente, que también tocará el corazón de María. Ella, la madre de ese niño, estará llamada a tomar partido por él; ella es su madre y es también discípula suya.

La otra perspectiva es el motivo por el cual José y María se presentan en el templo: estaban allí para cumplir con la Ley de Moisés. En tres ocasiones se dice que ese fue el motivo. Se dice también en tres ocasiones que Simeón acudió al templo movido por el Espíritu Santo.

Con estas menciones de la ley y del Espíritu, el narrador quiere dar a entender que se ha cumplido el tiempo de la Antigua Alianza, fundado en la Ley de Moisés, y que comienza la Nueva Alianza fundada en el Espíritu Santo.

A esta lectura teológica del himno y la escena, que es la perspectiva de Lucas, se puede asociar una lectura lírica en la que entran en juego sentimientos humanos profundos. No es la perspectiva del Evangelio, pero nada obsta para que también la tengamos en cuenta.

El anciano Simeón y Ana la viuda llegan al final de su vida, sienten que su destino se ha cumplido en plenitud. Lo agradecen al Señor. Simeón toma en sus brazos a una criatura recién nacida que es portadora de vida nueva. Se enlazan así las generaciones. Esta nota lírica del Nunc dimittis resuena en la oración de la noche –completas– de la liturgia cristiana de las horas. Con este himno damos gracias a Dios por sus dones en el día que termina y nos disponemos a nuevas bendiciones que vendrán con el día de mañana.

Esta veta lírica ha sido cultivada por grandes músicos: Tomas Luis de Victoria, Palestrina, Gustav Holst, Arvo Pärt. Esta es una versión del compositor católico inglés William Byrd (1543-1623), interpretada por The Tallis Scholars.



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Enero 2012



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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