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    N° 51 OCTUBRE 2017 PALABRA DEL MES    
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Año Nuevo

por Jesús García Álvarez

 

Hemos pasado la frontera invisible de los años. Un año más quedó atrás, en la historia y en el recuerdo. Y empezamos un año nuevo. ¿Será el último año que se concede a la higuera para que dé fruto y no sólo follaje (Lc 13, 6)? Por lo menos, será una oportunidad para que los buenos propósitos se hagan realidad y no queden en propósitos que nunca se cumplen.

Vivimos así, entre el recuerdo y la esperanza. Eso es el tiempo, decían ya los filósofos antiguos. Hoy es el presente en el que el pasado todavía persiste y donde ya se anuncia el porvenir. Ni el pasado pasó del todo ni el porvenir es totalmente impredecible. Algo queda de lo que hemos vivido en ese centro de nuestro yo que los griegos llamaban el ethos. Lo que hacemos o lo que dejamos de hacer va señalando los cauces por los que discurrirá el río de la vida.

Nuestras vidas son los ríos… Pero el mar en el que desembocan esos ríos no es sólo la muerte. Es el Dios infinito que permite la expansión total de unas posibilidades que hasta entonces se veían limitadas por los estrechos cauces por los que discurrían. Al final está Dios; más allá del tiempo está la eternidad. Querer quedarse en el camino es renunciar a los deseos más profundos del corazón. No estamos hechos para encerrarnos en los límites del tiempo, aunque a veces nos engañamos y somos “como esa gota en el viento que dice al mar: soy el mar” (Antonio Machado). No somos el mar; vamos hacia el Mar.

Estamos siempre confiados en que llegará la tarde de este día; llegará la noche y otra vez volverá a amanecer. Esperamos también que al final del tiempo llegará la eternidad. Nadie podrá impedirlo. “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera” (Pablo Neruda). ¿Será sólo esperanza o podremos vivir ya desde ahora la intensidad de un presente eterno que abarque el pasado y el porvenir? ¿Podremos salir ya de la horizontalidad del tiempo e introducirnos en la eternidad de Dios?

Santo Tomás de Aquino decía que el hombre es el confín de dos mundos, del mundo de la materia y del mundo del espíritu. En él hay una fuerza que lo impulsa hacia arriba, hacia el mundo de las ideas y de las realidades sin tiempo. Hay algo también que lo arrastra hacia abajo, hacia un mundo en movimiento en que hay un camino recorrido y otro camino todavía sin recorrer. El hombre es gravidez y gracia (Simone Weil). Es tiempo y eternidad.

La Biblia nos enseña a entrar en el tiempo de Dios. Dios actúa en nuestra historia y la convierte en historia de salvación. Vivir esa historia es hacer presentes las maravillas que Dios hizo en el pasado (memorial) y revivir la esperanza de sus intervenciones futuras. Vamos entrando así en la eternidad de Dios, para quien no hay pasado ni futuro.

El tiempo se nos da para muchas cosas: para crecer, para conocer el mundo, para encontrarnos con los demás, para adquirir riquezas que nadie pueda quitarnos, para hacer amigos en el cielo… Pero, sobre todo, se nos da para que aprendamos a vivir ya en un mundo en el que no habrá sol ni luna (Apocalipsis 22, 5), ni tiempo ni medida…



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Enero 2013



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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