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    N° 52 NOVIMEBRE 2017 HOMILÍA DOMINICAL    
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Domingo 22º durante el año (2.9.2018)

Botón homilético — Francisco Quijano OP
 

Lecturas: Deuteronomio 4, 1-2.6-8 / Santiago 1, 17-18.21b-22.27 / Marcos 7, 1-8.14-15.21-23

«Nada que entre de fuera puede contaminarnos… es lo que sale de dentro lo que nos hace impuros… del corazón humano salen los malos propósitos…». Por contraste, estas palabras de Jesús señalan dónde se libra nuestra la lucha interior.

Antes había respondido a unos fariseos y letrados con palabras de Isaías: «Este pueblo me horna de labios afuera, pero su corazón está lejos de mí». Y añade: «Dejan de lado el mandamiento de Dios para aferrarse a tradiciones humanas».

¿Dónde se encuentra el campo en el que se juega nuestro destino? En lo profundo de nuestro corazón, en la raíz de nuestra libertad, en lo íntimo de nuestros deseos, en el origen de nuestros afectos. ¿Y qué sucede allí? Desde esa profundidad nacen las malas intenciones y toda suerte de maldades.

Caeríamos en completa desesperación, si eso fuera todo lo que encontráramos en nuestro interior. No. Y este No, es el Sí de Dios. Escuchemos a Santiago: «Todo lo que es bueno y todo don excelente baja del cielo, de Padre de las luces… Él nos engendró por la palabra de la verdad».

Estas palabras son eco de la bendición originaria: «Vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno». Nuestro corazón es bueno, todo nuestro ser es bueno. ¿Cómo sucede, entonces, este conflicto interno de donde procede también lo malo? Hemos de admitir que es un misterio oscuro, un conflicto que nos sobrepasa.

Caeríamos de nuevo en la desesperación, si eso fuera todo. La bendición de Dios tiene una dimensión más profunda y una eficacia definitiva. Así lo dice Pablo: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestro corazones por el don del Espíritu Santo». Esa es su gracia, la confirmación definitiva de su bendición originaria.

Martín Lutero vivió esta lucha interior de manera dramática, en cierto sentido trágica. Leyendo a san Pablo fue como descubrió el desenlace de este drama: «Sabemos que el hombre no es justificado por observar la ley, sino por creer en Jesucristo».

Tomás de Aquino hace ver en qué consiste el triunfo de Dios en nuestro corazón: «Lo principal en la ley del Nuevo Testamento y en lo que está toda su fuerza es la gracia del Espíritu Santo, que se da por la fe en Cristo... la ley nueva es principalmente la gracia del Espíritu Santo».

 

Jacob Jordaens (1593-1678): Jesús discute con los fariseos

 

Claves para la homilía Julián Riquelme OP

◙ Contexto. • Palestina, año 30: Los dirigentes religiosos presentan un reclamo a Jesús, en contra de los discípulos, porque comen panes con manos impuras. • Roma, año 70: Los judíos continúan distinguiendo entre alimentos puros e impuros. Y los paganos clasifican a los grupos humanos entre superiores e inferiores.

◙ Sentido. Para Cristo, la ley es buena como pedagoga; sin embargo, cuando se aplica sin “contemplaciones”, puede esclavizar y matar. Por eso, el Señor enfrenta el tema de “lo puro y lo impuro”. En el pasaje bíblico de hoy se pueden subrayar, por lo menos, tres aspectos:

● La respuesta a partir del profeta Isaías (Mc 7,6-8). La Ley de la Pureza, al ser presentada como un absoluto, eclipsa el derecho de Yahvé. Los dirigentes de entonces plantean la relación con Dios desde los ritos externos, y ponen la perfección en lo exterior. Por otra parte, ya los antiguos profetas, situaban la base de la relación con Dios, en las actitudes internas del corazón.

● La explicación a la gente (Mc 7,14-15). Al afirmar que "Ninguna cosa externa, que entra en el hombre, puede mancharlo”, Jesús está haciendo tomar conciencia a los sencillos de que Dios no manda purificarse después de tocar un leproso o un muerto, ni lavarse las manos antes de comer el pan. Con ello, Cristo enseña que no hay nada sagrado o profano, puro o impuro en sí. ¿La creación puede ser profana o sagrada? Sacralidad y pureza vienen al ser humano y al mundo únicamente a través del "corazón", que es el canal del diálogo entre Dios y las personas.

● La insistencia en la ley del corazón (Mc 7,21-23). El “corazón" para los hebreos es el "yo" individual, lo más íntimo de la persona, la sede de las decisiones humanas. Del corazón puede salir el no compartir. Todo desamor e injusticia impurifica, porque daña la vida de los otros. Además, el amor maduro, que brota también del corazón, es el único camino para propiciar la comunión con los hermanos, encontrándonos con Dios.

 

 

 


 



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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