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    N° 51 OCTUBRE 2017 PALABRA DEL MES    
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Hace cuatrocientos años

— por Jesús García Álvarez OP

 

El día 23 de agosto de 1617 moría en Lima (Perú) Rosa de santa María: se acaban de cumplir cuatrocientos años. Para santa Rosa de Lima la muerte fue “ir con su Esposo”; para los países de América, sobre todo, ese día fue el comienzo de una historia de recuerdos y veneración de la primera santa canonizada de la Iglesia en esas tierras.

Celebrar este cuarto centenario es una invitación a volver la mirada hacia un mundo nuevo que nacía en medio de convulsiones y lágrimas. Lima era entonces la ciudad de los santos, la ciudad de Rosa de santa María, de Martín de Porres, de Toribio de Mogrovejo y de Francisco Solano. Era también la ciudad de los pobres que llamaban a las puertas de los conventos, de los enfermos abandonados, de los que veían apagarse sus vidas en las minas y en los campos.

Ese mundo de contrastes fue el mundo en el que vivió santa Rosa. La religión cristiana que habían traído los primeros misioneros había florecido ya en ese mundo. Lima era también la ciudad de las  iglesias y capillas, de los conventos de frailes y de monjas, de los sacerdotes, de los fieles y… de las «beatas», las mujeres piadosas que se consagraban a Dios viviendo en sus casas donde se entregaban a las más duras penitencias y a la oración.

Esas beatas del tiempo de santa Rosa eran herederas de antiguos movimientos de cristianos que trataban de volver al espíritu y a los carismas de las primeras comunidades. Algunos de esos movimientos se asociaron en España en el siglo XVI con los «alumbrados», los judíos conversos y con los luteranos. Eran movimientos que negaban la jerarquía y los sacramentos de la Iglesia. La Inquisición vio muy pronto el peligro de esos nuevos herejes y los persiguió tenazmente.

Sin embargo, las beatas de América no eran «alumbradas» ni negaban la jerarquía o los sacramentos. El peligro por el que las persiguió la Inquisición estaba en los falsos milagros y las revelaciones que decían tener. Tener una beata en la casa era signo de bendiciones de Dios; de ahí que acudieran a ellas las señoras de la alta sociedad, ofreciéndoles su amistad y sus regalos para participar de esas bendiciones. Aumentar los milagros y las revelaciones de esas mujeres era multiplicar también los regalos que recibían…

Santa Rosa de Lima perteneció a ese grupo de mujeres consagradas a Dios que vivían en sus casas, pero nunca cayó en los abusos y falsedades de algunas de ellas. Rosa fue terciaria dominica, imitadora de santa Catalina de Siena y seguidora del carisma de santo Domingo. Pero ese mundo en que vivió explica el modo en que la presentan las primeras biografías en las que abundan las penitencias, las revelaciones, los éxtasis y los milagros.

Se trata ahora de distinguir en esas biografías la leyenda y la realidad. Las leyendas son como la hiedra que necesita de un apoyo para crecer. La tarea no es nueva; empezó en gran parte ya en el tiempo de santa Rosa con los encuentros de la Inquisición con la misma santa. Esos encuentros se llamaban «examen de conciencia» y es esclarecedor sobre todo el encuentro durante dos días con el doctor Juan del Castillo. Este enviado de la Inquisición (con la que al fin tuvo problemas por otros motivos) conocía muy bien las enseñanzas de santa Teresa de Jesús acerca de los grados de oración.

Santa Rosa no había leído los libros de santa Teresa, pero había recorrido el camino de  que hablaba la santa de Ávila y había llegado hasta la cumbre más alta de la contemplación. A las preguntas del inquisidor acerca del modo de orar de santa Rosa le responde que la oración había sido el camino que la había llevado a la unión con Dios. Desde los cinco años había empezado a sentir que no hay nada más dulce que pensar y hablar con Dios, y que no hay nada más terrible que su ausencia, aunque fuera por un momento. Rosa experimentó esa ausencia durante 15 años. Era el vacío, la oscuridad, el dolor supremo, y nadie pudo ayudarla durante ese tiempo. Pero Dios volvía y entonces Rosa se sentía sumergida en un mar de amor, de paz y de unión. El doctor le habla de las purificaciones del alma y de la noche oscura por la que pasan los santos. Santa Rosa había pasado por esa noche oscura.

Le confiesa también que en esos momentos en que se siente unida a Dios tienen lugar las visiones «con los ojos del alma» de Dios, de Jesucristo y de la Virgen María. Veía a Dios como una nube infinita o como el mar, pero Dios estaba más allá de la nube y el mar. Reconoce que no tiene palabras para expresar lo que en esos momentos sentía. Solo queda el silencio. Es la dificultad que experimentaron todos los místicos al llegar a esas cumbres de la unión con Dios. Las visiones y las revelaciones serían el lenguaje para comunicar una experiencia incomunicable de otro modo. Son el lenguaje de los santos.

Cuatrocientos años después de su muerte santa Rosa de Lima nos enseña que este es el camino por el que Dios llama a todos; no es el privilegio de unos pocos elegidos. Nos enseña también que más allá del jardín de su casa donde vivió esa experiencia de Dios está el mundo de los pobres, de los que sufren, de los que no tienen fe. Y que no hace falta dejar a Dios para ir por esos caminos llevando la alegría y un poco de felicidad a aquellos que son el rostro de Dios. 

⦁ Claudio Coello (1642–1693): Cuadro de Santa Rosa de Lima, 1683

 

Septiembre 2017 



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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