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    N° 51 OCTUBRE 2017 ORAR CON LA BIBLIA    
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El Apóstol Pablo, misionero y orante

— por Carmenza Avellaneda Navas

 

Cuando nos asomamos a la persona de Pablo desde la perspectiva de la oración, entramos en un mar ancho y sin fondo; tal es la profundidad y la amplitud de su oración.

Su experiencia en el camino de Damasco fundamenta su relación con Jesús y su compromiso de anunciarlo. Las palabras de Jesús que escucha: «Soy Jesús a quien tú persigues», quedan grabadas en su corazón para siempre. El encuentro con el Resucitado se irá haciendo más profundo a lo largo de su vida. Dirá: «Para mí, vivir es Cristo» (Fil 1,21), «Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí. Esta vida en la carne la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí» (Gal2, 20).

Lo ocurrido camino a Damasco trasforma su vida totalmente, hasta tal punto de llevarlo a asumir su vocación misionera con radicalidad absoluta: «Anunciar el Evangelio es una necesidad para mí, ¡Ay de mi si no anuncio el Evangelio!» (1 Cor 9,16). Aun en la impotencia de la prisión, Pablo será un embajador de Cristo, porque el amor de Cristo lo apremia (cf. Ef 6,20; 2 Cor 5,14).

Pablo enseña con su vida que hemos de orar siempre. Él no cesa de alabar y agradecer al Señor. Las expresiones se repiten en sus cartas: «Noche y día oramos insistentemente» (1 Tes 3,10), «Damos gracias sin cesar a Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo» (Col 1,3), «Dios me es testigo de cuán incesantemente me acuerdo de ustedes, rogándole siempre en mis oraciones» (Rom 1,9-10). Recomienda a sus comunidades orar sin cesar en toda ocasión: «Sean perseverantes en la oración, velando en ella con acción de gracias» (Col 4, 2).

La oración de Pablo es misionera, toma su motivación y se nutre de la vida de quienes son acompañados por él en su proceso de fe; necesidades, problemas, logros, inquietudes, urgencias, preocupaciones que nacen de las jóvenes comunidades alimentan su oración. Pablo no cesa de orar por ellas: «Y, como si fuera poco, cada día pesa sobre mí la preocupación por todas las iglesias. ¿Quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿Quién sufre escándalo sin que yo tenga fiebre?» (2 Cor 11, 28-29).

Los motivos que lo llevan a dirigirse al Padre de las misericordias son precisos: «Debemos dar gracias por ustedes, hermanos amados en el Señor, porque Dios los tomó como primicias de salvación, los llamó a poseer la gloria del Señor Nuestro Jesucristo» (2 Tes 2, 13-14), «Tenemos presente ante nuestro Dios y Padre la obra de vuestra fe, los trabajos de vuestra caridad, y la tenacidad de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor» (1 Tes 1,2-3).

Además de dar gracias, el Apóstol suplica al Señor de todas las misericordias, al Dios de la consolación: «Esto es lo que pido en oración: que el amor de ustedes abunde cada vez más en conocimiento y en buen juicio, para que disciernan lo que es mejor, y sean puros e irreprochables para el día de Cristo, llenos del fruto de justicia que se produce por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios» (Fil 1,9-11), «Alabado sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que, con el mismo consuelo que de Dios hemos recibido, también nosotros podamos consolar a todos los que sufren» (1 Cor 3,3-4)

Pablo, sabedor de que la predicación solo se da por la fuerza del Espíritu y consciente de su propia debilidad, pide a sus fieles orar por él: «Y [recen] por mí, para que me sea dada palabra al abrir mi boca, a fin de dar a conocer sin temor el misterio del evangelio, por el cual soy embajador en cadenas; que [al proclamar] lo hable con denuedo, como debo hablar» (Ef. 6,19-20). «Recen también por nosotros para que Dios nos abra una puerta a la Palabra, y podamos anunciar el Misterio de Cristo, por cuya causa estoy yo encarcelado, para darlo a conocer anunciándolo como debo hacerlo» (Col 4, 2-4).

El evangelizador de hoy, que se mira a la luz de los escritos del gran Pablo, puede alimentar copiosamente su vida orante y misionera con la fuerza del Espíritu: «Así mismo, en nuestra debilidad el Espíritu acude a ayudarnos. No sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras» (Rom. 8, 26).

Apropiémonos progresivamente la oración constante del Apóstol Pablo y dejemos que Pentecostés sea para cada uno la fiesta del Espíritu en nuestro ser y actuar. Interioricemos el himno que la Liturgia de las horas propone para la celebración de la conversión de san Pablo.

 

¿Quién es este viajero
al que el Señor acecha en el camino
y con su luz derriba porel suelo?

¿Quién es este violento
al que el Señor elige de entre todos
para mostrar la fuerza de su verbo?

Contra Jesús, se dirigía a Damasco,
y después, por Jesús,
recorrerá la tierra, predicándolo.

Cumplir la ley era su orgullo;
la gracia del Espíritu después,
timbre de gloria, único.

Para él solo tendrá significado
conocer a Jesús,
y a este SeñorJesús,¡crucificado!

Compartirá las pruebas del Señor
y así compartirá también la gloria
de la resurrección.

 

⦁ Caravaggio: Conversión de San Pablo, 1601

 

Junio 2017



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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