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Salmo 34: Contempla al Señor y quedarás radiante

— por Pascale Moisy

 

Bendeciré en todo tiempo a Yahvé,
sin cesar en mi boca su alabanza:
en Yahvé se gloría mi ser;
que lo oigan los humildes y se alegren.

Ensalzad conmigo a Yahvé,
exaltemos juntos su nombre.
Consulté a Yahvé y me respondió:
me libró de todos mis temores.

Los que lo miran quedarán radiantes,
no habrá sonrojo en sus semblantes.
Si grita el pobre, Yahvé lo escucha,
Y lo salva de todas sus angustias.

El ángel de Yahvé pone su tienda
en torno a sus adeptos y los libra.
Gustad y ved lo bueno que es Yahvé,
dichoso el hombre que se acoge a él.

Respetad a Yahvé, santos suyos,
que a quienes le temen nada les falta.
Los ricos empobrecen y pasan hambre
los que buscan a Yahvé de ningún bien carecen.

Venid, hijos, escuchadme,
os enseñaré el temor de Yahvé
¿A qué hombre no le gusta la vida,
no anhela días para gozar de bienes?

Guarda del mal tu lengua,
tus labios de la mentira;
huye del mal y obra el bien.
busca la paz y anda tras ella.

Los ojos de Yahvé sobre los justos,
sus oídos escuchan sus gritos;
el rostro de Yahvé hacia los bandidos
para raer de la tierra su recuerdo.

Cuando gritan, Yahvé los oye
y los libra de sus angustias;
Yahvé está cerca de los desanimados,
él salva a los espíritus hundidos.

Muchas son las desgracias del justo
pero de todas le libra Yahvé;
cuida de todos sus huesos
ni uno solo se romperá.

Da muerte al malvado la maldad,
los que odian al justo lo pagaran
Rescata Yahvé la vida de sus siervos,
nada habrán de pagar los que a él se acogen.

 

 

Bendeciré al Señor, ¿qué significa bendecir al Señor? En el salmo 34, el salmista bendice al Señor, es decir dice buenas cosas sobre Él, le agradece por el bien que hizo en su vida. Este espíritu de bendición corre a través todo el salmo. En su alma, se expresa con sencillez, alabanzas, vida y alegría. Bendecir es una experiencia de vida, como lo es para nuestro salmista. Bendecir, es el reconocimiento humano de los dones y bendiciones recibidas por Dios. Bendecir al Señor es reconocer su presencia en nuestra vida, tanto en el gozo como en el dolor, sentir su presencia, su fuerza liberadora en nosotros.

Reconocer la presencia salvadora del Señor en su vida, conduce el salmista a compartirlo con sus hijos –en sentido extendido–. «Venid, hijos, escuchadme. Os enseñaré el temor de Yahvé ¿A qué hombre no le gusta la vida, no anhela días para gozar de bienes?». El quiere compartir con los otros esta experiencia de vida. Por eso se presenta como una persona en constante búsqueda de Dios. Pero tiene que tener una actitud de pobre, de humildad hacia el Señor, porque es en esta pobreza humana que Dios está presente. Como un pobre, él lo busca, lo llama, grita… pero también reconoce su bondad en su vida: «Gustad y ved lo bueno que es Yahvé, dichoso el hombre que se acoge a él». El autor de este salmo nos comparte como hizo la experiencia de un Dios que escucha, responde, está cerca, libera, salva, redime…  El ha probado la bondad de Dios y quiere compartirla con todos los hombres que lo desean igualmente. Recordando todos estos momentos, él deja brotar su alabanza en reconocimiento. Este salmo es una invitación a conocer y vivir de este mismo deseo de búsqueda de Dios y  poder dar cada día gracias a nuestro Creador.

Bienaventurados los pobres. Este salmo tiene igualmente sentimientos contrastados: la alegría, la alabanza, pero en el mismo tiempo nos recuerda los momentos de miedos, angustias y gritos: «Consulté a Yahvé y me respondió: me libró de todos mis temores», «Si grita el pobre, Yahvé lo escucha, y lo salva de todas sus angustias». La vida no es un río tranquilo. La vida está constituida de momentos gozosos y de momentos dolorosos. Pero estos momentos tienen en común, la cercanía del Señor para los que lo buscan.

El salmista hizo la experiencia de un Dios que libera y salva. Podemos darnos cuenta a lo largo del salmo que una certeza se perfila: la bienaventuranza está prometida a los pobres, a los que buscan el Señor; estos nunca estarán perdidos. El amor de Dios se expresa a través de la justicia, es un camino de vida en sí mismo. Es un camino que pide la renuncia a tomar el camino fácil de la perdición porque el amor de Dios es vida y no muerte.

El salmista opone el pobre al malvado, al que cree poder vivir sin Dios, poniéndose en el centro de su vida. Esto lo lleva al camino de la muerte. Nosotros como cristianos –cuando la vida nos parece oscura, que todo está perdido aunque buscamos sin cesar nuestro Dios– miramos al Justo Jesucristo, quien en su Pascua nos abrió el camino de la vida,  Él es nuestro refugio.

Proclamar la grandeza del Señor. Al recitar el salmo, que es un canto de alabanza que habita el corazón de su autor, podemos darnos cuenta de que va más allá. Lo que él vio y probó, lo proclama con fuerza para que otros puedan escucharlo y seguir sus pasos hacia el Señor. Él se apoya en su propia experiencia como noticia: buena noticia de la presencia de Dios al lado, no solo de los hombres del pasado, del futuro o de otro lugar, sino buena noticia para todos nosotros.

El Señor me libera y me salva en lo concreto de mi vida. Si repaso mi vida, mis jornadas, ¿cómo reconozco la presencia y acción de Dios en ella? ¿Cómo a la luz de este salmo proclamo mi alabanza, el amor por mi Dios en mi vida? Somos llamados como el salmista a proclamar a tiempo y a destiempo este amor de Dios, a proclamar la grandeza del Señor como lo hizo la Virgen María en el Magnificat: «Mi alma magnifica el Señor».

Como creyente, estoy invitada a proclamar su grandeza, su cercanía con los más pobres. Por la predicación bajo todas sus formas, la toma de posición a favor de los más pequeños y humildes de la vida, la oración y la comunión con los que están en búsqueda de Dios en su propia vida, reconozco cómo es bueno nuestro Dios. Su justicia y su fortaleza acompañan siempre al más vulnerable. Por esto, en todo momento, bendigo al Señor que está siempre a nuestro lado.

 

Mayo 2017

 

 



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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