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    N° 51 OCTUBRE 2017 PARA MEDITAR    
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Tareas comunes de las religiones

— por Javier Meloni SJ

 

Tarea común de las religiones es dejar de mirarse a sí mismas para ponerse al servicio de un descentramiento que es lo que nos acerca al Ser o Realidad última que funda a cada una de las tradiciones. La única salvación –o iluminación– es la entrega, el don de de sí.

Las religiones son tanto anticipaciones como retrasos de plenitud. Anticipaciones porque siendo depositarias de revelación, nos abren a lo que no sabemos; retrasos porque con frecuencia viven de la inercia de los orígenes y tienen el peligro de repetirse, olvidándose que no lo saben todo. Por ello necesitamos las religiones a la vez que nos molestan. Cada una de ellas tiene su propia categoría para expresar el trascendimiento que les impide quedar curvadas sobre sí mismas: éxodo para la tradición hebrea; pascua para la cristiana; hégira (exilio, huída, emigración) o fanâ (extinción) para la musulmana; sunyata (vacuidad) para la budista; tao (vía) para la taoísta, etcétera.

Los signos de una religión trascendida más allá de sí misma está en la capacidad de señalar a un Misterio siempre mayor. Se trata de obedecer a un principio vital anterior y posterior a lo mío y a lo tuyo. Este respeto y apertura ante la inmensidad de lo Real es lo que puede hacer creíbles hoy a las religiones, en lugar de empachar con palabras sobre Dios. Retornar las palabras a su Fuente y pronunciarlas con tal cualidad, que sean incendio, no saturación de la trascendencia.

En segundo lugar, las religiones están llamadas a señalar caminos hacia la transformación de lo humano. Si el ser humano es receptáculo del Misterio, significa que toda persona es sagrada. Las verdaderas religiones están llamadas a despertar este absoluto respeto por la dignidad de cada ser humano, y para ello apelamos a la dimensión profética de cada tradición, tal como lo fueron en sus orígenes, en sus momentos fundadores, siendo creadoras de comunidades alternativas en las sociedades de su tiempo. En este sentido, un foro interreligioso debería suscitar siempre un compromiso ético.

Por último, en este tiempo en el que nos estamos haciendo conscientes de que la especie humana se está convirtiendo en una amenaza para la Tierra, es tarea de las religiones despertar la veneración por el planeta que nos ha gestado. Ello supone un aprendizaje de nuestros deseos y pulsiones que transformen nuestro modo de beber, de comer, de construir viviendas en relación con su entorno, de utilizar los recursos naturales, etc., de modo que sepamos habitarla de modo sagrado.

Cuando la samaritana preguntó en qué santuario se adoraba al Dios verdadero, Jesús le respondió: «Llegará un momento en el que los verdaderos adoradores adorarán en espíritu y en verdad» (Jn 4,21-24). Así también lo dice el Bhagavad Gita: «Aquellos que llevando una vida en armonía con su mente controlada, amando por igual a todas las cosas que existen, regocijándose en el bien de todas las criaturas, en verdad, también vienen a Mí» (BG 12,4). De un modo semejante, un hadiz [musulmán] pone en boca de Dios: «Cada corazón de un creyente es un camino para llegar a Mí». Ese «Mí» de Dios es lugar en el que nos encontramos cada vez que vivimos en estado de transparencia, como adoradores en espíritu y en verdad. Es la Tierra Pura del budismo Amtâbha o la realización de la naturaleza búdica del Mahâyâna, donde todo es sin arrebatar el ser, sino dando su ser.

 

⦁ Extraído de Javier Melloni, Las religiones, más allá de sí mismas; en Javier Melloni (ed), El no-lugar del encuentro religioso, Madrid 2008, pp. 245-246.

 ⦁ Javier Melloni Ribas (Barcelona 1962) es licenciado en antropología cultural y doctor en teología. Ha desarrollado conocimientos profundos sobre textos de diversas religiones. Es miembro de Cristianisme i Justícia, profesor de teología espiritual en la Facultad de Teología de Cataluña así como en el Instituto de Teología Fundamental en Sant Cugat. Sus temas de especialidad son el diálogo interreligioso y la mística comparada. Vive en la Cueva de San Ignacio en Manresa, Cataluña.

 

 ⦁ Responsable: Fray Domingo Cosenza OP

 

 Abril 2017



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