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    N° 51 OCTUBRE 2017 AVENTURA ESPIRITUAL    
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Aung San Suu Kyi: En pos de bondad, armonía, integridad...

— por Francisco Quijano

 

Aung San Suu Kyi nació en Rangún, Birmania, el 19 de junio de 1945. Vivió en Nueva Delhi de 1960 a 1964; en 1967 obtuvo un bachillerato en filosofía, economía y política en Oxford; vivió en Nueva York de 1969 a 1971; regresa a Inglaterra en 1973, estudia literatura birmana en la Universidad de Londres. En 1988 regresa a su país, funda la Liga Nacional por la Democracia para oponerse a la Junta Militar que gobierna desde 1962. En las elecciones de 1990, la Liga obtuvo la victoria, pero el gobierno militar rechaza los resultados. Entre 1989 y 2010 estuvo por largos periodos bajo arresto domiciliario. En 1972 se casó con Michael Aris (+1999) con quien tuvo dos hijos. Recibió el Premio Nobel de la Paz en 1991 «por sus inquebrantables luchas y por su apoyo a las muchas personas de todo el mundo que se esfuerzan por lograr la democracia, los derechos humanos y la conciliación étnica por medios pacíficos».

 

Conferencia del Premio Nobel de la Paz
Pronunciada el 16 de junio de 2012 en el Palacio Municipal de Oslo
(fragmentos)
 

El concepto birmano de paz se puede entender como la felicidad que nace de la anulación de los factores que militan contra la armonía y la integridad. La palabra nyein-chan significa literalmente la frescura benéfica que sobreviene al extinguirse el fuego. Alrededor del mundo se propagan fuegos de sufrimiento y conflicto. En mi país, las hostilidades no han cesado en el lejano norte; al oeste, la violencia comunal provocada y los asesinatos han estado ocurriendo días antes de emprender el viaje que me trajo hasta aquí. Las noticias de atrocidades en otros confines de la tierra abundan. Informes de hambre, enfermedad, desplazamiento, desempleo, pobreza, injusticia, discriminación, prejuicio, fanatismo, son el pan cotidiano. En todas partes, hay fuerzas negativas que carcomen los fundamentos de la paz. Por todos lados se puede ver el desperdicio irreflexivo de recursos materiales y humanos necesarios para la conservación de la armonía y la felicidad en nuestro mundo. […]

Un aspecto positivo de haber vivido en arresto domiciliario fue el tiempo que tuve para reflexionar sobre el significado de palabras y preceptos que había conocido y aceptado toda mi vida. Como budista, había oído hablar de dukha –que se traduce ordinariamente por sufrimiento– desde que era pequeña. Casi todos los días gente anciana, a veces no tanto, a mi alrededor murmuraba: dukha, dukha, cuando sufrían dolores y molestias o cuando se topaban con ligeros contratiempos. Pero fue durante mis años de arresto cuando llegué a desentrañar la naturaleza de los seis grandes dukha, que son: ser concebida, envejecer, enfermarse, morir, separarse de quienes una ama, ser forzada a vivir al lado de quienes una no ama. Examiné cada uno de estos seis grandes sufrimientos, no en un contexto religioso, sino en nuestra vida cotidiana ordinaria. Aun si el sufrimiento es algo inevitable en nuestra existencia, deberíamos tratar de aliviarlo en la medida de lo posible de manera práctica y a ras de tierra. Reflexioné sobre la eficacia de los programas pre y postnatales, en los cuidados de la mamá y su criatura; acerca de las residencias adecuadas para gente que envejece, los servicios integrales de salud, los cuidados y terapis compasivos. Me intrigaban particularmente los dos últimos tipos de sufrimiento: estar separada de quienes una ama y ser obligada a vivir entre quienes una no ama. […]

¿Qué experiencias habrá padecido nuestro Señor Buda en su vida, de suerte que incluyó estos dos estados entre los grandes sufrimientos? Pensé en los prisioneros y los refugiados, en los trabajadores migrantes y las víctimas de la trata de personas, en esa gran masa de desarraigados de la tierra que han sido arrancados de sus hogares, separados de sus familias y amistades, forzados a llevar una vida entre gente extraña que no siempre es acogedora.

Aunque no alcancemos una paz perfecta en la tierra, porque la paz perfecta no es de este mundo, los esfuerzos compartidos para lograr la paz unirán a las personas y a las naciones en la confianza y la amistad, y ayudarán a hacer que nuestra comunidad humana sea segura y más amable.

Utilicé la palabra amable, ser más amable, tras una deliberación cuidadosa, es más, una deliberación concienzuda de muchos años. Habiendo probado las dulzuras de la adversidad –debo decir que no han sido muchas– he hallado que la más dulce, la más preciosa de todas, es la lección que aprendí acerca del valor de la bondad. Cualquier muestra de bondad que he recibido, chica o grande, me ha convencido de que nunca habrá toda la que se necesita en nuestro mundo. Ser amable, bondadoso, es responder con sensibilidad y calidez humana a las esperanzas y las necesidades de los demás. Aun el más leve toque de bondad puede aliviar a un corazón agobiado. La bondad puede cambiar la vida de la gente. […]

 

 

Diciembre 2016



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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