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Alabar a la Trinidad con Catalina de Siena

— por Francisco Quijano

 

«En ese momento, Jesús fue transportado de alegría en el Espíritu Santo y dijo: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los inteligentes y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, tal ha sido efectivamente tu beneplácito. Todas las cosas me han sido transmitidas por mi Padre y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar”. Y habiéndose vuelto a los discípulos, les dijo en privado: Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven. Porque le digo: numerosos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven y no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen y no lo oyeron».
 

Este pasaje del Evangelio de san Lucas (10, 21-24) nos sitúa en lo íntimo del corazón de Jesús y en la efusión pública de su secreto. ¿Qué hay en el corazón de Jesús? Gozo, júbilo, alegría que lo trasportan a una felicidad inimaginable, se halla inmerso en el Espíritu Santo que es Amor desbordado.

Este júbilo tiene un motivo y una causa. El motivo: ver cómo el anuncio del Reino es acogido, no por sabios e inteligentes, sino por la gente común. El Reino son esas “cosas” ocultas para unos y patentes para otros.

La causa del júbilo es el origen de esas “cosas” reveladas a la gente sencilla, cosas que el Padre le ha transmitido: quién es Él, quién es Jesús, que quiere el Padre dar a conocer a la humanidad, qué quiere Jesús revelarnos acerca de su Padre.

Gozo en el Espíritu; el Padre que conoce al Hijo, que es su Palabra; el Hijo que es Palabra y Sabiduría del Padre. Estas son las “cosas” que hay en lo íntimo del corazón de Jesús. Es el ser y la vida de Dios, Padre Creador, Hijo/Palabra que se revela, Espíritu de Amor desbordado en júbilo.

Jesús viene a comunicarnos su propia vida en Dios, su felicidad indecible, su dicha que estamos llamados a compartir. Por eso dice: Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven.

Con esta oración de santa Catalina de Siena a la Santísima Trinidad, podemos pedir luz para nuestras mentes y fuego para nuestros corazones, a fin de compenetrarnos de estas enseñanzas y vivirlas.

 

                              ¡Oh Trinidad eterna!
                    Tú eres un mar sin fondo en el que,
               cuanto más me hundo, más te encuentro;
        y cuanto más te encuentro, más te busco todavía.

                   De ti jamás se puede decir: ¡basta!

  El alma que se sacia en tus profundidades,  te desea sin cesar,
         porque siempre está hambrienta de ti, Trinidad eterna;
              siempre está deseosa de ver tu luz en tu luz.

          Como el ciervo suspira por el agua viva de las fuentes,
        así mi alma ansía salir de la prisión tenebrosa del cuerpo,
                              para verte de verdad...

             ¿Podrás darme algo más que darte a ti mismo?

       Tú eres el fuego que siempre arde, sin consumirse jamás.
  Tú eres el fuego que consume en sí todo amor propio del alma;
                  tú eres la luz por encima de toda luz...

              Tú eres el vestido que cubre toda desnudez,
                   el alimento que alegra con su dulzura
                        a todos los que tienen hambre.

             ¡Pues tú eres dulce, sin nada de amargor!

                        ¡Revísteme, Trinidad eterna,
        revísteme de ti misma para que pase esta vida mortal
      en la verdadera obediencia y en la luz de la fe santísima,
                 con la que tú has embriagado a mi alma!

 

⦁ Taddeo Crivelli: La Trinidad, 1460-70

 

Diciembre 2016



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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