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Salmo 116: Amo al Señor porque escucha mi voz suplicante

— por Pascale Moisy

 

1Amo a Yahvé porque escucha
mi voz suplicante;
2porque inclina su oído hacia mí,
el día que lo llamo.

3Me aferraban los lazos de la muerte,
me alcanzaron las redes del sheol,
me encontraba triste y angustiado.
4Invoqué el nombre de Yahvé:
¡Socorro, Yahvé, sálvame!

5Tierno y justo es Yahvé,
nuestro Dios es compasivo;
6Yahvé guarda a los pequeños:
estaba yo postrado y me salvó.

7¡Vuelve a tu calma, alma mía,
que el Señor te ha favorecido!
8Ha guardado mi vida de la muerte,
mis ojos de las lágrimas,
mis pies de la caída.

9Caminaré en presencia del Señor
en el país de la vida.

             ≈≈≈



10Tengo fe, aun cuando digo:
«Mira que soy desdichado!»,
11yo que dije consternado:
«los hombres son mentirosos».

12¿Cómo pagar al Yahvé
todo el bien que me ha hecho?
13Alzaré la copa de salvación,
e invocaré el nombre de Yahvé.

14Cumpliré mis votos a Yahvé
en presencia de todo el pueblo.
15Mucho le cuesta a Yahvé
la muerte de los que lo aman.

16¡Ah, Yahvé, yo soy tu siervo,
tu siervo, hijo de tu esclava,
tú has soltado mis cadenas!
17Te ofreceré sacrificio de acción de gracias
e invocaré el nombre de Yahvé.

18Cumpliré mis votos a Yahvé
en presencia de todo el pueblo,
19en los atrios de la Casa de Yahvé,
en medio de ti, Jerusalén.

 

 

♦ ♦ ♦

 

“Amo a Yahvé porque escucha mi voz suplicante; porque inclina su oído hacia mí el día que lo llamo”

¡Qué hermosa declaración de amor nos propone desde su principio este salmo! El salmista expresa el amor por su Dios, proclama su acción de gracias por todo el bien que le hizo el Señor, quiere compartirlo en presencia de todo el pueblo, en el templo, en la Ciudad Santa.

¿Qué significa este entusiasmo del Salmista frente a la gente de su época? ¿Y para nosotros hoy frente a tantas personas que no encuentran sentido en su vida? ¿Cómo suplicar al Señor para sentir que inclina su oído a quien lo llama? ¿Estaba el salmista desconectado de su realidad y nosotros de la nuestra? Cuántas personas nos preguntan: frente a tanto dolor, ¿podemos todavía cantar el amor de Dios por su pueblo? ¿Qué significa este discurso frente a la realidad de la vida de tanta gente en nuestro mundo?”.

Si nos quedamos en estas preguntas, perdemos el mensaje del salmista. Él no niega todo esto, lo integra a su alabanza. Todo el Salterio recoge problemas de carácter político, económico, social; expresa sentimientos de violencia, inquietud, miedo a la muerte. En el Salmo 116, de la súplica brota la alabanza, de estados dolorosos del alma, el salmista llama con fe el Señor. Desde este misterio de dolor, fragilidad humana y conflicto social, el salmista alaba que a Dios. Es una alabanza enraizada en la pequeñez y la fragilidad de nuestra humanidad.

Para expresar estas paradojas, el salmo usa un “tejido” entre muerte y vida, la vida que vence a la muerte. Detengámonos un momento en esta “técnica de tejido” que tiene dos “puntos”. En los dos primeros versículos, hay un “punto” que corresponde a un paralelismo límpido. La fe y la confianza del salmista se expresan en la palabra “porque”: “porque escucha”, “porque inclina”. La relación entre Dios y el salmista es tan íntima que puede amar a Yahvé y suplicarlo sin condición:

1a. amo a Yahvé porque escucha; — 1b. mi voz suplicante
2a. porque inclina su oído hacia mí — 2b. el día que lo llamo.

El v. 3 recuerda por qué tuvo que llamar y suplicar a su Dios. Nos habla de su angustia que se traduce en miedo a la muerte: “me aferraban los lazos de la muerte, me sorprendieron las redes del sheol, me encontraba triste y angustiado”. El salmista está atrapado en la crisis que está viviendo, está cayendo en las redes de la muerte, como dice el Salmo 67: “estoy con el agua al cuello, me hundo en el cieno del abismo y no puedo hacer pie”.

Las palabras “lazo” y “redes” no ayudan a tejer el salmo, es un “punto” que conduce a la “muerte, sheol, tristeza, angustia”. En el versículo siguiente, la luz reaparece. El salmista cuenta cómo hizo para salir de la oscuridad y la muerte: “Invoco el nombre de Yahvé: ¡Socorro, Yahvé, sálvame!”. De nuevo, reencontramos la esperanza y la fe expresadas de los vv. 1 y 2. Se hallaba muy débil, casi conoció la muerte, gritó a Dios que lo escuchó y lo salvó. En cuatro versículos, el salmista cuenta su experiencia de Dios.

El segundo “punto de tejido” se encuentra en la fuerza luminosa y poderosa de una palabrita: “todo”. Es como un toque de color que ilumina a este salmo. Esta palabra se encuentra solo dos veces (vv. 12 y 18) pero abre una puerta increíble, la puerta del infinito. En el v. 12, es “todo el bien”, y en el v. 18 “todo el pueblo”.

Leemos el v. 12: “¿Cómo pagar a Yahvé todo el bien que me ha hecho?”. ¿Cómo pagar la bondad? La bondad de Dios no tiene precio. Decir “todo el bien” es ya encerrarlo en el finito, sin embargo, la bondad de Dios es infinita, abre nuestra vida a esperar mucho más que “todo el bien”.

Suplicar a nuestro Dios, reconocerse escuchada por Él no tiene precio, porque Él es el Bien. La bondad de Dios es tan infinita, que decir “todo el bien” sería como ponerla en una caja. Pagar es igualmente encerrar en un valor definido lo que es Bondad sin límites.

Admitir nuestra fragilidad, reconocer que nuestra salvación se encuentra en las manos de Dios, es confiar en Aquel que es para nosotros Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que ama tanto a los hombres.

En el v. 18, “todo el pueblo” nos abre la puerta a otro tipo de infinito, el de la creación y particularmente el de los hombres. Por esta palabra, el salmo se abre más allá de su autor a “todo el pueblo de Dios”, todo el mundo humano en el espacio y el tiempo. Porque la alabanza y proclamación del salmo nos incluye a toda la humanidad. Alabar a Dios es reconocer esta relación tan íntima y poderosa que existe entre Dios y su creatura humana, reconocer que Dios nos acompaña y está con nosotros en cada momento de nuestra vida, en momentos de desolación y en momentos de bendición. Él es infinito y, por su presencia en nosotros, reconocemos también su infinita presencia en todo el universo. Reconozcamos en nosotros su presencia tan generosa y abramos las puertas de nuestro corazón a este infinito. 

 

Noviembre 2016

 

 



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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