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    N° 51 OCTUBRE 2017 PALABRA DEL MES    
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Un mundo de refugiados y migrantes

— por Jesús García Álvarez OP

 

Por primera vez en su historia la Organización de Naciones Unidas dedicó una Cumbre a los refugiados y migrantes. Fruto de esa Cumbre fue la Declaración de Nueva York aprobada por la Asamblea General el día 19 de septiembre de 2016. En ese documento los 193 países que lo suscribieron se comprometen a afrontar el problema de los refugiados y migrantes del mundo en busca de soluciones a nivel mundial para tantas personas que tienen que abandonar sus hogares en busca de seguridad o de mejores condiciones de vida. Se vio claro que el problema de los refugiados y migrantes no afecta únicamente a los países de origen, sumidos en la miseria o en la guerra, o a los países de llegada. El problema afecta al mundo entero. Por eso, la solución debe buscarse también a nivel mundial. “Se trata dice el documento de fenómenos mundiales que exigen enfoques y soluciones mundiales” (Declaración, n. 13).

La Declaración de Nueva York no es un documento vinculante; es, en todo caso, una declaración de buenas intenciones, de buenos propósitos, de compromisos urgentes y de tareas inmediatas. Así aparece en muchas expresiones del documento: “Lucharemos contra la explotación y el abuso de refugiados y migrantes”; “estamos decididos a asegurar que todos los niños, sobre todo los no acompañados, estén estudiando al poco tiempo de llegar a los países de destino” (n.32). “Adoptaremos medidas para proporcionar financiación suficiente, flexible, previsible y sistemática”; “asumimos el compromiso de proteger la seguridad, la dignidad y los derechos humanos de todos los migrantes” (n. 41). “Trabajaremos para atacar las causas fundamentales de las crisis (conflictos armados, persecución, violencia, terrorismo)”; “cooperaremos para crear condiciones que permitan a las comunidades y a las personas vivir en paz y prosperidad en su patria”. “La migración debe ser una opción, no una necesidad” (n. 43). Por ninguna parte aparecen en el documento compromisos vinculantes, planes concretos o proyectos en los que las buenas intenciones se hagan realidad. La Declaración de Nueva York anuncia que esos planes se adoptarán en el año 2018.

Mientras tanto, seguirán las muertes en los caminos que conducen a los países más desarrollados o en los mares. Seguirán las injusticias, la explotación, los muros en las fronteras, las amenazas de expulsión, los campos de refugiados en espera de una solución para los 65 millones de refugiados o para los más de 250 millones de migrantes que hay en el mundo. Los 193 países que suscribieron la Declaración de Nueva York reconocen los problemas, señalan los principios generales que han de respetarse y se comprometen a empezar el proceso que culminará en un pacto global en el año 2018.

Llegó, pues, la hora de empezar a trabajar. Pero la tarea no debe ser únicamente de los Jefes de Estado y de los Gobiernos. El compromiso es de todos: organizaciones de la sociedad civil, iglesias y movimientos religiosos, ciudadanos… La meta es crear condiciones que permitan a las comunidades y a las personas vivir en paz y prosperidad en su patria.

Ahora se trata, sobre todo, de salvar vidas (n. 10). Las imágenes de cadáveres de niños en las playas, de naufragios, de interminables filas de refugiados caminando hacia metas soñadas de lugares de paz y prosperidad golpean las conciencias de los que se sienten seguros y felices en sus tierras. Pero la meta debería de ser crear un mundo donde no haya perseguidos por sus ideas políticas o religiosas, donde la migración sea una opción y no una necesidad ineludible.

 

 Octubre 2016

 

 



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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