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    N° 51 OCTUBRE 2017 ALABAR CON HIMNOS    
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Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder

— Jorge Vargas OP

 

10-12 Bendito eres, Señor,
Dios de nuestro padre Israel,
por los siglos de los siglos.

Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder,
la gloria, el esplendor, la majestad,
porque tuyo es cuanto hay en cielo y tierra,
tú eres rey y soberano de todo.

De ti viene la riqueza y la gloria,
tú eres Señor del universo,
en tu mano está el poder y la fuerza,
tú engrandeces y confortas a todos.

13 Por eso, Dios nuestro,
nosotros te damos gracias,
alabando tu nombre glorioso.

 

 

La liturgia romana nos propone un texto del primer libro de las Crónicas (29,10-13) para orar en las laudes del lunes de la primera semana del salterio. Se trata de una parte de la oración que el rey David elevó como portavoz del pueblo, antes de su muerte y de que su hijo Salomón fuera investido como rey de Israel y constructor del Templo de Jerusalén. En realidad, el “cronista” hizo el recuento de la vida de David, muchos siglos después de los acontecimientos, y en estos versos propone una especie de testamento litúrgico que se estructura así:

vv. Introducción: “Y el rey bendijo al Señor”
vv. 10-12. Doxología: Bendición eterna por los atributos divinos
v. 13. Acción de gracias
(Hasta aquí la selección del salterio)
vv. 14-17. Confesión (reconocimiento de la indignidad personal y corporativa)
vv. 18-19. Dos peticiones como conclusión (para el pueblo y para Salomón)

10 Bendito eres, Señor. En la Biblia, la mayoría de las bendiciones aparecen en tercera persona: “Y él (Salomón) bendijo a toda la asamblea de Israel” (1 Re 8,55). Aquí se mantiene la segunda persona, en vocativo; se trata de una expresión tardía, del período persa y helenístico, que se estandarizó en la liturgia de las sinagogas judías (cf. Sal 119,12) y llega hasta la oración del ofertorio de la Eucaristía.

David podía colocarse en el centro de la escena, pero él reconoce que todos los beneficios vienen del Señor; que la vida, los logros y las riquezas del rey y del pueblo están en función del Templo y del Dios que lo ha de habitar. Así pensaba el cronista.

Nuestro padre, Israel. Se refiere a Jacob, el progenitor de las doce tribus. El texto remonta a los orígenes del pueblo, a su etapa formativa. El mismo primer libro de las Crónicas (2,3-8,40) se esmera en vincular cada una de las tribus con Jacob/Israel. Pero nuestro texto no se queda ahí, sino que su perspectiva es universal, hacia el mundo entero, y a continuación ofrece una densa lista de atributos divinos.

11 Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder...  El autor contempla. Las palabras se atropellan; pero no son abstracciones o nociones metafísicas sino maneras de acercarse al misterio de Dios; como si dijéramos “El Grande”, “El Poderoso”, “El Majestuoso”, “El Esplendoroso”. No muy lejos de la tradición islámica de los 99 nombres de Dios.

Los atributos divinos y el Señorío de Dios son un tema constante en la teología del cronista: “Grande es el Señor y digno de alabanza, sobre todos los dioses, el Terrible; nada son los dioses de los pueblos, pues el Señor hizo los cielos. En su presencia, gloria y majestad, fuerza y esplendor en su santuario” (1 Cr 16,25-28).

Dios no permanece encerrado en su gloria, sino que se relaciona con la creación; de ahí la teología del reinado de Dios, muy presente en los salmos: “Que los cielos se alegren y goce la tierra; que digan las naciones: ¡El Señor reina!” (1 Cr 16,31). Un reinado que se comparte a la institución monárquica, simbolizada en el rey David, de quien dice: “Lo estableceré para siempre en mi casa y en mi reino, y su trono quedará consolidado para siempre” (1 Cr 17,14).

12 Tú reinas sobre todo. El Señor reina como deidad universal, sobre todas las naciones (cf. 1 Cr 16,24-26; 17,16-27), pero la relación con Israel es singular. Después de la desaparición del reino de Judá los atributos del rey (elección, amor, estabilidad, representatividad) pasan al pueblo, y en el mismo cronista tenemos textos como éste: “Oh, Señor, nadie hay como tú, ni hay otro Dios fuera de ti ... ¿Qué otro pueblo hay como tu pueblo Israel, nación única en la tierra, a quien Dios haya venido a rescatar para hacerlo su pueblo y darle gloria?... Tú has establecido a Israel como tu pueblo para siempre, de modo que tú, Señor, seas su Dios” (1 Cr 17,20-22).

13 Nosotros te damos gracias. El “nombre” de Dios es Él mismo en la medida en que se acerca para relacionarse con nosotros (creando, sosteniendo, eligiendo), de modo que podamos conocerlo y amarlo. Cada uno de los aspectos del misterio de Dios es un motivo de sobra para que vivamos rindiéndole alabanza y acción de gracias.

 

Octubre 2016



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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