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    N° 51 OCTUBRE 2017 PARA MEDITAR    
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Una luz al final del túnel

— por Zygmunt Bauman

 

Zygmunt Bauman (Poznan, Polonia, 1925) emigró a Inglaterra en 1971 por la campaña antisemita del gobierno polaco. Es sociólogo de vena marxista heterodoxa, ha estudiado el Holocausto, la modernidad, la globalización. Usa la imagen de la liquidez para referirse a la condición actual de las sociedades: modernidad líquida, amor líquido, vida líquida, miedo líquido, tiempos líquidos, arte líquido, que son otros tantos títulos de sus libros. Estas son sus palabras en la inauguración de la VII Séptima Asamblea “Sed por la Paz” (18.9.2016), organizada por la Comunità Sant’Egidio en Asís, reconstruidas a partir del reporte en italiano e inglés del sitio respectivo.
 

He venido aquí para ofrecer mi opinión y compartir con ustedes una historia, con la esperanza de que sea una luz al final del túnel, aun si el túnel parce dilatado, lleno de hoyos y peligros.

La historia de la humanidad tiene cientos de miles de años; puede resumirse de muchos modos, uno es la expansión del pronombre “nosotros”. Hubo gente que empezó a usar la palabra “nosotros”. Los paleontólogos y antropólogos creen que no eran más de 150. Eran cazadores y recolectores, no tenían buses ni supermercados, su número se limitaba a quienes podían alimentarse y desplazarse juntos. Los demás eran sencillamente “otros”. Con el tiempo esta cifra aumentó, la gente comenzó a organizarse en tribus, luego en comunidades hasta imperios y estados nacionales.

Todas estas etapas y fases en la historia tenían algo en común: se caracterizaban por la inclusión y la exclusión. Con el tiempo hubo una ampliación del “nosotros”, pero también una marcada identificación del “otro” que era excluido del “nosotros”. Esto condujo a mucho derramamiento de sangre.

Esta es una forma de autoindentificación que deriva de identificarse con algún aspecto diferente en relación al prójimo. Hoy nos hallamos ante la exigencia ineludible de la etapa siguiente en la que se está expandiendo la noción de humanidad. Al hablar de “nuestra” identidad, tenemos un concepto que incluye la idea de una humanidad integral. Estamos en una nueva etapa que requiere suprimir el pronombre “ellos”. Hasta hoy nuestros antepasados tenían un enemigo: “ellos”. Ahora, en la sociedad global, ¿dónde encontrar a este enemigo?

Nos hallamos en unas dimensiones cosmopolitas en las que cualquier suceso tiene impacto en todo planeta, en el futuro, en nuestros nietos y bisnietos. Todos somos dependientes unos de otros.

Pero no hemos comenzado a desarrollar una consciencia cosmopolita. Por eso, gestionamos esta situación con los mismos recursos que nuestros antepasados. Esto es una celada y un gran desafío. ¿Cómo integrarnos entre pueblos en vez de separarnos? Esta es la pregunta fundamental de nuestra época. El Papa Francisco nos ofrece tres consejos muy útiles:

1. Diálogo: una palabra que no debemos cansarnos de repetir. Es urgente promover una cultura del diálogo para reconstruir el tejido de la sociedad. Apredender a respetar al extranjero, al migrante, todos merecen ser escuchados. Podemos acabar con la guerra únicamente si damos a nuestros hijos una cultura capaz de crear estrategias a favor de la vida y la inclusión.

2. El Papa Francisco ha señalado la distribución equitativa de los frutos de la tierra y del trabajo, lo cual no es simple limosna sino una obligación moral. Hacen falta puestos de trabajo dignos y bien remunerados para la gente joven. Debemos pasar de la economía líquida que se vale de la corrupción para obtener beneficios a una solución que garantice el acceso a la tierra mediante el trabajo. El trabajo es la manera como podemos remodelar nuestra convivencia, compartiendo los frutos de la tierra y del trabajo.

3. El Papa Francisco señala que este diálogo debe estar en el centro de la educación en nuestras escuelas, a fin de contar con instrumentos que puedan resolver conflictos de manera distinta a la acostumbrada. Adquirir la cultura del diálogo y esta forma de proceder no es fácil. Un proverbio chino dice: “Si tu plan es un año siembra arroz, si tu plan es diez años planta árboles, si tu plan es cien años educa a los niños”. La educación es un proceso a muy largo plazo.

Si queremos seguir los consejos del Papa Francisco, tenemos que cultivar sobre todo unas virtudes difíciles en este mundo: paciencia, coherencia, planificación a largo plazo. Es una revolución cultural en un mundo en el que la gente envejece y muere aun antes de haber nacido.

Así pues, paciencia: debemos concentrarnos en los objetivos a largo plazo, en la luz al final del túnel, sin preocuparnos de qué tan lejos puede estar desde donde la divisamos.

 Responsable: fray Domingo Cosenza

 

Octubre 2016



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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