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    N° 51 OCTUBRE 2017 PARA MEDITAR    
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Y Dios vistió al hombre y a la mujer con túnicas de luz

— por Lord Jonathan Sacks

 

Lord Jonathan Sacks nació en Londres en 1948, está casado, tiene tres hijos y varios nietos. Fue Gran Rabino del Reino Unido de 1991 a 2013 y es miembro de la Cámara de los Lores desde 2009. Locutor de televisión desde hace años y colaborador del diario The Times, es autor de numerosos libros, como La dignidad de la diferencia. Hizo estudios rabínicos en el Jew’s College y en la Yeshiva Etz Chaim de Londres, se graduó en filosofía en Gonville y Caius College de Cambridge y continuó estudios de postgrado en New College de Oxford y en King’s College de Londres. El 17 de noviembre de 2014 el Rabino Sacks habló en el Coloquio sobre la complementariedad del hombre y la mujer”, organizado por la Congregación para la Doctrina de la Fe y los Pontificios Consejos para la Familia y para el Diálogo Interreligioso.

 

La palabra hebrea emunah, mal traducida por fe, en realidad significa: confianza, fidelidad, lealtad, constancia, no echarse para atrás cuando el camino se complica, confiar en la otra persona y honrar la confianza que ella nos tiene. Lo que sucedió con la alianza, lo cual puede verse en casi todos los profetas, fue comprender la relación entre nosotros y Dios en términos de la relación entre una novia y un novio, entre el marido y su mujer. El amor se convierte así no solo en el fundamento de la moral sino también de la teología. En el judaísmo la fe es una forma de matrimonio. Pocas veces se expresó esto de manera tan bella como cuando Oseas (2,21-22) dice en nombre de Dios:

Me casaré contigo para siempre,
me casaré contigo
en justicia y en derecho,
en amor y en compasión.
Me casaré contigo en fidelidad,
y tú conocerás al Señor.

En la Biblia judía y en la literatura rabínica, la conversación es el vehículo de la verdad. En su revelación, Dios habla y nos pide escuchar. En la oración, nosotros hablamos y pedimos a Dios que nos escuche. Nunca hay una sola voz. En la Biblia los profetas conversan con Dios. En el Talmud los rabinos hablan entre ellos. Por esto, en ocasiones pienso que la razón por la que Dios eligió al pueblo judío es porque le gustan los buenos argumentos. El judaísmo es una conversación interpretada por muchas voces, no menos apasionada que la del Cantar de los Cantares, que es un dúo de una mujer y un hombre, la amada y su amante, que el Rabino Akiva llamó el Santo de los Santos de la literatura religiosa.

El profeta Malaquías dice que el sacerdote varón es el custodio de la ley de la verdad. El libro de los Proverbios dice de la mujer de valía  que «que la ley de la bondad amorosa está en sus labios». Esta conversación entre una voz masculina y una femenina, entre la verdad y el amor, la justicia y la misericordia, la ley y el perdón, es la que crea el ambiente de la vida espiritual. En los tiempos bíblicos cada judío debía donar medio siclo al templo para recordarnos que somos solo una mitad. Algunas culturas enseñan que no somos nada. Otras enseñan que lo somos todo. La visión judía afirma que somos una mitad y que es menester abrirnos a la otra persona, si hemos de llegar a ser cabales.

Si leemos atentamente el texto notamos que hasta ese momento el primer hombre le había dado a su esposa un nombre puramente genérico. La había llamado ishah, mujer. Recordemos lo que dijo al verla por primera vez: «Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne; ella será llamada mujer, porque del hombre, ish, fue sacada». Para él ella era una fulana, no una persona. Le había dado un nombre genérico, no un nombre propio. Peor aún, la define como un derivado suyo: algo sacado del hombre. Ella no es aún otro ser humano, una persona que vale de por sí. Ella es una mera proyección de sí mismo.

Mientras el hombre supuso que era inmortal, no necesitaba a fin de cuentas de nadie más. Pero ahora se percata de que es mortal, de que un día morirá y volverá a ser polvo. Había solo una manera de que algo suyo pudiera sobrevivir después su muerte. Eso sucedería si tuviera un hijo. Pero él no podía tener un hijo por su cuenta. Para lograrlo necesitaba a su mujer. Solo ella podía engendrar y dar a luz. Solo ella podía mitigar su mortalidad. Y no porque fuera igual a él, sino justo porque era diferente de él. En ese momento, ella dejó de ser para él un ente genérico y se convirtió en una persona de por sí. Y una persona tiene nombre propio. Eso fue lo que él le dio: el nombre de Javah, Eva, que significa: “la que da la vida”.

En ese momento, cuando estaban por salir del Edén para encarar el mundo tal como lo conocemos, un lugar de obscuridad, Adán dio a su mujer el primer don del amor, su nombre personal. Y en ese momento Dios les muestra su amor, haciéndoles unas túnicas para cubrir su desnudez, o como decía el Rabino Meir, para “vestirlos de luz”.

Así ha sucedido desde entonces. Cada vez que un hombre y una mujer se encuentran en un vínculo de fidelidad mutua, Dios los viste con atuendos de luz, y llegamos a estar tan cerca de Dios como nunca, dan origen a una nueva vida, al transformar la prosa de la biología en la poesía del espíritu humano, que redime la oscuridad de este mundo con la luminosidad del amor.

El texto completo se encuentra aquí mismo Sacramentos / Matrimonio: (pulsa aquí espacio K 5 2015)

Responsable: Domingo Cosenza OP

Julio 2016



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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