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    N° 51 OCTUBRE 2017 PARA MEDITAR    
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El huérfano, la viuda, el forastero y el Dios de la compasión

— por Hermann Cohen

 

Hermann Cohen (1842-1918) es quizá el filósofo judío más importante del siglo XIX. Se ocupó de estudiar la razón moderna en la vena de Emmanuel Kant. Una de sus obras capitales es La religión de la razón desde las fuentes del judaísmo. En el ensayo que citamos hace ver que la idea de Dios en el judaísmo proviene, no de la especulación, sino de la compasión por el pobre, el huérfano, la viuda y el forastero.

 

Toda la evolución del profetismo se puede seguir valiéndose de esta idea rectora. Dios no es el padre de los héroes, y éstos no son designados como los amados por Dios: Dios “ama al forastero”. En el politeísmo, el forastero es, si se exceptúa el hecho de que éste puede convertirse en huésped, la contraparte del hombre ideal, que sólo el compatriota puede ser. El forastero es el bárbaro. Pero en cuanto el Dios propio ama al bárbaro, en cuanto declara que los pueblos enemigos son también suyos, como es suyo Israel, entonces se ilumina el horizonte del hombre. El mesianismo promueve e impulsa esta evolución que conduce al cosmopolitismo. Pero aquí se debe desenrollar la otra línea que conduce al socialismo. Como Dios ama casi siempre al huérfano y a la viuda tanto como al forastero, por eso ellos son los que cargan junto con él la opresión social, de la que debe liberarlos la justicia de Dios.

Pero, por más que los profetas no desmayen en reclamar derecho y justicia y en anunciar a su Dios como el Dios de la justicia, no se dan por satisfechos con esta abstracción que es una especie de conocimiento. Apelan al corazón del hombre, para ellos la única caja fuerte donde se encuentra el tesoro del espíritu humano, y así lo mueven a la compasión, en cuanto ésta es la forma en que la conciencia corresponde al sufrimiento. En la lengua hebrea hay una palabra completamente originaria ( rechem), cuya raíz es la palabra matriz ( rachamim). Con este sentimiento se compadece Dios del pobre; con este sentimiento debe el hombre por su parte descubrir al pobre como hombre.

La compasión, por tanto, no es una pasión, tampoco un afecto fisiológico, común al hombre y al animal, sino un factor espiritual; podríamos decir: un sucedáneo del espíritu. La fuerza completa de una cosmovisión lucha con él para elevarlo a la consciencia. De lo contrario, uno tendría que dudar de la justicia de Dios, de su bondad y su providencia, si esta compasión no llegara a ser una fuerza de la consciencia humana que derrota todo lo que como escepticismo promueve el así llamado espíritu. Del sufrimiento del hombre me interesa sólo la pobreza. Es la cadena básica de su ser. El hombre quizás podría superar hasta la muerte, si la pobreza no fuera el estigma del mundo de los hombres. Y el fraude más escandaloso de todos consiste en afirmar que el hombre es pobre porque es culpable. Por este camino errado no se llega a la verdad de Dios como tampoco a la del hombre, no se llega siquiera a hacer un primer descubrimiento del hombre. Sólo la compasión descubre al hombre en el prójimo. En la compasión, el sufrimiento del otro se hace sufrimiento propio y, por medio de esto, el otro se convierte en prójimo. […]

Así es como Job, creación poética de la antigua Biblia, entra en el horizonte mesiánico. Después que los profetas les han aclarado que el hombre no peca ni sufre a causa de sus antepasados, los hombres preguntan: ¿dónde está el origen del mal moral en el hombre? En lugar de esta pregunta metafísica tienen que aprender a hacer esta otra: ¿dónde está el origen del sufrimiento en el hombre? Y esto significa preguntar: ¿cuál es el sentido de la pobreza? Negativamente tenían que reconocer que la culpa no es el sentido de la pobreza. De aquí que, positivamente, su inteligencia tuviera este destello: que el pobre tenía necesariamente que ser reconocido completamente como el bueno. Ninguna idea de Dios, ni del hombre, tampoco experiencia mundana alguna, debería desviarnos de semejante destello. Dios es el Dios de la justicia: a su tiempo, él ayudará al pobre. Él es el Dios de la historia universal y él convertirá en bien de la humanidad lo que el individuo haya tenido que sufrir. Él es el Dios de la bondad; por tanto, sólo desde la luz de la bondad el sufrimiento de la pobreza puede afligir al hombre. Y el conocimiento de su bondad me lleva al descubrimiento intelectual de que el pobre es el piadoso, el que tiene temor de Dios, el predilecto de Dios. Este conocimiento no es el vástago de ninguna ciencia; por tanto, tampoco es una idea del bien, mucho menos la idea de un bien abstracto, que pudiera predicarse también de las cosas buenas, sino que se vuelve concreto y personal en el hombre. Y sólo en el amor al hombre se enciende el amor a Dios.
 

Hermann Cohen: El ideal social en Platón y en los profetas

 

Responsable: Francisco Quijano

 

Julio 2015



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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