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    N° 51 OCTUBRE 2017 HOMILÍA DOMINICAL    
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Vigilia Pascual

Botón homilético                                                                                               Francisco Quijano OP
 

Vigilia Pascual (4.4.2015)  Marcos 16,1-8

◙ ¿Buscan a Jesús? No está aquí, ha resucitado. Digan a sus discípulos: Vayan a Galilea, allí le verán. Ellas salieron huyendo, llenas de espanto, fuera de sí, no dijeron nada a nadie.

◙ Final abrupto del Evangelio de Marcos extrañísimo: las primeras que habían de dar testimonio de la resurrección guardan silencio espantadas. Hasta hubo que añadir un apéndice a este final del Evangelio de Marcos para medio aliviar el desconcierto.

◙ El anuncio de la resurrección de Jesús es el centro de la fe. Y ellas no dicen nada. ¿Por qué termina así el Evangelio de Marcos?

◙ ¿No será que el evangelista nos reta a salir de nosotros, de nuestro pasmo como las mujeres, para ir por el mundo para ver allí a Jesús como él lo había dicho?

 

• Una lectura de teología feminista sobre las mujeres y el sepulcro vacío  leer

• Duccio di Buoninsegna (1255-1319): Las tres Marías en el sepulcro

 

 

Domingo de Resurrección (5.4.2015): Juan 20,1-9

◙ «Vio y creyó». No Pedro, sino el discípulo que Jesús amaba.

◙ Pedro y él corrieron al sepulcro con la misma inquietud.

◙ Pedro contempló los lienzos y el sudario. No se dice que creyó.

◙ ¿En qué está la diferencia entre Pedro y el otro discípulo?

◙ Juan quiere darnos a entender que estaba en el amor.

◙ Solo el amor permite descifrar los signos que llevan a la fe.

◙ Solo por el amor se es capaz de creer más allá de lo que se ve.

◙ En esa adhesión de fe por amor descansa el sentido de la vida.

◙ Y ese sentido es que el amor vence a la muerte: ¡Jesús resucitó!

 

• Eugène Burnand (1850-1921): Pedro y Juan corren al sepulcro

 

 

 

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Claves para la homilía                                                                         Marcos Rodríguez OP
 

Vigilia PascualMarcos 16: 1-8

 

El centro de esta vigilia no es un cuerpo, ni muerto ni vivo, sino el fuego y el agua. Ya tenemos la primera clave para entender lo que estamos celebrando en la liturgia más importante de todo el año. Son los dos elementos indispensables para la vida. Del fuego surgen dos cualidades sin las cuales no puede haber vida: luz y calor. El agua es el elemento fundamental para formar un ser vivo. El 80% de cualquier ser vivo, incluido el hombre, es agua. El recordar nuestro bautismo es la clave para descubrir de qué Vida estamos hablando. Hoy, fuego y agua simbolizan a Jesús porque le recordamos VIVO. En el prólogo del evangelio de Juan se dice: “En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres”.

La vida que esta noche nos interesa, no es la física, ni la síquica, sino la espiritual y trascendente. Por no tener en cuenta la diferencia entre estas vidas, nos hemos armado un buen lío con la resurrección de Jesús. La vida biológica no tiene ninguna importancia en lo que estamos tratando. “El que cree en mí aunque haya muerto vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre”. La síquica tiene importancia, porque es la que nos capacita para alcanzar la espiritual. Sólo el hombre que es capaz de conocer y de amar, puede acceder a la Vida divina. Nuestra conciencia individual tiene importancia sólo como instrumento, como vehículo para alcanzar la Vida definitiva. Una vez que se llega a la meta, el vehículo es abandonado por inútil.

Lo que estamos celebrando esta noche, es la llegada de Jesús a esa meta. Jesús, como hombre, alcanzó la plenitud de Vida. Posee la Vida definitiva que es la Vida de Dios. Esa vida ya no puede perderse porque es eterna. Podemos seguir empleando el término “resurrección”, pero creo que no es hoy el más adecuado para expresar esa realidad divina. Inconscientemente lo aplicamos a la vida biológica y sicológica, porque es lo que nosotros podemos sentir, es decir descubrir por los sentidos. Pero lo que hay de Dios en Jesús no se puede descubrir mirando, oyendo o palpando. Ni vivo ni muerto ni resucitado, puede nadie descubrir su divinidad. Tampoco puede ser el resultado de alguna demostración lógica. Lo divino no cae dentro del objeto de nuestra razón. A la convicción de que Jesús está vivo, no se puede llegar por razonamientos. Lo divino que hay en Jesús, y por lo tanto su resurrección, sólo puede ser objeto de fe. Para los apóstoles como para nosotros se trata de una experiencia interior. A través del convencimiento de que Jesús les está dando VIDA, descubren que tiene que estar él VIVO. Sólo a través de la vivencia personal podemos aceptar la resurrección.

Creer en la resurrección exige haber pasado de la muerte a la Vida. Por eso tiene en esta vigilia tanta importancia el recuerdo de nuestro bautismo. Cristiano es el que está constantemente muriendo y resucitando. Muriendo a lo terreno y caduco, al egoísmo, y naciendo a la verdadera Vida, la divina. Tenemos del bautismo una concepción estática que nos impide vivirlo. Creemos que hemos sido bautizados un día a una hora determinada y que allí se realizó un milagro que permanece por sí mismo. Para descubrir el error, hay que tomar conciencia de lo que es un sacramento. Todos los sacramentos están constituidos por dos realidades: un signo y una realidad significada. El signo es lo que podemos ver oír, tocar. La realidad significada ni se ve ni se oye ni se palpa, pero está ahí siempre porque depende de Dios que está fuera del tiempo. En el bautismo, la realidad significada es esa Vida divina que significamos para hacerla presente y vivirla. En tal día a tal hora, han hecho el signo sobre mí, pero el alcanzar y vivir lo significado es tarea de toda la vida. Todos los días tengo que estar haciendo mía esa Vida. Y el único camino para hacer mía la Vida de Dios que es AMOR, es superando el ego-ísmo, es decir amando.

 



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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