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    N° 51 OCTUBRE 2017 PALABRA DEL MES    
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Familia y Vida consagrada

por José Amando Robles

 

En la Iglesia católica este año puede considerarse el año de ambas cosas. De la vida consagrada, porque así ha sido declarado por el papa, y de la familia porque a ella ha querido el papa dedicar dos sínodos episcopales sucesivos, el que se celebró el año pasado y el que se celebrará este año. Una manera de ponernos como Iglesia a profundizar en la fe en ambas realidades, así como señal inequívoca de su valor e importancia, en la Iglesia y en la sociedad actual. En ambas se trata de dos instituciones quiciales, sobre las que en cierto modo tiene que girar la renovación y el cambio que necesitamos, en la sociedad y en la Iglesia. ¿Lo habrá pensado así programáticamente el papa? Al respecto en la carta a los miembros de la vida consagrada el papa solo dice bendecir al Señor por la “feliz coincidencia“ de ambos eventos, dado el apoyo mutuo que ambas realidades pueden darse. En todo caso, sin renovación en profundidad de la familia y de la vida consagrada, es poco pensable que se pueda dar la renovación que necesitamos en la sociedad y en la Iglesia. Históricamente las grandes renovaciones en la vida de la Iglesia han tenido su comienzo y expresión en la aparición de nuevas formas de vida consagrada, así como en la renovación en profundidad de formas de vida consagrada anteriores. Y hoy, en la cultura actual, mucho más pluralista y laica, la renovación deseada no se dará si no se da también en la pareja y en la familia cristiana.

Familia y vida consagrada parecen ser muy diferentes, casi opuestas, como son diferentes y hasta opuestos el amor de pareja y la vida celibataria, la vida espiritual dando forma a lo humano inmanente y partiendo de él, y la vida espiritual apoyándose en la trascendencia humana intuitivamente percibida, y a partir de ella. Pero ambas son eso, vida espiritual, camino, llamada, sed de trascendencia, intuición permanente, creación. Ese es su ser profundo y a él tienen ambas que ser fieles, cada una según su modalidad, si es que quieren ser el ser pleno al que ambas están llamadas. Pareja y familia, vida conyugal, paternidad-maternidad no se dan en plenitud sin soledad, sin experiencia profunda de sí mismo, del propio ser, que, no sin contradicciones y conflictos interiores, en la medida en que se superan, se convierte en fe en el otro, fe conyugal, fe en los hijos, maduración, desposesión de sí mismo, comunión y trascendencia, en una palabra, espiritualidad. Espiritualidad que se convierte en llamada de todos hacia todos y sigue llamando más allá de la muerte de los miembros que nos van dejando. Como todo lo más valioso en la vida, se trata de reconocer esta dimensión, que ya está ahí, y ser fiel a ella, para ser. Se trata de ser cada quien lo que es, siendo pareja, siendo familia, creciendo, individual y colectivamente, en ese ser, que es todo el Ser. Es la pareja y la familia como camino de realización humana plena y total. Así vio, espiritualmente, pareja, paternidad y familia Marcel Légaut, espiritual católico francés del siglo pasado, casado y padre de seis hijos.

La vida consagrada no es otra cosa. Es la misma búsqueda, por camino diferente. Es la misma búsqueda de ser, la misma búsqueda de plenitud. Es una vida espiritual y de espiritualidad. Si le falta esto, si carece de esta radicalidad y profundidad, es una institución humana más de servicio, una ONG, como le gusta decir al papa Francisco a propósito de la Iglesia cuando no es portadora de su especificidad. La vida de todo cristiano es una vida consagrada, consagrada a ser plenos y totales. La llamada ‘vida consagrada’, también. En todas sus formas, que no son las que la definen. No es el trabajo, dedicación o carisma, como solemos decir, lo que las define, sino el ser caminos y expresiones de espiritualidad. La vida consagrada o es camino y escuela de plenitud de ser, de espiritualidad, o no es vida consagrada, se convierte en un sucedáneo y es un sucedáneo, con todas las consecuencias: algo formalmente parecido a lo que debería ser, con el mismo o parecido lenguaje y referentes, pero muy distante de lo que debiera ser. La vida consagrada no es una vida de dedicación y de trabajo, ante todo y sobre todo es una forma, camino y búsqueda de ser.

¿No es esta la mayor carencia que estamos sufriendo hoy, la carencia de la verdadera espiritualidad, la carencia de ser, en la sociedad y en la Iglesia, en la vida consagrada y en la familia? El problema es que en sociedades anteriores, culturalmente más religiosas, familia cristiana y vida consagrada pudieron funcionar así. Pero están llegando tiempos, al menos eso es lo que parece, en los que este modelo secular y hasta milenario ya no funciona, en que se precisa una renovación  espiritual, y ya no meramente religiosa, en profundidad, y en el caso de la religión cristiana a comenzar por la familia y la vida consagrada. Ambas tienen que encontrarse con su ser cristiano, el ser pleno y total que están llamadas a ser. Sobre esta conversión, una nueva época de renovación y de cambio vendrá para la Iglesia y para la sociedad. ¿Será por eso que de hecho en el comienzo del pontificado del papa Francisco ambos llamados coinciden? De hecho la renovación radical y profunda en ambas realidades tiene que ser un programa de Iglesia, y tratándose de lo que se trata, radical y profundo, verdaderamente evangélico, con sabor a Reino. ¡Lo necesitamos!

 

 

Marzo 2015



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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