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Louis Massignon: Volver la fe católica gracias a la hospitalidad musulmana

por Francisco Quijano

 

Louis Fernand Jules nace el 25 de julio de 1883 en Nogent-sur-Marne, de Fernand Massignon, escultor y decorador, y de Marie Hovyn. Durante sus estudios en el liceo, se aleja de la fe. En 1901 conoce al novelista Joris-Karl Huysmans, que influirá en su vida. Ese año viaja a Argelia. En 1902-1903 hace estudios históricos sobre la geografía de Marruecos para obtener un diplomado en 1905. Envía su trabajo a Charles de Foucauld, que lo invitará en 1909 a seguirlo en el desierto.

Entre octubre de 1906 y mayo de 1908 suceden acontecimientos determinantes en su vida. A finales de 1906 se embarcó rumbo a El Cairo para trabajar en el Institut Français d’Archélogie Orientale. Conoce a un aristócrata español, Luis de Cuadra, con quien tiene una aventura amorosa. En marzo de 1907 descubre al místico árabe al-Hallâj, martirizado por sus correligionarios en 922, a quien estudiará para su tesis de doctorado.

A finales de 1907 viaja a Bagdad, donde es acogido por la familia Alûsî, que le ayuda a encontrar los manuscritos de al-Hallâj. Vive con ellos según las costumbres musulmanas. Esta experiencia de la hospitalidad musulmana marcará su vida de fe. En marzo de 1908 emprende una expedición arqueológica hacia el castillo al-Okhaïdir, vive en esa ocasión una pasión amorosa con un joven. Se presentan tensiones de carácter político, inseguridad. Massignon tiene que emprender el regreso a Badgad por vía fluvial. En el barco lo ven con sospecha como espía extranjero, intenta huir, pero es retenido en un camarote. Padece entonces una crisis física y  psicológica intensa, intenta suicidarse. En la noche del 2 al 3 de mayo vive una experiencia que lo transforma. A su regreso a Bagdad es protegido, defendido y hospitalizado por sus amigos Alûsî. Recibe ayuda de un carmelita iraquí, el padre Anastasio María de San Elías. Viaja finalmente por tierra a Beirut.

Massignon será sumamente discreto acerca de esta vivencia que cambió su vida. En 1955 dirá que fue la Visitación del Extranjero y que su reconversión a la fe católica se debió a su amistad con la familia musulmana que lo acogió en Bagdad. La experiencia de la hospitalidad es central en su fe: haber sido acogido como huésped por una familia musulmana y haber acogido él como huésped al Extranjero que llegó a su vida.

Massignon vivirá su fe cristiana en diálogo permanente con la fe musulmana. En 1914 se casa en Bruselas con Marcelle Dansaert-Testelin con quien engendra tres hijos. Conoce a Jacques Maritain, hace amistad con él. En 1917 entra a Jerusalén, liberada por los ingleses de la ocupación otomana, al lado de T. E. Lawrence (de Arabia). Conoce a Gandhi en 1931, adopta su estrategia de no violencia en la defensa de palestinos, marroquíes y argelinos. Regresa a El Cairo en 1934 y funda, con su amiga melquita Mary Kahil, la confraternidad espiritual cristiana musulmana Badaliyya, vocablo árabe que significa substitución: ocupar el lugar de otro, ofrecer la propia vida por su salvación. En 1941 funda con ella el Instituto Dar es-Salam de estudios musulmanes y cristianos. El papa Pío XII le concede el privilegio de ser ordenado sacerdote en el rito melquita en 1950.

Louis Massignon estuvo dedicado toda su vida a estudiar la religión y la cultura musulmana. En la noche del 31 de octubre de 1962 muere en París. Era el momento de la primera sesión del Concilio Vaticano II, en cuya Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas dejarpn huella su pensamiento y sus afanes.

 

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El Extranjero que me vistió una noche de mayo frente al Taq para cauterizar mi desesperación, escindiéndola cual fosforescencia de un pez que salta desde lo profundo de aguas abismales, mi espejo interior me lo había revelado, oculto bajo mis propios rasgos –explorador agotado por su cabalgata en el desierto, traicionado a ojos de sus huéspedes por su parafernalia científica, camuflado como espía– antes de que mi espejo se hubiese oscurecido ante Su incendio. Ningún nombre, entonces, subsistió en mi memoria (ni el mío siquiera) que pudiese haberle gritado para que me liberara de Su estratagema y escapara de Su trampa. Nada, excepto la confesión de Su soledad sagrada, reconocimiento de mi indignidad original, lienzo diáfano entre ambos, velo impalpablemente femenino de silencio: quién lo desarma; y quién se irisa por Su llegada: bajo su palabra creadora.

La amistad divina no es el fruto de la observancia literal, sino de la hospitalidad incondicional con la que el alma acoge al visitante, al Extranjero, en el nombre del Dios invisible que lo envía.

Hospitalidad sagrada que da garantías al huésped, al extranjero misterioso, a este desconocido que es Dios mismo, el cual viene a ponerse, desarmado, a merced nuestra.

Mientras no respetemos el honor de los creyentes no cristianos, cuya ‘conversión’, como dicen los misionólogos, buscamos de manera mecánica, traicionamos a Dios, y no encontraremos la verdad ni siquiera para nosotros. La ‘conversión’ no es un salvoconducto de libre tránsito que colocamos en la conciencia de los demás, es una profundización de lo que hay de más noble en su lealtad religiosa actual, que nuestra catálisis en el curso de un trabajo común puede identificar en ellos. Siempre y cuando nuestra máscara de substitución nos haga ser realmente ‘suyos’, por la compasión, el intercambio de sufrimientos y, digámoslo con osadía, de esperanzas… Por eso, ya lo he dicho antes aquí mismo, la comida de hospitalidad, compartida en honor entre compañeros de trabajo, es la prefiguración de la extensión a toda la humanidad de la Última Cena, en la cual alguien fuera de la ley, condenado en lugar nuestro, nos ofreció el pan y el vino de la Hospitalidad Divina.

 

• Parole donnée, Paris, Julliard, 1962

• Ejecución de Mansur Al-Hallaj

 

Marzo 2015



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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