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    N° 51 OCTUBRE 2017 CELEBRAR CON SALMOS    
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Salmo 148: Gran fuga de alabanza al Señor

por Francisco Quijano

 

¡Aleluya!
Alaben al Señor desde el cielo,
alaben al Señor en lo alto;
alábenlo, todos sus ángeles,
alábenlo, todos sus ejércitos;
alábenlo, sol y luna,
alábenlo, estrellas lucientes;
alábenlo, espacios celestes
y aguas que cuelgan en el cielo.
Alaben el nombre del Señor,
porque él lo mandó y fueron creados;
les dio consistencia perpetua
y una ley que no pasará.

Alaben al Señor desde la tierra,
cetáceos de todos los océanos;
rayos, granizo, nieve y bruma,
viento huracanado que cumple sus órdenes;
montes y todos las sierras;
árboles frutales y cedros;
fieras y animales domésticos,
reptiles y aves que vuelan;
reyes y pueblos del orbe,
príncipes y jefes del mundo,
jóvenes con las doncellas,
viejos junto con los niños.
Alaben el nombre del Señor,
el único nombre sublime;
su majestad sobre el cielo y la tierra;
el acrece el vigor de su pueblo.

Alabanza de todos sus fieles,
de Israel, su pueblo escogido.
¡Aleluya!

♦ ♦ ♦

 

En este himno concurre la creación entera para alabar a Dios. Se divide en dos estrofas según los grupos de criaturas que cantan al Señor: desde el cielo, los seres superiores; desde la tierra, sus meteoros y habitantes. La primera estrofa está marcada por siete imperativos –¡Alaben!–; dos son genéricos y cinco dirigidos a cinco clases de seres del ámbito celeste. La segunda consta de veintidós clases de seres que habitan bajo el firmamento, convocados a su vez a la alabanza: monstruos marinos, cinco meteoros, dos clases de plantas, cuatro de animales, ocho de seres humanos.

Al comienzo de la primera estrofa se indica el ámbito desde el cual surge la alabanza: los espacios celestes, las alturas. Allí habitan los mensajeros y los ejércitos de Yahveh, a los cuales se suman el sol, la luna y las estrellas, el firmamento y las aguas superiores, según la cosmografía de Gn (1, 6-8). Esta estrofa es como una fuga a cinco voces a las cuales un director ausente va dando entrada.

En la segunda, cuyo ámbito es el orbe terrestre, tenemos cuatro fenómenos atmosféricos y el viento tempestuoso, que ocupa un lugar prominente como si estuviera especialmente a las órdenes de Yahveh: el viento tempestuoso es un símbolo de teofanía (Ex 14, 21; 19, 16-20; I Re 19, 11).

Algunas notas distinguen a las clases de seres que concurren a la alabanza. Aparecen seres majestuosos de la naturaleza –montes, colinas, cedros– y entre los seres humanos –reyes, príncipes, jefes–, quizá para resaltar que aun ellos rinden a Dios alabanza. Las binas sirven para abarcar toda clase de seres vivos, plantas silvestres y cultivadas, animales salvajes y domésticos, rastreros y alados, varones y mujeres, jóvenes y ancianos. Todos estos habitantes del orbe terrestre forman un gran coro con orquestación que amplía la fuga iniciada por los seres superiores.

La composición aparece también en la forma como se presentan los motivos de la alabanza al final de cada una de las estrofas con una misma expresión seguida de tres motivos:

        Alaben el nombre del Señor,
        porque él lo mandó, y existieron;
        les dio consistencia perpetua,
        y una ley que no pasará.

        Alaben el nombre del Señor,
        el único nombre sublime;
        su majestad sobre el cielo y la tierra,
        él acrece el vigor de su pueblo.

Los motivos de la primera estrofa derivan de un reconocimiento de la acción creadora de Dios, que hace existir y sostiene a los seres celestes, dispone su orden y concierto. Los de la segunda brotan del deber religioso de rendir honor a Dios que está por encima de todo lo creado. Ambas clases de motivos se entrecruzan: la creación de Dios y su providencia se extienden al pueblo escogido cuya fuerza depende de Dios; el deber de alabar a Dios es de toda la creación que se vuelve canto en la voz humana.

Queda así claro el sentido y la unidad del salmo. Dios es el creador de cielos y tierra y de cuanto en ellos hay; él es más que todo ello; otorga a su creación el don y la vocación de alabarlo. El último verso redondea la inspiración: toda la creación y todos sus fieles han de alabarlo, pero esta alabanza es encabezada por el pueblo escogido como representante de la humanidad.

El autor del salmo es auténtico creador: crea el cántico con su palabra, como Dios con su palabra crea todas las cosas. El poeta da una orden repetida y las criaturas celestes rompen a cantar por turno. Luego, da una sola orden y las criaturas del mar y de la tierra se suman en un gran coro. En la segunda estrofa hay un solo verbo en imperativo, seguido de una lista de sustantivos. Pero el efecto es dinámico, vivo, musical. El poeta es como un director de coros y orquesta que da la orden a todas las voces y todos los instrumentos. Nosotros, con el oído y la vista puestos en ellos, escuchamos el desarrollo de la melodía en toda la gama de timbres y tesituras de una gran fuga.

 

• Iconos de la artista polaca Malwina Wójcik

• Escucha el coro final del Oratorio La Creación de Joseph Haydn

¡Todas las voces canten al Señor, ensálcenlo por su obra!
¡Resuene un potente canto de alabanza para gloria de su nombre!
¡Eterna sea la gloria del Señor! ¡Amén, Amén!

 

 

 

 

 

 

Febrero 2015

 



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Fr. Francisco Quijano O.P.
http://www.adorarenespiritu.org