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Salmo 145: Alabaré al Señor mientras viva

Pascale Moisy

 

1¡Aleluya!
¡Alaba, alma mía al Señor!
2Alabaré al Señor mientras viva,
cantaré para mi Dios mientras exista.

3No pongan su confianza en los poderosos,
en seres humanos que no pueden salvar;
4expiran y vuelven a ser polvo,
y en ese instante terminan sus proyectos.

5Dichoso el que se apoya en el Dios de Jacob
y pone su esperanza en el Señor, su Dios,
6que hizo los cielos y la tierra, el mar y cuanto contiene,
el Dios que mantiene por siempre su fidelidad.

7Él hace justicia a los oprimidos
y da pan a los hambrientos;
el Señor da la libertad a los cautivos,
8el Señor abre los ojos a los ciegos,
el Señor levanta a los humillados,
el Señor ama a los justos.

9El Señor protege a los extranjeros
y sostiene a la viuda y al huérfano;
confunde el camino de los malvados.

10¡El Señor reina por siempre,
11Tu Dios, Sion, por todas las generaciones!
¡Aleluya!

 

● ● ●

 

“¡Aleluya! ¡Alaba, alma mía al Señor!, Cantaré para mi Dios mientras exista“. Así empieza la oración matutina judía con el “Hallel” de la mañana, formado por los cinco últimos salmos (146-150). Hay otros dos “Hallel”, el “pequeño” y el “grande”. El pequeño (salmos 113-118) es recitado durante las grandes fiestas judías, especialmente al momento de la cena judía. El grande (salmo 136) es una letanía para la Pascua recitada después del “pequeño”. Un “Hallel” es una selección de salmos que tiene la particularidad de empezar con la palabra “Aleluya”, cuyo significado es: Alabad a Yahvé.

El autor del salmo 146 se expresa al principio (vv. 1-2) en primera persona: alabaré, cantaré, viva, exista. La alabanza es personal, cada orante del salmo puede tomarlo para sí, toda su vida es alabanza, canta al Señor. Él es la fuente de vida. Cada mañana con este salmo el judío agradece al Señor por el regalo de su vida. Sin Él, no podría vivir, existir. El orante reconoce la pequeñez de su finitud con las expresiones: “mientras viva” y “mientras exista”, aun cuando la alabanza parece reflejar la infinidad de Dios.

Los versículos 3 y 4 acentúan este contraste entre la finitud humana y la infinidad divina, recordándonos dónde tenemos que poner nuestra entera confianza, a saber, en el Señor y no en los seres humanos poderosos. Cuando el ser humano olvida de donde viene, se corta de su raíz divina y niega su humanidad, reconociendo en ella solo su parte poderosa, creyéndose sin límites, inmortal, con la idea de poder salvarse por sí mismo sin seguir el camino de Dios. Podemos tener numerosos sueños, tener proyectos, más nunca sabemos en qué momento moriremos. Dios nos da la vida, Dios nos llama también al fin de ella a su encuentro. Nacimos del polvo, moriremos y nos reduciremos a polvo. Así es para todos sin excepción. No es el poder, ni la dominación por la plata o la fuerza de la guerra, ni la ilusión de la belleza eterna, lo que va a cambiar el poder infinito de nuestro Dios, poder que Él tiene sobre nuestra finitud. A través de la finitud humana se extiende la grandeza del Señor.

Nuestra sociedad de consumismo se ilusiona al hacer creer al ser humano lo contrario. Frente a lo que nos ofrece nuestra sociedad, en la que todo parece estar listo para ser usado y consumido sin tener que esperar, el salmo nos propone una bienaventuranza: “Dichoso el que se apoya en el Dios de Jacob y pone su esperanza en el Señor, su Dios” (v.5). Vivir esta bienaventuranza es elegir vivir en un mundo de justicia y de paz y reconocer nuestra relación filial con el Señor. Dichoso el hombre, la mujer, que reconoce en Dios la fuente de su esencia y vida, que reconoce en El al Dios único, el Dios de los más pequeños. Cada vez que ponemos nuestra esperanza en El, Dios estará con nosotros y nos acompañará en el caminar por esta tierra porque “Dios mantiene por siempre su fidelidad” (v.6). Dios hizo alianza con Abraham y su descendencia. Él pertenece a la historia de su pueblo desde el principio: Él es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob.

Con este salmo, el judío recuerda cada mañana la fidelidad de Dios con su pueblo, la infinita bondad que Él tiene con cada uno de quienes ponen su corazón en armonía con el de Dios. Solo Dios puede amarlo con tanto cariño, llenarlo con una esperanza que no puede medirse, porque el Dios de nuestros Padres, que Jesucristo nos reveló como nuestro Padre, es el Dios del principio y del fin, el Dios eterno, el Dios de la creación.

Él es un Dios que nos conoce más de lo que nos conocemos nosotros mismos. Él escruta el corazón de cada quien, conoce las fuerzas y debilidades del ser humano. Es un Dios de justicia y de misericordia. Él es nuestro Padre celestial que siempre se pone del lado de los más humildes, de los más pequeños, no acepta la injusticia y toma siempre la defensa de los más débiles, los oprimidos (vv. 7-8). Es un Dios de libertad que nos libera de las cadenas de nuestras esclavitudes. Él nos hace pasar de las tinieblas a la luz, de la ilusión a la realidad de la vida llena de esperanza. Él es el apoyo, la roca de los pequeños y como Señor hace reinar la justicia. Es el Dios de amor. A cada cual le da elegir este amor que nos salva ahora y para siempre, este amor que Dios nos regala sin condición, amor tan poderoso que no podemos guardarlo para nosotros solos. Al contrario, él nos impulsa a evangelizar nuestro mundo, a construir el Reino de Dios desde ahora, en lo cotidiano de nuestras vidas. Con Él, somos invitados a superar nuestros prejuicios, proteger a nuestros hermanos y hermanas que vienen de otros países, a sostener a la viuda y al huérfano (v. 9). Amar nos lleva a entregarnos por los demás como el Señor lo hace por cada una de sus creaturas. No ser indiferentes cada vez que una persona humilde se encuentra en situación de injusticia. Si creemos en este Dios Creador y Rey del mundo, entonces alegrémonos cada vez que la justicia reina, cada vez que nuestra sociedad empieza a tomar conciencia de su finitud, de sus errores frente a la creación.

El Señor es el Rey del mundo, de todos los hombres y las mujeres cualquiera que sea su origen, su color de piel, su nivel económico. Él es “TU DIOS, por todas las generaciones”. Una de las figuras más emblemáticas del Nuevo Testamento nos lo recuerda en la proclamación de su “Magnificat”. Ella reconoce la grandeza del Señor, de su escucha a los más humildes. Su confianza en el Señor la hizo aceptar ser la madre de nuestro Señor Jesucristo. El Salmo como el Magnificat son hermosas expresiones brotadas de lo más profundo de los corazones entregados con total confianza a su Dios. Tienen el mismo espíritu de alabanza al Dios de los más pequeños, al Dios Salvador. Así, podremos proclamar con fuerza y en todas las plazas de nuestras ciudades: “Proclama mi alma la grandeza del Señor”, “¡Aleluya! ¡Alaba, alma mía al Señor!”. Todo está en nuestras manos, o mejor dicho en nuestro corazón y alma: nos toca elegir lo que nos parece el camino de la sabiduría, de la justicia, del amor y de la misericordia. Él es el Dios de los justos, de los que buscan su camino hacia Dios en verdad y sencillez. ¡Aleluya!

 

 

• Ilustraciones de Kathy Whaley Ammon
• Éxodo en el Congo

 

 

Noviembre 2014



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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