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    N° 51 OCTUBRE 2017 PARA MEDITAR    
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Vivir la soledad, Vivir la palabra

por Dietrich Bonhoeffer

 

Dietrich Bonhoeffer (1906-1945). Joven pastor luterano, símbolo de la resistencia alemana contra el nazismo. El 9 de abril de 1945 murió ahorcado en el campo de concentración de Flössenberg. En un mundo donde percibe que Dios ya no es reconocido, en un mundo sin Dios, Bonhoeffer se plantea la siguiente pregunta: ¿cómo hablaremos de Él? ¿Intentaremos crear ámbitos de cultura cristiana, profundizando en el pasado, con cierta nostalgia? ¿Intentaremos provocar necesidades religiosas en gente que aparentemente no tiene ninguna? ¿Cómo hablaremos entonces de Cristo hoy? Bonhoeffer responde: a través de nuestra vida: «Llegará el día en que quizá será imposible hablar abiertamente; pero rezaremos, haremos lo que es justo. Y llegará el tiempo de Dios».

 

Saber estar solo. Saber vivir en comunidad

«El silencio, oh Dios, es tu alabanza en Sión» (Sal 65,2). Muchos buscan la comunidad por miedo a la soledad. Su incapacidad de soledad les empuja hacia los otros. También ciertos cristianos, que no soportan estar solos por experiencias negativas consigo mismos, esperan recibir ayuda en compañía de otros seres humanos. La mayoría de las veces se ven defraudados y entonces reprochan a la comunidad lo que deberían reprocharse a sí mismos.La comunidad cristiana no es un sanatorio espiritual. Refugiarse en ella huyendo de sí mismo es convertirla en lugar de parloteo y distracción, incluso bajo la apariencia de una elevada espiritualidad. Porque en realidad no se busca la comunidad sino la embriaguez que permita olvidar por un buen tiempo la propia soledad y que, por lo mismo, sumerge al hombre en una soledad todavía más mortal. Tales tentativas tienen como resultado la anulación de la palabra de Dios y de toda experiencia auténtica, y provocan la resignación y la muerte espiritual.

El que no sepa estar solo, que tenga cuidado con la vida en comunidad. No podrá sino hacerla daño y hacerse daño a sí mismo. Solo estabas ante Dios cuando él te llamó y solo respondiste a su llamada; solo tuviste que cargar con tu cruz, luchar y orar, y solo morirás y darás cuenta a Dios de tu vida. No puedes huir de ti mismo, porque es Dios mismo quien te ha puesto aparte. Rehusando estar solo rechazas la llamada que Cristo te hace personalmente y no podrás tomar parte en la comunidad de los llamados. «Todos estarnos llamados a la muerte y ninguno morirá por otro, sino que cada uno debe medirse personalmente con la muerte... yo no podré estar entonces contigo, ni tú conmigo» (Lutero).

Pero lo contrario también es verdad: el que no sepa vivir en comunidad, que tenga cuidado con la soledad. Has sido llamado en el seno de la Iglesia y esta llamada no se te ha hecho solamente a ti; llevas tu cruz, luchas y oras dentro de la comunidad de los llamados. No estás solo; incluso en la muerte y en el día del juicio no serás sino un miembro de la gran comunidad de Jesucristo. Si desprecias la comunión fraterna, rechazas la llamada de Jesucristo y tu aislamiento no te acarreará más que desgracia. «Si muero, no estoy solo en la muerte; si sufro, ella (la Iglesia) sufre conmigo» (Lutero).

Lo comprendemos: sólo dentro de la comunidad podemos estar solos, y sólo aquel que sabe estar solo puede vivir en comunidad. Ambas cosas van unidas. Sólo en la comunidad aprendemos la verdadera soledad, y únicamente en la soledad adquirimos realmente el sentido de la comunidad; sin embargo, no se trata de dos experiencias sucesivas, ambas comienzan al mismo tiempo: con la llamada de Jesucristo. […]

La señal distintiva de la soledad es el silencio, como la palabra lo es de la comunidad. Silencio y palabra guardan la misma íntima relación que soledad y comunidad. Lo uno no se da sin lo otro. La palabra oportuna nace del silencio, y el silencio, de la palabra. Callarse no significa estar mudo, como tampoco hablar significa discutir. El mutismo no crea soledad, como tampoco una discusión crea comunidad. «El silencio es el exceso, la embriaguez y el sacrificio de la palabra. El mutismo, en cambio, es malsano, como algo que sólo fue mutilado, pero no sacrificado ... Zacarías se vuelve mudo en vez de silencioso. Si hubiera aceptado la revelación, tal vez hubiera podido salir del templo silencioso, y no mudo» (Ernest Hello). La palabra que fundamenta y une de nuevo a la comunidad va acompañada de silencio. «Hay un tiempo para callar y un tiempo para hablar» (Ecl 3, 7). Del mismo modo que existen en la jornada del cristiano determinadas horas para la palabra, especialmente las horas de meditación y de oración, deben existir también ciertos momentos de silencio, a partir de la palabra. Esto se dará sobre todo antes y después del culto. La palabra de Dios no se manifiesta en el ruido, sino en el silencio. El silencio del templo es la señal de la sagrada presencia de Dios en su palabra.

Escuchar a Dios

Existe una actitud de indiferencia y hasta de rechazo que ve en los momentos de silencio el menosprecio de la palabra en la que Dios ha querido revelarse. Esto sucede cuando se interpreta el silencio como una actitud ficticia o como un intento místico de elevarse más allá de la palabra. No se le ve más que como una exigencia del recogimiento.

Callamos antes de escuchar porque nuestros pensamientos ya están dirigidos hacia el mensaje, al igual que calla un niño cuando entra en la habitación de su padre. Callamos después de oír la palabra de Dios, porque ella resuena, vive y quiere permanecer en nosotros. Callamos al levantarse la mañana y callamos al caer la noche porque es a Dios a quien corresponde la primera y última palabra del día. Callamos, por tanto, únicamente por causa de la palabra, y esta actitud no significa que la despreciemos, sino que deseamos honrarla y recibirla como es debido. Callar, en definitiva, no significa otra cosa que estar atentos a la palabra para poder caminar con su bendición. La necesidad de aprender a callar en una época donde lo que priva es el ruido es algo que cualquiera puede ver; en este sentido, sólo el acto espiritual del silencio puede lograr un resultado positivo.

El silencio observado antes de escuchar la palabra de Dios repercutirá sobre toda la jornada. Nos enseñará a vivir midiendo nuestras palabras. Sin embargo, existe un silencio indebido, un silencio que se complace en sí mismo, orgulloso y agresivo, que viene a demostrar que lo que importa no es el silencio en sí mismo. El silencio del cristiano es un silencio expectante, humilde y que, por esto, acepta ser interrumpido. Es un silencio que está en comunicación con la palabra. Así lo interpreta Tomás de Kempis: «Nadie habla con más seguridad que quien sabe callar». Existe en el silencio un poder de clarificación, de purificación y de comprensión de lo esencial. Y esto ya en el terreno meramente profano. Saber callar ante la palabra de Dios, en cambio, hace que la entendamos mejor y la pronunciemos adecuadamente. Así se evitan muchas palabras inútiles. Lo esencial, lo que conviene, puede decirse en pocas palabras.

 

Dietrich Bonhoeffer, Vida en comunidad , Salamanca, Ediciones Sígueme, 2003, pp.69-74

• Dietrich con un grupo de estudiantes en el lago Prebelow, Brandenburgo,1932
• Con su hermana gemela Sabine en Londres, 1939
• En la cárcel de Tegel, Berlín, 1943, donde estuvo año y medio antes de ser juzgado.

 

Responsable: Domingo Cosenza OP

 

Octubre 2014

 



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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