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El patriarca Jacob, un orante que sueña y que combate

por Carmenza Avellaneda OP

 

Conocemos la historia de Jacob y sus rivalidades con su hermano Esaú que le traerán no pocos problemas y con quien contrastará su vida. Misteriosamente Jacob es el elegido de Dios, el patriarca cabeza de las doce tribus de Israel.

Toda la vida de Jacob está contenida entre estos dos encuentros con Dios: el sueño de Betel y el combate de Jabok. Veinte años separan estos dos momentos. Los dos son tiempo de prueba y de noche. En los dos está solo. La primera vez está huyendo; en la segunda, va a afrontar a Esaú que viene contra él. El Invisible se hace visible en la prueba. Jacob vencerá porque Dios e ha dicho: “Yo estaré contigo donde vayas”.

Dos textos fundamentales sirven de referencia: Gn 28,10-22 y 32,1-32.

Jacob debe partir. Sale de Bersheva a Jarán huyendo de su hermano. Va a buscar mujer entre su parentela. Lleva solamente un bastón para el camino; se detiene en una noche histórica, tiene por cabecera para dormir una piedra. El portador de la bendición de Yahvé debe ponerse en ruta. Sal de tu tierra… es una expresión que se repite en la Biblia muchas veces. Es preciso hacer el camino del exilio, del despojo y Jacob lo experimenta en carne viva. En la huida y en su sueño, se abre a un mundo superior. El elegido no tiene donde reposar su  cabeza.

Las imágenes oníricas encierran para los pueblos de Oriente un sentido especial; son el lugar de la comunicación con Dios. Jacob tiene un sueño. Cuando despierta lo comprende. Una escala une la tierra con el cielo y sobre ella está el Yahvé, su Dios. Los ángeles suben y bajan pero es Dios quien se comunica. Jacob se siente sobrecogido: “Realmente está el Señor en este lugar”. Y añadió atemorizado: “¡Qué terrible es este lugar! Es nada menos que Casa de Dios y Puerta del Cielo” (Gn 28, 17). El Patriarca ha hecho el doble camino: ha salido de la tierra, de la parentela más próxima, de la casa propia y ha entrado en sí mismo. Camina hacia la Sabiduría. “Y yo no lo sabía”.

Dios reitera a Jacob la alianza hecha con Abraham: “Yo soy el Señor, el Dios de Abraham tu padre y Dios de Isaac. La tierra en que yaces te la daré a ti y a tus descendientes. Tu descendencia será como el polvo de la tierra, te extenderás al norte y al sur, al este y al oeste. Por ti y por tu descendencia todos los pueblos del mundo serán benditos… no te abandonaré hasta cumplirte cuanto te he prometido” (Gn.28,13-15). El Señor muestra su rostro paternal añadiendo una promesa para la situación presente: “Yo estoy contigo: Te acompañaré…, te haré volver a este país…”. Jacob unge la piedra y da nombre al lugar: “Casa de Dios”.

Al ponerse de nuevo en camino “Jacob alzó los pies y se dirigió al país de los orientales” (29,1). El encuentro con Dios lo ha cambiado profundamente; lo ha hecho ágil, lo ha dispuesto para continuar la larga ruta de la vida que le espera. Quien se encuentra con el Señor es transformado.

El segundo relato Gn 32 muestra a Jacob dejando la casa de Labán para ir a Palestina; hace el camino de regreso a su tierra. Ahora va a enfrentar la rivalidad con su hermano Esaú y a buscar estrategias para lograr la reconciliación. Envía mensajeros que vuelven con la noticia de que Esaú viene con 400 hombres. Jacob se llena de pánico. Es preciso volverse hacia Yahvé. Entonces por primera vez ora:

“Dios de mi padre Abraham, Dios de mi padre Isaac! Señor que me has mandado volver a mi  tierra nativa para colmarme de beneficios. No soy digno de los favores y de la lealtad con la que has tratado a tu siervo; pues con un bastón atravesé este Jordán y ahora llevo dos caravanas. Líbrame del poder de mi hermano, del poder de Esaú, pues tengo miedo de que venga y me mate, también a las madres con mis hijos. Tú me has prometido colmarme de beneficios y hacer mi descendencia incontable como la arena del mar (32, 10-13).

Jacob se encuentra en una situación que no puede controlar; es la gran prueba de la edad madura; toca sus límites. Experimenta una angustia profunda por sus esposas y sus hijos. Se vuelve a Dios con una magnífica oración en la que hace memoria de la alianza de Betel. Reconoce los beneficios recibidos, reconoce su miedo, recuerda las promesas. Pasa del orgulloso Jacob a reconocerse como siervo de su hermano. Fortalecido vence el miedo y atraviesa el torrente; entra al territorio de su hermano; confía en el Dios de Betel. Él es su fuerza, no su capacidad de engañar, no su trabajo, no su astucia.

“Todavía de noche se levantó, tomó a las dos mujeres, las dos criadas y los once hijos y cruzó el vado de Jabok... y se quedó Jacob solo (32, 23.25).

De repente es atacado por un desconocido con quien va a enfrentarse hasta el amanecer. Vence pero sale marcado. Se preguntan los nombres. Jacob adquiere su verdadera identidad, ahora se llamará Israel ( El que lucha con Dios, o más probablemente, Dios es fuerte, Dios triunfa); no deja que el adversario se vaya sin bendecirlo. Comprende una vez más que se ha encontrado con Dios, ha sentido su presencia, la reconoce: “He visto a Dios cara a cara y he salido vivo” (v. 31). Estrena un nombre nuevo; su corazón ha cambiado y avanza con sabiduría por el camino de la reconciliación y de la alianza renovada. Será padre de Israel, de un pueblo llamado a ser bendición para los otros. Es Dios con nosotros quien viene hasta Jacob, el Dios que cuida del hombre, de todo hombre, el Dios que sostiene en la noche del combate al que toda persona está llamada.

 

• Marc Chagall (1887-1985): El sueño de Jacob, 1954-67 – Museo Marc Chagall, Niza
• José de Ribera (1591-1652): El sueño de Jacob, 1639 – Museo del Prado, Madrid

 

Septiembre 2014



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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