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    N° 51 OCTUBRE 2017 PALABRA DEL MES    
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Óscar Romero, obispo y mártir

por Jesús García Álvarez OP

 

Hace pocos días, en su viaje de regreso de Corea del Sur, el Papa Francisco, respondiendo a la pregunta de un periodista, anunció al mundo que el proceso de beatificación del obispo Óscar Romero había quedado desbloqueado y que había pasado de la Congregación para la Doctrina de la Fe a la Congregación para la Causa de los Santos. ¿Qué había pasado para que se bloqueara ese proceso durante cerca de 20 años, en un tiempo en que tanto abundaron beatificaciones y canonizaciones a veces tan apresuradas? El Papa habla de prudencia. ¿Fue prudencia o fue miedo a que, por ejemplo, resurgiera la teología de la liberación?

El día 24 de marzo de 1980 el arzobispo Óscar Romero fue asesinado cuando celebraba la misa en la capilla del hospital San José de la Montaña en San Salvador. Era el momento del ofertorio. Sobre el altar quedó el pan y el vino. Óscar Romero continuaría la misa en la eternidad, en el banquete del Reino que la eucaristía anuncia cada vez que se celebra. Nunca se aclaró del todo este asesinato, pero se sabe que el asesino recibió 114 dólares; 30 monedas de plata…

El día anterior, como todos los domingos, Óscar Romero había dirigido su homilía a todos sus fieles, denunciando las violaciones a los derechos humanos de los campesinos y de los sacerdotes. Aquel día se dirigió especialmente a los soldados, diciéndoles que no estaban obligados a obedecer una orden contra la ley de Dios. “En nombre de Dios –les decía– y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios que cese la represión”. Era la voz del profeta que en nombre de Dios denunciaba las injusticias que se estaban cometiendo. Era la voz valiente que cada semana, a través de la emisora del arzobispado, llegaba a todos los rincones del país, cuando la censura y las amenazas imponían el miedo y el silencio. Aquel día 24 de marzo la voz del profeta se apagó para siempre. Así es el destino de los profetas.

Había también otros que creían actuar en nombre de Dios. Eran las autoridades que veían peligro de comunismo en todas partes. Lo veían sobre todo en las comunidades cristianas de base, en las organizaciones de campesinos, en las asociaciones de obreros, en los sacerdotes que defendían los derechos de los pobres, en el arzobispo que cada domingo denunciaba en su homilía los crímenes y las injusticias que se cometían y que se pretendía ocultar. Eran los tiempos de la teología de la liberación y de la opción preferencial por los pobres. Pero eran también los tiempos en que se creía que la seguridad del Estado estaba por encima de todos los derechos. Y el Estado eran los que tenían el poder, la coacción o la riqueza.

¿Fue Óscar Romero víctima de las confrontaciones sociales y políticas de aquel tiempo en El Salvador, o fue el defensor de los pobres, de los que cada día eran reprimidos, asesinados o expulsados del país? Podía haber permanecido en silencio; pero creyó que la Iglesia no podía quedar callada ante una situación totalmente contraria al Evangelio. Era el tiempo de los profetas y los mártires; era también el tiempo de los cobardes, de los que permanecieron en silencio. Óscar Romero eligió el camino de los mártires y los profetas.

En 1995 concluyó el proceso diocesano para su beatificación. El proceso pasó a la Congregación para la Doctrina de la Fe con el fin de estudiar los escritos y las homilías del Obispo. Ahí es donde quedó bloqueado. Ahora el Papa Francisco pidió la activación del proceso, que pasó a la Congregación para la Causa de los Santos. Es el camino normal para que la Iglesia ponga en el catálogo de los Santos a los que dieron su vida por la justicia y por la fe.

Mientras tanto, el pueblo cristiano espera impaciente en medio de canciones, luces y altares en honor de quien considera el mártir de los tiempos modernos. Para ese pueblo, Óscar Romero ya es san Romero de América, Obispo y Mártir.

 

Septiembre 2014



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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