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    N° 51 OCTUBRE 2017 ALABAR CON HIMNOS    
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Cántico de esperanza: ¡Ánimo, no teman! ¡Miren a su Dios!

por Jorge Vargas

 

Alégrense el desierto y el yermo,
regocíjese la estepa y florezca como lirio;
salte de gozo y dé gritos de júbilo.
La gloria del Líbano le ha sido dada,
el esplendor del Carmelo y del Sharón.
Mi pueblo verá la gloria del Señor,
el esplendor de nuestro Dios.

Fortalezcan las manos débiles,
afiancen las rodillas vacilantes.
Digan a los de corazón intranquilo:
¡Ánimo, no teman! Miren a su Dios
que trae la recompensa y la justicia;
Él viene a salvarlos en persona.

Entonces se despegarán los ojos de los ciegos,
y los oídos de los sordos se abrirán.
Entonces saltará el cojo como el ciervo,
y la lengua del mudo cantará gritos de júbilo.
Pues brotarán aguas del desierto,
y torrentes en la estepa,
el desierto se convertirá en estanque,
y la árida tierra en manantial.
En la guarida donde moran los chacales
verdearán el junco y la caña.
Ahí habrá una senda y un camino,
“Vía Santa” se le llamará;
no pasará el impuro por ella,
ni los necios por ella vagarán.
No habrá leones en ella,
ni por ella subirá bestia salvaje,
los rescatados la recorrerán.

Los liberados del Señor volverán,
entrarán en Sión entre aclamaciones,
y habrá alegría eterna sobre sus cabezas.
Gozo y alegría los acompañarán,
la tristeza y el llanto se alejarán.

 

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Este capítulo 35 entero, en diez versículos, es el gran telón lírico del libro de Isaías (1-35), ya que los capítulos 36-39 son un apéndice narrativo y del 40 al 66 son otra obra. Es un texto poético, promesa de salvación, casi un himno de esperanza y alabanza. Íntimamente unido, por contraste, al capítulo 34 que nos presenta de una manera exquisitamente gráfica el juicio del Señor contra las naciones.

Nuestro texto de salvación presenta el territorio de Dios como si fuera algo vivo y capaz de manifestar su alegría, expresando, por su transformación, la gloria del Señor. Esto para enmarcar el regreso del pueblo disperso a Jerusalem, meta de la esperanza.

El anhelo de que el desierto se vuelva tierra fértil y abundante de agua no es sólo bíblico; pertenece a la condición humana. Pero en Isaías 35 simboliza la renovación integral, y la paz, alegría y bienestar para el verdadero pueblo de Israel.

Notamos ya desde el v. 1 la abundancia de sinónimos de palabras y de ideas (desierto/yermo/estepa; regocíjese/florezca) o de antítesis (estepa/lirio). Es díficil imaginar semejante transformación, pero un poco de agua y aquellas tierras secas se convierten en alfombra verde, y no sólo de pastos, sino de lirios, dice el poeta, flor particularmente apreciada (Cantar de los Cantares 2,1).

La fertilidad interpretada como la alegría de una persona que se viste de belleza. Aunque el vértice teológico de la esperanza es Jerusalem, su entorno rudo y seco nos hace buscar la belleza ecológica más bien al Norte del país: Líbano, Carmelo, Sharón. Y pide no conformarnos con la naturaleza, pues ésta es signo de algo mayor: la acción gloriosa del Señor (v. 2).

Presentir la acción de Dios es razón suficiente para recuperar el ánimo, y dar fuerza y consistencia a quienes se preparan para una larga y gloriosa caminata. El v. 3 funciona en general sinonímicamente excepto en el binomio manos-piernas, las cuatro extremidades que engloban a la persona. Esto hace reflexionar sobre el propio cuerpo, y el “fortalezcan/afiancen” es mucho más plástico que el análogo “consuelen” de Is 40,1.

Y del cuerpo pasamos a la integridad de la persona: “No teman”. ¿Por qué no? Porque tu Dios viene con justicia, retribución, ajuste de cuentas... El Señor viene para actuar; trae orden a una situación desastrosa, ayuda a Israel a salir adelante y les demuestra claramente que es su Dios. Isaías no se detiene ahí y nos presenta ejemplos concretos de liberación humana y de manifestación de Dios, que nos recuerdan el evangelio de Jesús (p. ej. Mateo 11,5). Son cuatro imágenes (el ciego, el sordo, el cojo, el mudo) que simbolizan, por vía de ejemplos, la transformación completa de la realidad (vv. 5-6).

En el v. 6, después de la sección “humanista” regresamos al reino de la naturaleza. Las aguas abundantes que surgen de las profundidades expresan la grandeza y potencia de Dios (Salmo 107,25), o pueden referirse a los tiempos de salvación (Is 55,1) o las aguas de la creación (Génesis 2,6). Juncos y cañas son vegetación de ríos, notablemente del Delta del Nilo; la fertilidad como alternativa al reinado de las fieras, asociadas, como los chacales, a la destrucción de personas y ciudades (Is 13,22; 34,13) y al castigo de Dios.

Los vv. 8-10 son el núcleo del mensaje: un camino seguro para el regreso a Sión, alegría eterna para el pueblo después de la travesía. Hay que notar, por una parte, la acumulación de sinónimos (senda/camino/vía; pasar/vagar, rescatados/liberados) o de oposiciones (ausencia de fieras/presencia de personas; sí a la alegría/no al llanto). Y por otra, el crescendo final. El último versículo, agridulce por su selección de palabras, se acopla por la alegría con el primer verso, también mixto, y encierra todo nuestro capítulo dándole unidad.

Transitar el camino santo es un regreso a la patria y un cumplimiento de la promesa. Pero si en Isaías 40,3 la sacra vía es para uso de Dios, aquí es para uso del pueblo, con cierta selectividad: ni fieras o peligros, ni impuros o necios. Es una procesión sacral; el pueblo de Dios, que es puro, tiene derecho a usar el camino. Los liberados y rescatados, precisamente son los que han experimentado las acciones salvadoras de Dios: presentes, pasadas y futuras, desde el Éxodo hasta los tiempos de alegría sin límite: "Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar; la boca se nos llenaba de risas, la lengua de cantares" (Salmo 126, 1-2).

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Aquí tenemos un ejemplo de la esperanza del Antiguo Testamento. Los primeros destinatarios, después de haber sufrido el exilio y la dispersión lejos de Jerusalem, esperaban ver el esplendor de Dios. Sería en Sión precisamente de donde salían las bendiciones y el Señor se revelaba.

Es difícil conocer los pormenores del texto y su realización histórica, pero podemos valorarlo literaria y espiritualmente: Dios es el gran motivo para la esperanza, y no hay por qué negarnos la posibilidad de confiar en el futuro.

El camino, más allá del medio geográfico, es la restauración de la comunión con Dios, la consagración del pueblo y las personas. Los animales y peligros que acechan, son amenazas para la comunidad de Dios. El poema quiere despertar el anhelo de ser parte del grupo de los liberados y rescatados de Dios, y tener acceso a la realización de la esperanza.

 

• John August Swanson (Los Angeles, CA, 1938): Reino de la paz
• Desierto florido de Atacama, Chile

 

Julio 2014



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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