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    N° 51 OCTUBRE 2017 TESTIGOS DE CRISTO    
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Jacques Fesch: Su transfiguración

por Francisco Quijano

 

Nació Saint-Germain-en-Laye cerca de París el 6 de abril de 1930, murió el 1 de octubre de 1957. Fue hijo de un banquero burgués agnóstico y de una madre que lo educó en la religión católica de la que se alejó desde joven. A los 21 se unió en matrimonio con Pierrette Polack de quien esperaba una hija, Véronique. Dos años después se separó de ellas y abrigó la ilusión de aventurarse en velero por los mares del sur. Para cumplir su sueño intentó asaltar a un cambista conocido de su padre; al fallar, huyó perseguido por un policía a quien mató de un disparo. Jacques estuvo en la cárcel poco más de tres años durante su proceso y en espera de su ejecución. Fue asistido por su defensor, Paul Baudet; por el capellán de la prisión de La Santé, el dominico Jean-Jacques Devoyod; por un amigo benedictino, Thomas; por su mujer, su suegra, su madre. Jacques vivió en esos tres años una transfiguración de la cual dan testimonio el diario que escribió para su hija y varias cartas dirigidas a familiares y amistades. Fue sentenciado el 6 de abril de 1957, el día en que cumplía 27 años. Su decapitación con la guillotina ocurrió el 1 de octubre de 1957. El arzobispo de París, Jean-Marie Lustiger, inició 1993 el proceso para su beatificación; la causa se halla actualmente en el Vaticano. El testimonio de Jacques Fesch ha tenido eco hasta nuestros días especialmente entre los presos. Estos son unos fragmentos de su diario Dentro de cinco horas veré a Jesús.

 

Dentro de cinco horas veré a Jesús

Sí, él fue quien me amó primero cuando yo no tenía nada que mereciera su amor… Trataba de creer por la razón, ¡rezando poco o nada! Luego, a un año de mi encarcelamiento, me sobrevino un dolor afectivo muy intenso que me hizo sufrir mucho, y repentinamente, en pocas horas, alcancé la fe, una certeza absoluta. Creí sencillamente, y ya no comprendí más qué hacía antes para no creer. Me visitó la gracia, una alegría inmensa se amparó de mí y sobre todo una gran paz. Todo se me hizo claro en unos instantes. Era un gozo sensible tan intenso que ahora tengo quizá una fuerte tendencia a buscarlo cuando lo esencial no es la emoción sino la fe.

Siento ahora una nueva fuerza en mí, una certeza absoluta de que mi única salvación y mi deber son entregarme completamente a su Amor. Pero en este momento apenas si lo logro; es duro tener que desasirse de todos sus vicios.

Me doy cuenta de que la fe es verdaderamente un don de Dios. Se cree con el corazón, sin saber por qué, y sin siquiera buscar saberlo. La certeza íntima que lo llena a uno basta. El amor es lo más poderoso.

Ahora Dios es el único que cuenta. Está en el centro del mundo… Me invade totalmente y mi pensamiento no puede ya evitar su encuentro. Una mano poderosa me ha trastocado. ¿Dónde está? ¿Qué me ha hecho? No lo sé, porque su acción no es como la de los hombres, es inasible y es eficaz; me constriñe y soy libre, transforma mi ser y, con todo, no he dejado de ser quien soy. Porque la criatura nueva que ha sido injertada en mí me pide una respuesta ante la cual soy libre para rehuirla. He recibido el principio, me falta pasar a las consecuencias. Mi visión ha cambiado, pero mis hábitos de pensamiento y de conducta no han cambiado: Dios los ha dejado allí donde estaban. Tengo que destruir, adaptar, reconstruir las rutinas interiores y no puedo quedar en paz si no acepto esta lucha. Estoy maravillado de mí y sorprendido de la transformación que la gracia ha obrado en mí.

El día de su ejecución en la guillotina escribió:

Faltan cinco horas. Espero al Amor. Ha sufrido tanto por mí… Dios es amor. Tengo los ojos fijos en el crucifijo y mis miradas no se apartan de las llagas del Salvador. Quiero conservar su imagen en mis ojos hasta el final. Recitaré el rosario y las oraciones de los moribundos y, después, pondré mi alma en las manos del buen Dios. Dentro de cinco horas, veré a Jesús.

 

Diciembre 2012



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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