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    N° 51 OCTUBRE 2017 TESORO DE LAS RELIGIONES    
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Oración celta: Sé tú mi visión, oh Señor

por María Luisa Ulloa

 

Sé tú mi visión, oh Señor de mi corazón.
Sé todo lo demás pero nada para mí, salvo lo que eres.
Sé tú mi mejor pensamiento en el día y en la noche.
Despierto y dormido, sea tu presencia mi luz.

Sé mi sabiduría y mi palabra verdadera.
Permanece siempre conmigo, y yo contigo, Señor.
Sé tú mi gran Padre y yo tu verdadero hijo.
Permanece en mí, habitándome, y yo solo contigo.

Sé tú y sólo tú, el primero en mi corazón.
Oh Soberano del cielo, tu eres mi tesoro.
Gran corazón de mi propio corazón, pase lo que pase,
Sé siempre mi visión, oh Soberano del todo.

 

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Al evocar a los celtas concurren a la mente imágenes mágicas, túmulos funerarios, sacerdotes druidas, bardos, guerreros épicos, círculos de fuego, bosques, árboles, oro en trabajo exquisito, bandas de malla y remolinos en espiral, lenguaje y tradiciones comunes de varios pueblos y regiones de Europa Central, prohibición de escribir su historia y por tanto gran desarrollo de la memoria y el relato.

A partir de los siglos III y II aC, autores clásicos ya refieren noticias sobre los pueblos celtas. Los romanos los nombran con el término « galli = galos» ya que les reconocen ciertas características culturales comunes: su conformación civil en tres grupos, nobles y guerreros, sacerdotes (druidas y bardos) y hombres libres (agricultores, herreros, orfebres), así como la unidad lingúistica que destacan tanto Tácito como San Jerónimo.

Los Celtas se expandieron entre los siglos VIII y V aC desde su núcleo original centroeuropeo hacia otras regiones, ocupando el norte y centro de Francia (la Galia), el valle del Po en el norte de Italia, la península Ibérica, así como la mayor parte de las Islas Británicas. También se extendieron por los Balcanes, alcanzando incluso una comarca de Asia Menor, que será conocida como Galatia.

Años después, la creciente presión militar de los germanos por el norte y, algo después, la de los romanos por el sur hacen que en pocas décadas “toda galia este ocupada” excepto la lejana Irlanda que al cabo de los años y tras ser cristianizada por san Patricio será llamada “La Isla de los Santos y los Sabios”. La isla se pobló rápidamente de comunidades monásticas que mucho tenían que ver con el modo egipcio de los antiguos cenobios.

Se dio una arquitectura muy característica y original. Monasterios de austera piedra en forma de barcos invertidos, enormes campanarios circulares rodeados de cementerios, donde cruces de gran tamaño inspiradas en antiguas orfebrerías celtas, están conformadas por un círculo central referente a Cristo (el Sol), profusamente labradas, en ocasiones con pasajes bíblicos; y esta cruz después derivará en los “cruceiros” gallegos del Camino de Santiago.

A comienzos del siglo VII es cuando empezamos a disponer de registros escritos elaborados por los grandes centros monásticos fundados en la segunda mitad del siglo anterior. Nos encontramos con una iglesia ordenada en torno, no a sedes episcopales como en el continente, sino en torno a monasterios y abades, que serán los grandes directores de esta iglesia.

Con la posible excepción de Roma, no había en Europa ningún lugar comparable a Irlanda. A decir verdad, en muchos aspectos sólo Bizancio la igualaba. En Irlanda, como en el Oriente Medio, el saber y la erudición eran parte integrante del sistema monástico, y las bibliotecas irlandesas pasaron a ser depositarias de material procedente de todo el mundo conocido.

Durante los primeros años del siglo VII, los monasterios irlandeses ejercieron el monopolio virtual de la enseñanza del griego. También se estudiaban muchos autores paganos. La Iglesia celta no repudió la herencia cultural precristiana de la propia Irlanda y esto lo podemos constatar en los mejores y más intensos trabajos de la imaginería medieval en cuanto a manuscritos iluminados.

Como más claro ejemplo de códice creado por la escuela Irlandesa podemos poner El Libro de Kells. Creado por monjes de la isla de Iona en el siglo VIll y principios del siglo IX, después llevado al monasterio de Kells en lrlanda, quizá sea la mejor obra de miniatura de manuscrito jamás creada. De autor desconocido, fue escrito en torno al 800 para un uso ceremonial y contiene el texto de los cuatro evangelios precedido por otros textos menores como las "tablas de cánones". Aunque se ha perdido su encuadernación, el manuscrito de Kells es todo un icono del lujo medieval. En una de las más hermosas páginas de iniciales aparecen las palabras « Christi autem generatio = «el nacimiento de Cristo», del Evangelio de San Mateo densamente cubierta con una red de lineas, rostros, formas y animales. Quizás el folio que ha requerido un mayor número de horas de realización en la historia de las ilustraciones miniadas, es la cumbre de la elaboración irlandesa y un perfecto ejemplo del gusto irlandés por la integración de la palabra en la imagen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Mayo 2014



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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