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Salmo 117: Alaben al Señor todas las naciones

por Pacale Moisy

 

¡Alaben al Señor todas las naciones,

Aclámenlo todos los pueblos!

Grande es su amor por nosotros

y la fidelidad del Señor dura por siempre.

¡Aleluya!

 

 

● ● ●

 

En la tierra existen pequeñas cosas que tienen un muy grande valor a los ojos de los hombres, como por ejemplo una joya pulida o una pepita de oro. En la Biblia también se encuentran "pepitas”. El Salmo 117 es una de ellas. Compuesto solo de dos versículos, es no solo el salmo más corto del salterio, sino también de todos los capítulos de la Biblia. Y no obstante, contiene un mensaje increíble, una promesa prodigiosa: Grande es el amor de Dios por los hombres y su fidelidad dura por siempre.

En su estructura, podemos señalar dos elementos fundamentales del himno: a saber, la invitación universal a la alabanza y su motivación en el amor, y la fidelidad de Dios para con su pueblo. Su amor y fidelidad es para siempre, por esta razón, el creyente no puede sino alabarlo, bendecirlo.

En la tradición judía, este salmo forma parte de los que constituyen el Hallel ( alabanza) que va del salmo 113 al 118. Estos son cantados en las tres principales fiestas de Israel: la Pascua - Salmos 113 y 114 -; Shavuot (fiesta de la cosecha) – Salmos 115 y 116 –; y Souccót (fiesta de las Cabañas o Tiendas) con los Salmos 117 y 118.

¡Alaben al Señor todas las naciones ¡ aclámenlo todos los pueblos!

El versículo 1 invita a rendir homenaje al Señor, a alabarlo, aclamarlo. Pero no solo el pueblo elegido, sino todas las naciones, todos los pueblos. Por estas dos palabras "naciones" y "pueblos", la alabanza se hace universal. De una alabanza exclusiva del pueblo elegido, en un versículo, el salmo nos hace dar un vuelco hacia una alabanza universal. El judío común –a quien pertenece el autor de este salmo– abre las puertas a la universalidad. Nadie está excluido. Al contrario, todos estamos invitados a esta acción de gracias. El apóstol Pablo, en su carta a los Romanos (15,11), cita este versículo para confirmar que la Salvación en Cristo es para todos y no solo para el pueblo de Israel.

Esta alabanza a la cual somos invitados puede igualmente ser leída en una dimensión escatológica, en el mismo espíritu que el libro de Zacarías: “ Aquel día numerosas naciones se unirán al Señor y constituirán mi pueblo; yo habitaré en medio de ti, y reconocerás que el Señor todopoderoso es quien me ha enviado a ti. Y los sobrevivientes de los pueblos que invadieron Jerusalén subirán año tras año a postrarse ante el Rey, el Señor todopoderoso, y a celebrar la fiesta de las tiendas” (Zac. 2,15; 14,16). De esta manera, se mira hacia el futuro, cuando todas las naciones y todos los pueblos celebren juntos al Dios único, confesándolo a una voz como el Señor de toda la tierra.

Grande es su amor por nosotros y la fidelidad del Señor dura por siempre. ¡Aleluya!

El salmista nos da, en su segundo y último versículo, la motivación de tal alabanza: Dios es Amor y Fidelidad para SIEMPRE. Este salmo procede de la comunidad post-exilica. El pueblo judío había olvidado a su Dios para adorar ídolos extranjeros y hacer alianzas con otros pueblos. Olvidó que sin Dios no puede estar vivo. Sin el Dios Único, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, pierde lo que lo hace pueblo hasta ahora: pierde su corazón. A diferencia de Dios, el pueblo judío es un pueblo infiel. Este abandono del pueblo elegido por su Dios tendrá por consecuencia el gran exilo en Babilonia, durante muchos años de 586 a 539 aC. Tendrá que pasar por esta experiencia para redescubrir el amor y fidelidad infinita de Dios, para volver a Él. Así, el salmo es el fruto de esta experiencia del pueblo de Dios al final del exilio en Babilonia, cuando logra reconocer la grandeza del Señor, le agradece y confiesa en la alabanza.

De hecho, el salmo 117 resume con énfasis el fruto de esta dura experiencia que el pueblo hizo para llegar a reconocer finalmente que la fidelidad y el amor de Dios por su pueblo es más fuerte que todo y dura para siempre. Esta revelación tan profunda del amor y de la fidelidad de Dios no puede quedar encerrada. Todos los pueblos, todas las naciones son invitados a unirse al pueblo de Israel para dar gracias al Señor, el Dios del Universo, de todos. Toda la teología de la elección de un pueblo por Dios se abre a una nueva dimensión según la corriente teológica a la que pertenece el autor de este salmo, pues a partir del momento que el pueblo judío comprendió que su grandeza no solo viene del hecho que había sido separado de entre los pueblos, sino que Dios lo llama a algo más grande, a una dimensión universal: convocar a los pueblos, a las naciones, al mundo entero a confesar al Dios de Israel.

Jesucristo, en los Evangelios, se une a esta línea. Él invitó a los discípulos a tener una visión del mundo construida a partir de la fraternidad y no más sobre la división. Que todos los pueblos y naciones se adhieran para reconocer y confesar al Dios Trinidad. No solo Dios Padre envió a su Hijo Jesucristo, Verbo hecho carne entre nosotros. No solo Jesucristo fue crucificado, muerto y resucitado al tercer día para salvar a todos los hombres, sino también, como lo anuncia con alegría el libro de los Hechos de los Apóstoles, Él envió a su Espíritu Santo para llenar nuestros corazones, encenderlos de su amor y misericordia y guiarnos en nuestra peregrinación hasta nuestro encuentro final con Él.

Con alegría y confianza, nos unimos a la alabanza del pueblo de Israel  por su Dios, nuestro Dios para siempre.

 

* Ilustración: Luca della Robbia (1400-1482): Cantoria - Museo dell'Opera del Duomo, Firenze

 

 

Mayo 2014



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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