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Reflexiones sobre la superioridad cultural

por Umberto Eco

 

Nacido en 1932 en Alessandria (Italia), Umberto Eco se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad de Turín en 1954 con un trabajo que publicó dos años más tarde con el título de El problema estético en Santo Tomás de Aquino (1956). Trabajó como profesor en las universidades de Turín y Florencia antes de ejercer durante dos años en la de Milán. Después se convirtió en profesor de Comunicación visual en Florencia en 1966. Fue en esos años cuando publicó sus importantes estudios de semiótica Obra abierta (1962) y La estructura ausente (1968), de sesgo ecléctico. Desde 1971 ocupa la cátedra de Semiótica en la Universidad de Bolonia. En febrero de 2001 creó en esta ciudad la Escuela Superior de Estudios Humanísticos, iniciativa académica solo para licenciados de alto nivel destinada a difundir la cultura universal. También cofundó en 1969 la Asociación Internacional de Semiótica, de la que es secretario.

 

Occidente dedicó fondos y esfuerzos a estudiar usos y costumbres de los Otros, pero nadie permitió que los Otros estudiaran usos y costumbres de Occidente, a no ser en las escuelas establecidas en ultramar por blancos, o cuando se permitió que los más ricos de los Otros fueran a estudiar a Oxford o París; y ya se ve qué pasa: estudian en Occidente y después vuelven a sus casas para organizar movimientos fundamentalistas, porque se sienten ligados a sus compatriotas que no pueden hacer esos estudios (por lo demás, no es una historia nueva, y por la independencia de la India lucharon intelectuales que habían estudiado con los ingleses).

Antiguos viajeros árabes y chinos habían estudiado algo de los países del sol poniente, pero esas son cosas de las que sabemos bastante poco. ¿Cuántos antropólogos africanos o chinos vinieron a estudiar el Occidente para relatarlo no sólo a sus propios conciudadanos, sino también a nosotros (quiero decir: contarnos cómo nos ven)? Hace algunos años existe una organización internacional llamada Transcultura que lucha por una «antropología alternativa». Llevó a estudiosos africanos que nunca habían estado en Occidente a describir el interior de Francia y la sociedad de Bolonia, y les aseguro que cuando nosotros, los europeos, leímos que dos de las observaciones más extrañadas se referían a que los europeos sacan a pasear sus perros y que se quedan desnudos a la orilla del mar, me digo: bueno, la mirada recíproca ya empezó a funcionar de ambos lados; y de eso surgieron discusiones interesantes.

Imaginen que se invita a fundamentalistas musulmanes a realizar estudios acerca del fundamentalismo cristiano (esta vez los católicos no tienen nada que ver, son protestantes estadounidenses, más fanáticos que un ayatolá, que intentan expurgar en las escuelas cualquier referencia a Darwin). En suma, creo que el estudio antropológico del fundamentalismo ajeno puede servir para entender mejor las características del propio. Vengan a estudiar nuestra concepción de guerra santa (podría sugerirles muchos escritos interesantes, incluso recientes) y acaso lleguen a ver con un ojo más crítico la idea de guerra santa en casa de ellos. En el fondo, nosotros, los occidentales, cuando hicimos la descripción de la pensée sauvage reflexionamos sobre nuestro propio modo de pensar. Uno de los valores de que habla mucho la civilización occidental es la aceptación de las diferencias. Teóricamente, todos estamos de acuerdo, es políticamente correcto decir en público que alguien es homosexual; pero después, entre risas, en casa se dirá con sorna que es un marica. ¿Cómo se hace para enseñar a aceptar la diferencia? La Académie Universelle des Cultures puso en funcionamiento un sitio web donde se están elaborando materiales acerca de distintos temas (color, religión, usos y costumbres, y así sucesivamente) para los educadores de cualquier país que quieran enseñar a sus alumnos cómo aceptar a quienes son distintos de ellos. Ante todo se decidió no mentir a los niños y no decir que todos somos iguales. Los niños se dan cuenta perfectamente de que algunos vecinos o compañeros de escuela no son iguales a ellos, tienen piel de un color distinto, ojos en forma de almendra, pelo más ensortijado o más lacio, comen cosas raras, no toman la comunión. No basta con decirles que todos son hijos de Dios, porque también los animales son hijos de Dios, y sin embargo los chicos nunca vieron a una cabra al frente de la clase, enseñándoles las reglas ortográficas. Por lo tanto, a los niños hay que decirles que los seres humanos son muy distintos entre sí, y explicarles bien en qué son distintos, para después mostrar que esas diferencias pueden ser una fuente de riqueza. El maestro de una ciudad italiana debería ayudar a sus niños italianos a comprender por qué otros chicos rezan a una divinidad diferente, o tocan una música que no parece rock. Naturalmente, lo mismo debe hacer un educador chino con niños chinos que viven junto a una comunidad cristiana. El paso siguiente será mostrar que hay algo en común entre nuestra música y la de ellos, y que también su Dios recomienda algunas cosas buenas. Posible objeción: nosotros lo haremos en Florencia, pero por su parte ¿lo harán también en Kabul? Bueno, esta objeción es lo más lejano que pueda existir a los valores de la civilización occidental. Nosotros somos una civilización pluralista porque permitimos que donde vivimos se erijan mezquitas, y no podemos renunciar a eso sólo porque en Kabul encarcelan a los proselitistas cristianos. Si lo hiciéramos, nos volveríamos talibanes también nosotros. El parámetro consistente en la tolerancia de la diversidad es por cierto uno de los más fuertes y de los menos discutibles, y nosotros consideramos madura nuestra cultura porque sabe tolerar la diversidad, y bárbaros a aquellos que, aunque pertenecen a nuestra cultura, no toleran la diversidad. Y asunto cerrado. De otro modo, sería equivalente a decir que si en determinada zona del planeta hubiera todavía caníbales, nos los vamos a comer para que aprendan de una vez. Confiamos en que, como permitimos mezquitas en nuestros barrios, un día haya iglesias cristianas en los suyos, o que no se bombardeen las imágenes de Buda. Eso, si creemos en la bondad de nuestros parámetros.

 

En el artículo completo, Eco cuestiona los parámetros que se utilizan al momento de comparar culturas. Dice Eco: “El problema es que la antropología cultural no resolvió qué hacer cuando el integrante de una cultura, cuyos principios quizás aprendimos a respetar, viene a vivir a nuestra casa”. En esa circunstancia concreta, y no en planteos teóricos, está la raíz del racismo. Si bien Eco no resuelve el problema, al menos orienta en forma correcta hacia donde buscar las respuestas más adecuadas.

Umberto Eco, “Guerras santas, pasión y razón: pensamientos dispersos sobre la superioridad cultural”, diario La Repubblica, 5 de octubre de 2012. Traducción castellana en: Umberto Eco, Michel Camdessus, Jean Daniel y Andrea Riccardi, Islam y Occidente. Reflexiones para la convivencia, Editorial Sudamericana 2002, p. 93-108.

Responsable: Domingo Cosenza

 

Abril 2014



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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