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Salmo 8: ¡Señor, dueño nuestro, qué admirable es tu nombre!

por Francisco Quijano

 

¡Señor, dueño nuestro,
¡qué admirable es tu nombre
en toda la tierra!

Ensalzaste tu majestad sobre los cielos.
  De la boca de los niños de pecho
  has sacado una alabanza contra tus enemigos,
  para reprimir al adversario y al rebelde.

Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos,
  la luna y las estrellas que has creado,
  ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él;
  el ser humano, para darle poder?

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
  lo coronaste de gloria y dignidad,
  le diste el mando sobre las obras de tus manos,
  todo lo sometiste bajo sus pies:

rebaños de ovejas y toros,
  y hasta las bestias del campo,
  las aves del cielo, los peces del mar,
  que trazan sendas por las aguas.

Señor, dueño nuestro,
  ¡qué admirable es tu nombre
  en toda la tierra!

● ● ●

El salmo está compuesto de un estribillo y un desarrollo en dos partes señaladas por un punto de flexión. El estribillo da la tonalidad del salmo: admiración y alabanza ante la grandeza de Dios. El punto de flexión introduce una interrogación sobre la pequeñez de la criatura humana.

Las imágenes se despliegan en un movimiento que va de grandes espacios celestes a un recogimiento en la intimidad de la conciencia para abrirse de nuevo al vasto espacio de la tierra. Contemplo el cielo, contemplo mi pequeñez, contemplo la tierra.

La primera estrofa (vv. 2-3) presenta un contraste y una paradoja: el firmamento que manifiesta la grandeza de Dios es el límite que no pueden franquear los arrogantes; la alabanza que brota de la boca de unos niños de pecho es un baluarte de Dios contra sus adversarios.

En la segunda estrofa (vv. 4-5) se manifiesta la grandeza de Dios  en la belleza de una noche estrellada con luna llena. El universo revela el nombre del Señor, ese que los israelitas no osaban pronunciar: YHWH.

La clave del salmo se halla aquí: la criatura humana se mantiene en pie delante de Dios al reconocer que cuida de ella; su pequeñez no la lleva al abatimiento, antes bien la impulsa a tenerse serena y confiada ante su Creador.

La tercera estrofa (vv. 6-7) explicita el asombro del ser humano ante su Señor, que le ha otorgado una dignidad por sobre los demás criaturas. La expresión literaria evita que la criatura quede absorta en su dignidad: todos los verbos hiciste, coronaste, diste, sometiste tienen por sujeto a Dios, remiten a él como fuente de la grandeza humana.

En la última estrofa (vv. 8-9) la criatura humana se complace al contemplar la tierra y todos sus habitantes, que es el dominio confiado a ella por parte de Dios. Se pone de relieve a la vez su precariedad y su dignidad: son el varón y la mujer que participan del señorío de Dios sobre la creación (Génesis 1).

El salmo confiesa la fe en el Dios Único : “Escucha, Israel, Yahveh nuestro Dios es el Único Señor” (Dt 6,4; cf. 4,15ss). Confiesa también el señorío de la criatura humana, hecha a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26).

La relación de la criatura humana con Dios aparece en forma admirativa en todo el salmo, pero en un momento se torna interrogativa (v. 5). No es duda sino expresión de asombro religioso: ¿Quién soy yo? ¿Qué es el ser humano?

Esta pregunta sobre nuestro ser aparece en el Salmo 144 seguida de una meditación; y en Job 7,17ss, donde es reclamo a un Dios que parece indiferente ante el sufrimiento humano.

En el Nuevo Testamento adquiere nueva significación. Ante el reproche de las autoridades judías por el homenaje de la gente a Jesús a raíz de la expulsión de los vendedores del templo y de sus milagros, Mateo presenta este diálogo: “¿Oyes lo que dicen estos”. “Sí les dice Jesús. ¿No han leído que de la boca de los niños y de los que aún maman te preparaste una alabanza?” (21,16). Esta lectura destaca la paradoja del salmo: en la alabanza de los niños tiene Jesús una defensa frente sus enemigos.

La paradoja se agudiza en la Carta a los Hebreos. La pregunta, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?, tiene esta respuesta: Jesús, el que padece la muerte por todos, fue hecho poco menos que un dios al asumir la condición humana y fue coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte. En Jesús tenemos el prototipo de la debilidad humana en la que se manifiesta la gloria de Dios (cf. 2,5-9). [F. Q]

 

Ver: Luis Alonso Schökel, Treinta Salmos: Poesía y Oración. Madrid: Cristiandad, 1981.

 

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Noviembre 2012

 



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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