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    N° 51 OCTUBRE 2017 AVENTURA ESPIRITUAL    
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Claudio Abbado: Aprender a escuchar el silencio

Claudio Abbado (3.6.1933-20.1.2014) fue director titular en La Scala de Milán, la Filarmónica de Viena, la Sinfónica de Londres, la Filarmónica de Berlín. Fundó varias orquestas juveniles: la de la Comunidad Europea, la Gustav Mahler, la Mozart de Bolonia; dirigió la Juvenil Simón Bolívar de Venezuela. Recuperado del cáncer que lo afectó el año 2000 organizó la Orquesta del Festival de Lucerna para interpretar grandes composiciones sinfónicas con la sensibilidad de la música de cámara.

 

Escuchar con todo el cuerpo

El año 2000 siendo director de la Filarmónica de Berlín tuvo un cáncer gástrico, padeció una grave operación. Su recuperación se debió a la música. Se dedicó entonces a organizar una orquesta de élite para los festivales de verano de Lucerna, Suiza.

«Simon –confiaba a Sir Simon Rattle, su sucesor en Berlín– mi enfermedad fue terrible, pero los resultados no han sido tan malos: siento que de alguna manera escucho desde el interior de mi cuerpo, como si la pérdida de mi estómago me hubiera dado oídos internos. No tengo palabras para expresar qué maravilloso se siente eso. Y estoy agradecido con la música, que me salvó la vida tantos años».

Con la sutileza de la música de cámara

Abbado: «Mi abuelo solía llevarme de paseo a las montañas y no hablaba mucho. Aprendí de él a escuchar el silencio. Para mí, escuchar es lo más importante: escuchar a los demás, lo que dice la gente, escuchar la música»

«Una de las cosas más importantes es que todos los músicos de la orquesta se escuchan mutuamente».

Wolfram Christ (viola principal de Berlín y Lucerna). «Abbado me pidió participar en la Orquesta del Festival de Lucerna en 1999. Me dijo que iba a invitar a un grupo de los mejores solistas, músicos de cámara y de orquesta, para formar una orquesta de festivales anuales. Yo no habría sacrificado mis vacaciones por nadie más que por él, y no estaba seguro de si iba a funcionar esto, pues a orquestas como la de Berlín les toma años encontrar su tono. Pero en el primer ensayo quedé sobrecogido. Era algo especial, porque en el corazón de la orquesta hay músicos de cámara que saben cómo escuchar y esta es una de las particularidades de Abbado: trabaja con la orquesta de manera que nos escuchemos mutuamente».

Julia Neher (viola en Berlín y Lucerna). «Hay algo especial en la atmósfera que él crea en los conciertos. Es algo que jamás he experimentado con otros directores. No sé cómo lo hace. En los ensayos es emocionante, pero cuando empieza el concierto es mágico. Te deja ser libre como músico, pero también logra que toquemos juntos como orquesta. Somos una gran orquesta, pero es como si tocáramos música de cámara. Trabaje con él por primera vez hace tres años en la Orquesta Juvenil Mahler. Tenía 21 años y me sentía cohibida de trabajar con él, pero también muy emocionada. Al fin vi que era un buen tipo, gracioso, muy humano.

Richard Hosford (clarinete principal en la BBC). «Como intérprete de alientos, lo que encuentro singular en él es que te deja tocar. Si estás haciendo algo que le gusta, aun si no había pensado en ello, te sigue y te apoya. Y si diste con la línea de interpretación del solo, él hará que toda la orquesta te siga. Te anima a seguir tus ideas en vez de decirte dogmáticamente lo que quiere que hagas».

El silencio más largo de nuestra vida

Martín Baeza-Rubio (director de la Orquesta de Cámara de la Ópera de Berlín). «Con él sabías desde qué punto salías, pero nunca adónde ibas a llegar. En mi vida tanto personal como profesional hay un antes y un después de conocer a Claudio Abbado. Recuerdo muchos momentos mágicos… pero quizá una de las más increíbles experiencias con Claudio y que nos muestra además su compromiso con el público, sus músicos y la propia música, fue en Japón, en Tokio, en el Bunka Kaikan, interpretando Tristán e Isolda con la Filarmónica de Berlín. Fue al poco tiempo de volver a la actividad después del diagnóstico de la enfermedad y la operación que le practicaron.

En Japón, Claudio después de un viaje tan largo no se encontraba bien. Fue ingresado en el hospital. Los ensayos se hicieron sin él y al final, cuando se estaban haciendo gestiones para que otro director viniese, dijo que no se buscase a nadie, que él dirigiría y salió del hospital firmando bajo su propia responsabilidad (ya que el alta no se la daban) para dirigirnos. Cuando nos informaron, casi no lo creíamos y cuando llegó, teníamos todos miles de sentimientos entremezclados, pensando cualquier tipo de desenlace no deseado. Esto hizo que la entrega de todos aquel día fuera mucho más que en cuerpo y alma. Es absolutamente imposible describir con palabras todas las emociones vividas ese día. Desde la primera nota hasta que terminó la ópera nos encontramos todos en una dimensión en la que nunca habíamos estado jamás.

Al finalizar, Claudio quiso en la escenografía que se fueran apagando las luces hasta quedar en la más absoluta oscuridad, para que ayudara mejor a generar el silencio, puesto que también es música, después de la obra. Pues bien, el silencio que se produjo aquel día fue absolutamente sobrecogedor. Nos elevó el alma a un estado desconocido, en parte metafísico, no humano, fue espectacular, increíble. Fue el silencio más largo que jamás haya vivido, nadie respiraba, fue tan largo que, cuando de momento todo el público (a oscuras) a la misma vez rompió a aplaudir, fue tan increíble, que al encenderse de nuevo las luces, toda la orquesta estaba llorando, los cantantes en la escena, coro, todos, el público, todo el mundo, lloraba. Al final, y después de salir al escenario a recibir aplausos innumerables ocasiones, sin energía ni para andar, tuvo que volver al hospital, para salir de nuevo bajo su responsabilidad días más tarde, para volver a dirigir Tristán e Isolda.

Claudio, ha sido un placer enorme compartir tantos momentos contigo. Estaré siempre infinitamente agradecido».

 

Testimonios publicados en los periódicos The Guardian y El País.

 

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Sinfonía Nº 2 de Gustav Mahler – Resurrección – Final 5º mto (video: 5 m)
Con Eteri Gavazava (soprano), Anna Larsson (mezzo soprano) Orquesta del Festival de Lucerna
Abbado interpretó esta sinfonía el año 2003 tras su recuperación del cáncer gástrico: Auferstehung – Anástasis - Resurrección.

Debussy Nocturnos con la Orquesta Filarmónica de la Scala de Milán
1. Nubes (6:47 m)  2. Fiestas (14 m)  3. Sirenas (10:30 m) (tres videos)
Al escuchar –a los siete años– en La Scala Los Nocturnos de Debussy descubrí mi sueño, que no era de ser director sino de poder algún día recrear aquella magia.

Concierto para piano en Sol mayor de Maurice Ravel (solo sonido: 21 m)
Con Martha Argerich y la Filarmónica de Berlín 
Grabación de 1967 cuando él tenía 34 años y ella 26.

 

Responsable: Francisco Quijano

 

Marzo 2014



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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