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Salmo 131: Como un niño en el regazo de su madre

por Carmenza Avellaneda

 

Señor, mi corazón no es engreído
ni mis ojos altaneros;
no persigo grandezas
ni prodigios que me superan.

Calmo y silencio mi anhelo
como un niño junto a su madre,
como un niño junto al Señor.

Israel espere en el Señor,
ahora y por siempre.


(Versión Biblia del peregrino)

 

Señor, mi corazón no es pretencioso,
y mis miradas no han sido altaneras;
no he perseguido grandezas
ni aquello que me supera.

Al contrario, mis deseos se han calmado y silenciado,
como un niño recién destetado en el regazo de su madre,
como un niño recién destetado así está mi alma.

¡Israel, pon tu esperanza en el Señor,
ahora y siempre!


(Versión de ecuménica TOB)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

●.●.●

Este salmo pertenece a la colección de los llamados salmos graduales que se recitaban durante las peregrinaciones al Templo de Jerusalén, según algunos; otros piensan que los levitas cantaban alguno de ellos cuando subían las quince escalas que separaban el atrio de las mujeres del atrio de Israel.

Este breve poema describe la realidad del salmista ante Dios con imágenes muy sencillas y corrientes. El orante expresa sentimientos y actitudes profundas de humildad, confianza y abandono bajo la imagen del niño que reposa en el seno de su mamá. Comienza hablando al Señor, su Dios, y termina de la misma manera, abriendo la perspectiva a todo el pueblo de Israel e invitándolo a tener los mismos sentimientos de humildad y de confianza. Dependencia de Dios y total confianza caracterizan este breve himno, lleno de espiritualidad.

Este salmo “es una escalera muy corta, cuyo aprendizaje nos va a llevar muy alto” (Ch. Spurgeon), es un modelo para la fe de Israel, es el salmo de la madurez del cristiano.

Cada versículo, cada expresión, tiene un contenido profundo; a pesar de ser muy corto y de estar marcado por la serenidad y la paz, lleva una enorme fuerza en los sentimientos que enuncia.

Mi corazón no es ambicioso.  En la lengua hebrea el corazón corresponde más que a sentimientos a proyectos, planes, metas, decisiones. El corazón no ambicioso es el que tiene planes y proyectos en armonía con los de Dios sobre la persona. San Pablo nos habla de renovar la mentalidad, de cambiarla, de acordarla a la de Dios.

Mis ojos no son altaneros. El salmista sale de sí mismo para enfocarse en las relaciones con los otros, no de altivez y orgullo, sino marcadas por la comprensión, la bondad, la aceptación sin calificativos, la tolerancia, el respeto.

No persigo grandezas, maravillas que me sobrepasan. El suplicante se sitúa frente a sí mismo con objetividad y humildad. El salmo remite a las recomendaciones de Pablo a la comunidad de Filipos: “Tengan lo sentimientos de Cristo, quien se vació y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos” (Fil 1,5.7).

Como un niño en el regazo de su madre. Esta imagen hace pensar en el icono de María, la de Nazaret, con su niño Jesús; en la imagen de tantas mamás pobres o ricas, que cuidan a sus pequeños expresándoles con gestos de ternura su amor, dándoles tiempo y cariño, seguridad y calma.

Confianza, serenidad, humildad, satisfacción son actitudes del cristiano que Jesús vivió marcándonos el camino. El invita a sus discípulos a hacerse como niños: “Si no se hacen como los niños, no entrarán en el reino de los cielos. El que se haga pequeño como este niño, ese es más grande en el reino de los cielos” (Mt 18,2-4). “El más pequeño de todos ustedes ese es el mayor” (Lc 9,48). Hacerse niño es despojarse, es abandonarse confiado, es creer.

Jesús mismo se abandona en su Padre cuando en la cruz se entrega: “En tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). La confianza del creyente se cimenta en el amor de Dios tantas veces manifestado a su pueblo, a la Iglesia, a la comunidad, a los pobres, en la vida cotidiana. Oseas escribe: “Cuando Israel era niño, lo amé y desde Egipto llamé a mi hijo. Yo le enseñé a andar y lo llevaba en mis brazos. Con correas de amor los atraía, con cuerdas de cariño. Fui para ellos como quien alza una creatura a las mejillas, me inclinaba y les daba de comer” (Cfr Os 11,1-5). El Deuteronomio lo registra: “Tus vestidos no se han gastado ni se te han hinchado los pies durante estos cuarenta años, para que reconozcas que el Señor, tu Dios, te ha educado como un padre educa a su hijo” (Deut 8,4).

Dios es el Padre, la Madre llena de amor. Las parábolas de Jesús lo ponen bien de manifiesto. La del hombre asaltado en el camino, la del hijo que vuelve a casa, la de la oveja o la moneda perdida, todas invitan a la confianza y a sentirse amado, buscado, preferido. “Tomen mi yugo que es suave y mi carga que es ligera” (Mt 11,30), acojan mi Palabra, mi proyecto. Cuando se está en las manos del Señor hay completa seguridad y calma. Esta encuentra su fuente en la humildad: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón y hallarán reposo para su alma” (Mt.11,29).

Podríamos apropiarnos la oración de Carlos de Foucauld, preciosa glosa de este salmo.

Padre mío, me abandono a Ti,
haz de mi lo que quieras.
Lo que hagas de mi te lo agradezco.
Estoy dispuesto a todo,
lo acepto todo.
Con tal de que tu voluntad se cumpla en mí,
y en todas tus criaturas,
no deseo nada más, Dios mío.
Pongo mi vida en tus manos,
te la doy, Dios mío,
con todo el amor de mi corazón,
porque te amo,
y porque para mí, amarte es darme,
entregarme en tus manos sin medida,
con infinita confianza.
Porque tú eres mi Padre.

 

lustraciones: Maternidad de Alessandra Cimatoribus. Madre hopi - indios pueblo - con su criatura 

 

 

Noviembre 2014



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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