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    N° 51 OCTUBRE 2017 PARA MEDITAR    
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Etty Hillesum: Encontrar a Dios en el pozo interior

por Domingo Cosenza

 

En junio de 1942, cuando ya se concretaban los signos de la aniquilación de la comunidad judía de los Países Bajos, una joven de 27 años escribía en una pequeña habitación de Amsterdam: «Lo que vivo en mi interior, y que no es únicamente mío, no tengo derecho a guardármelo para mí sola...». Ese mensaje, que ella confiaba con regularidad a unos modestos cuadernos escolares, nos produce hoy una viva impresión al llegarnos, como por un milagro, a través de medio siglo de silencio. Fue en 1981 cuando un editor se decidió a exhumar algunos fragmentos, que ya han sido traducidos a catorce idiomas.

Etty Hillesum morirá en Auschwitz. Benedicto XVI la recordó en su penúltima Audiencia, el 13 de febrero de 2013: «Inicialmente lejos de Dios, lo descubre mirando profundamente dentro de ella misma y escribe: «Un pozo muy profundo hay dentro de mí. Y Dios está en ese pozo. A veces me sucede alcanzarle, más a menudo piedra y arena le cubren: entonces Dios está sepultado. Es necesario que lo vuelva a desenterrar» (Diario, 97). En su vida dispersa e inquieta, encuentra a Dios precisamente en medio de la gran tragedia del siglo XX, la Shoah. Esta joven frágil e insatisfecha, transfigurada por la fe, se convierte en una mujer llena de amor y de paz interior, capaz de afirmar: «Vivo constantemente en intimidad con Dios».

Transcribo un fragmento tanto más significativo cuanto fue escrito un mes antes de que fuera trasladada a Auschwitz, no como detenida, sino por elección voluntaria para compartir la suerte de su pueblo.

 

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Para humillar hacen falta dos. El que humilla y aquel a quien se quiere humillar; pero, sobre todo, alguien que acepte dejarse humillar. Si falta este último o, dicho de otro modo, si la parte pasiva está inmunizada contra todo tipo de humillación, las humillaciones infligidas se deshacen en humo. Lo único que queda son las medidas vejatorias que trastornan la vida cotidiana, pero no esa humillación o esa opresión que agota el alma. Hay que educar a los judíos en este sentido. Esta mañana, bordeando en bicicleta el Stadionkade, me encantó contemplar el vasto horizonte que se descubre en los lindes de la ciudad y respirar el aire fresco que todavía no nos han racionalizado. Todo está lleno de carteles que prohíben a los judíos todos los senderos que conducen a la naturaleza. Pero por encima de este trozo de camino que sigue abierto para nosotros, se extiende todo entero el cielo. Nada pueden hacernos, verdaderamente nada. Pueden hacernos la vida demasiado dura, despojarnos de ciertos bienes materiales, quitarnos cierta libertad de movimiento completamente exterior, pero somos nosotros mismos quienes nos despojamos de nuestras mejores fuerzas mediante una actitud psicológica desastrosa. Sintiéndonos perseguidos, humillados, oprimidos. Experimentando odio. Fanfarroneando para tapar nuestro miedo. Todo el mundo tiene derecho a estar triste y abatido de vez en cuando por lo que nos hacen sufrir. Es humano y comprensible. Y, sin embargo, somos nosotros quienes nos infligimos el verdadero expolio. Yo encuentro hermosa la vida y me siento libre. En mí se despliegan unos cielos tan amplios como el firmamento. Creo en Dios y creo en el ser humano, y me atrevo a decirlo sin falsas vergüenzas. La vida es difícil, pero eso no es grave. Hay que empezar por tomar en serio lo que en nosotros merece ser tomado en serio; lo demás fluye, cae por su peso.

Si algún día se instala la paz, ésta sólo podrá ser auténtica si cada individuo hace la paz primero en sí mismo, si arranca de sí todo sentimiento de odio hacia cualquier raza o pueblo, o bien si domina ese odio y lo transforma en otra cosa, quizás incluso, a la larga, en amor; ¿o es demasiado pedir? Sin embargo, es la única solución. Podría seguir páginas y páginas en esta línea. Pero puedo detenerme aquí. Este pequeño fragmento de eternidad que llevamos en nosotros mismos puede ser evocado tanto con una sola palabra como con diez voluminosos tratados. Soy una mujer feliz y canto las alabanzas de esta vida -¡claro que sí!-, en el año del Señor –todavía y siempre del Señor- de 1942, enésimo año de la guerra.

 

* Diario de Etty Hillesum, 20 de junio de 1942. Citado en Paul Lebeau, «Etty Hillesum, un itinerario espiritual», Editorial SAL TERRAE, Santander 2000, pp. 129-130.

 

octubre 2013



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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