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    N° 51 OCTUBRE 2017 TESTIGOS DE CRISTO    
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Manuel Larraín: Precursor del Concilio Vaticano II

por Gonzalo Sotomayor

 

Don Manuel Larraín Errázuriz nació en Santiago el 17 de diciembre de 1900. Después de estudiar en el Colegio San Ignacio ingresó a la Universidad Católica a estudiar Derecho, carrera que dejó para entrar al Seminario Pontificio Mayor de Santiago. Fue ordenado sacerdote en Roma en 1927. Al año siguiente regresó a Chile y colaboró en la formación de los seminaristas. Por esos años, monseñor Carlos Casanueva lo llevó a la Universidad Católica, donde llegó a ser Pro Rector. En agosto de 1938 fue consagrado Obispo de Talca. Asumió como obispo titular el 21 de enero de 1939, hasta el 22 de junio de 1966, cuando murió en un accidente automovilístico. Desde 1952 a 1962 don Manuel estuvo a cargo de la Acción Católica. Hacia mediados de los 50, participó en la reunión de obispos latinoamericanos de Río de Janeiro, con ocasión del Congreso Eucarístico. Fundó entonces junto a don Helder Cámara el Consejo Episcopal Latinoamericano, CELAM. Fue su primer vicepresidente y entre los años 1964 y 1966 ejerció la presidencia.

Murió poco antes de la Conferencia de Medellín que él mismo promovió para aterrizar en América Latina las conclusiones conciliares: “Si los jóvenes sienten que la Iglesia no tiene el coraje de aplicar sus conclusiones, nos darán las espaldas y partirán para otras ideologías”, dijo al terminar el Concilio.

Compartió con san Alberto Hurtado, su amigo del alma, la misma inquietud de amor a los pobres y de apoyo a las luchas obreras por mayor justicia. Al entregar tierras a los campesinos, puso a la Iglesia a la vanguardia de la Reforma Agraria, que cambiaría para siempre la estructura del campo chileno. Reclamó libertad para los políticos que quisieron colaborar con el bien común por cauces distintos a los que ofrecía el Partido Conservador, y defendió a los jóvenes falangistas cuando se intentó disolverlos.

Los grandes hitos de su acción pastoral serían prolongación de las principales problemáticas planteadas a la Iglesia chilena en el paso del siglo XIX al XX. Defendió la independencia del los católicos de cualquier opción política “La Iglesia y la Acción Católica quedan fuera y sobre la política de partidos. No es la Iglesia, ni las organizaciones que dependen de Ella las que deben ejercer actividad política, sino los ciudadanos en cuanto tales”.

A comienzos de los años sesenta enfrentó a una cuestión decisiva de la problemática social: la concentración de la propiedad de la tierra en muy pocas manos y la dependencia y “consecuente inseguridad de las muchedumbres que con su trabajo hacen posible que esas tierras den su fruto”. “expresión del sentido profético esencial al cristianismo”, que se resume en un gran imperativo: “la redención del proletariado”. No dudo en entregar los campos de su diócesis para que se efectuara la Reforma Agraria. Destacó la que era imprescindible “…reconocer en el grito de las masas proletarias un clamor de justicia y de fraternidad; un grito de la justicia que clama por ser cumplida, como condición de posibilidad de una auténtica relación con el Dios de Jesucristo: “no podemos recitar piadosa y sinceramente cada día la plegaria sublime ‘hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo’, si pensamos que la voluntad del Padre Celestial es violada cada vez que hijos suyos se ven obligados por la situación material y moral impuesta a grandes sectores del mundo del trabajo a exponer su alma para poder comer su pan … no podemos recitar cada día el ‘venga a nosotros tu reino’ si no trabajamos con toda nuestras energías para que esa redención llegue en toda su amplitud y profundidad a la (clase) trabajadora”. La “redención proletaria” es necesaria e ineludible, porque “…mientras haya proletariado no habrá orden social que merezca llamarse ni orden, ni cristiano”.

Manuel Larraín creía que los cambios sociales se lograrían buscando el establecimiento de un orden humano, que sólo será posible mediante la “desproletarización del trabajador” que es un proceso complejo e integral y no realizable meramente mediante “revoluciones externas”, que sólo son meras transformaciones a nivel de la estructura social que es lo que ofrecen las doctrinas marxista y otras sino que esta transformación debe ser “…más profunda, es una revolución que cambia el espíritu y la mente y de ahí se refleje en la vida económica, política y social… Las reformas de la estructura social tendrán éxito en la medida que se establezca esta redención interna” y ella debe considerar un proceso que integre “tres planos íntimamente unidos entre sí: el espiritual, el económico y el social” y específicamente, en el plano económico la redención del proletariado debe partir por afinar la sensibilidad de los cristianos ante las injusticias; saber constatarlas. Pero no sólo eso, porque “nada hay tan lejano al espíritu cristiano como la acción meramente conformista con un orden social viciado”

Manuel Larraín creía que debía crearse un “régimen económico jurídico” que facilitará el acceso a los bienes al mayor número de personas que es “una de las aquellas metas sociales que la Iglesia constantemente propugna” de tal forma que “Al grito marxista: ningún propietario, nosotros oponemos el cristiano: todos propietarios” Porque según la enseñanza social permanente de la Iglesia, la finalidad última de la posesión de bienes y de toda forma de empresa, no es la mera acumulación ni el lucro, sino la vida este desafío no apela a la caridad en un sentido paternalista, sino a la justicia: “No habrá paz social sin justicia social” y no habrá “orden social sin justicia” .

Manuel Larraín soñó un nuevo orden social para Chile y sobre todo para las personas que constituyeron el “proletariado”, y al igual que en el Chile de hoy, en que se están develando las nuevas formas que ha tomado el proletariado y las carencias en materia de, salud, justicia, trabajo y principalmente educación, ese orden que sólo puede tener un fundamento firme en la justicia, en la libertad y en la caridad, que es el mandamiento supremo de Cristo.

 

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Agosto 2013



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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