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Salmo 150: Todo viviente alaba al Señor

por Pascale Moisy

 

¡Aleluya!

Alaben a Dios en su templo,

Alábenlo en su augusto firmamento

Alábenlo por sus magníficas hazañas,

Alábenlo por su inmensa grandeza.

Alábenlo al son de trompetas

Alábenlo con arpas y cítaras

Alábenlo con danzas y tambores,

Alábenlo con liras y flautas,

Alábenlo con címbalos sonoros,

Alábenlo con címbalos vibrantes.

¡Que todo viviente alabe al Señor!

¡Aleluya!

 

● ● ●

 

El salterio es un libro hermoso donde podemos dialogar con Dios a través de la oración de cada salmo. El salterio nos viene dado desde tiempos muy antiguos, en cada uno de ellos se continúan expresando sentimientos, penas y alegrías de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Cantar, leer, orar los salmos es dejar a Dios dialogar en nuestra vida, como Él lo hizo con cada miembro de su pueblo.

El salmo 150 es el último del salterio. Desde la primera lectura del salmo podemos sentir la fuerza de alabanza que el salmista quiere expresar. No hay un versículo sin el verbo “alabar” este es imperativo. El salmo 150 - gran doxología por excelencia - parece concluir el libro de los salmos con extraordinarios fuegos artificiales de alabanza de la creación a su Dios. El invita a todos los instrumentos de música del mundo y a todos los pueblos – cualesquiera sean – a alabar al Dios único y verdadero.

En su templo… en su augusto firmamento

El salmista nos invita a alabar a Dios en dos moradas, en su templo por la liturgia, y en “su augusto firmamento”, expresión por excelencia de su divinidad todopoderosa. Alabar a Dios es reconocer su grandeza y sus manifestaciones poderosas durante este largo camino que Él está haciendo con su pueblo elegido. Solo Él puede salvarlo de todas las trampas y de los enemigos que puede encontrar en este largo camino hasta la verdadera “tierra prometida”.

En el templo... Aquí se hace una alusión al Templo de Jerusalén. Pero, ¿de qué templo de Jerusalén estamos hablando? ¿De un templo celestial o de un templo  terrenal? El salmista no lo precisa, sin embargo cualquiera sea, alabar a Dios en su Templo, es reconocer al Dios todopoderoso, al Dios único y verdadero… al Dios que se hace presente y acompaña a su pueblo. Dar gracias a Dios, alabarlo es reconocer el amor y las maravillas de Dios por su pueblo. Dar gracias, es reconocer también en su más sencilla expresión qué significa el mandamiento que el Señor nos dio: “Amaras al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Mt 22,37). Alabar es reconocer la presencia de Dios en nuestra propia vida, el trabajo de su Espíritu para la conversión de nuestro corazón. La fuerza y el poder de Dios se expresa al mismo tiempo en maravillas extraordinarias como la división del mar para salvar su pueblo, o por el maná en el desierto… sin embargo el testigo más poderoso del poder del amor de Dios se manifiesta en la conversión diaria de nuestro corazón, conversión que nos invita reconocerlo como nuestro Creador, nuestro Dios que nos ama infinitamente… hasta dejar su Hijo morir en la  cruz para salvarnos.

Alábenlo al son de trompetas, con arpas y cítaras

La primera estrofa del salmo nos invitaba a reconocer el poder infinito de Dios, su gloria y sus actos en favor de su pueblo. Los versículos 3-5 constituyendo la segunda estrofa nos dicen cómo alabar a Dios: Con la orquesta de los instrumentos de música. Las trompetas y los címbalos expresan la victoria, la gloria del Señor, en breve el poder triunfante de Dios. El resplandor del sonido de los instrumentos en cobre aumenta la expresión de la fuerza divina y para reforzar la idea de triunfo, el salmista usa los adjetivos sonoros y vibrantes para los címbalos.

A propósito de los instrumentos con cuerdas, el salmista cita las arpas, cítaras y liras. Tocados juntos, ellos simbolizan todos los instrumentos con cuerdas conocidos en la época.

Los instrumentos de viento en caña, y más tarde en madera o huesos están recapitulados por el instrumento de la flauta. La dulzura de la flauta evoca también la misericordia del Señor con su pueblo. Con la flauta se expresa la fuerza suave de Dios, fuerza que convierte los corazones de piedra en corazón de carne.

Para terminar con los instrumentos de música, los instrumentos de percusión están representados por el uso de los tambores hechos con madera y piel, instrumento de los pastores itinerantes. Todos estos instrumentos tienen un origen mucho más antiguo en diversos pueblos lejos del pueblo de Israel.

El salmo 150 reúne todas las familias de instrumentos de la música de la época. Esta orquesta musical está al servicio de la alabanza a nuestro Señor. No sólo expresa con sonidos armoniosos los diversos aspectos del poder de Dios,  también invita al hombre a bailar para su Dios, a poner al ritmo de Dios nuestro propio cuerpo. Todos estamos invitados a celebrar la gloria y poder de Dios.

¡Que todo viviente alabe al Señor!

Ya podíamos percibir en los instrumentos citados en la segunda estrofa, la dimensión universal. El último versículo abre la mirada del pueblo de Dios y la  nuestra igualmente a una dimensión antropológica y universal de la liturgia. Todos estamos llamados a alabar a nuestro Dios, sin distinción. “Todo viviente alabe al Señor”. Cada creatura humana está invitada a reconocer la obra de Dios en cada uno de nosotros. Así podremos con alegría y sencillez alabarlo toda nuestra vida en el templo de la Jerusalén terrestre y celeste.

 


Agosto 2013



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Fr. Francisco Quijano O.P.
http://www.adorarenespiritu.org