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    N° 51 OCTUBRE 2017 PALABRA DEL MES    
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Buscar al Dios escondido

por Luis Carlos Bernal

 

El camino del creyente comienza en la búsqueda de Dios. Es su primer paso. Él siente la necesidad de buscar a Dios con empeño y con pasión, a tientas a veces. A menudo, el que busca a Dios exclama como el profeta Isaías: “En verdad, tu eres un Dios escondido” (Is 45, 15). “Él es por definición ‒decía Juan Pablo II‒ el ‘Deus absconditus’. No lo puede abarcar ningún pensamiento. El hombre solo puede contemplar su presencia en el universo, siguiendo sus huellas y postrándose en adoración y alabanza”. Ahí, en esta coyuntura de urgencia de claridades, de búsquedas de sentido se inicia el camino de la fe, el trayecto del creyente.

Muchos son los que han buscado a Dios y muchos hombres y mujeres están todavía empeñados en su búsqueda. Voy a comentar algunos versos del Salmo I de don Miguel de Unamuno (1864-1936), un obstinado buscador de Dios. El vigor de su búsqueda tal vez esclarezca las nuestras.

La duda insistente

Señor, Señor, ¿por qué consientes
que te nieguen ateos?
¿Por qué, Señor, no te nos muestras
sin velos, sin engaños?
¿Por qué, Señor, nos dejas en la duda, duda de muerte?
¿Por qué te escondes?

El camino del creyente comienza por la búsqueda de Dios. Le buscamos porque es el “Deus absconditus”. Si él se mostrara sin velos, le veríamos cara a cara, y no habría lugar para la duda, pero tampoco para la fe porque ésta es “la prueba de lo que no se ve” (Hb 1, 1); la fe es una firme convicción personal que nos induce a fiarnos del “Dios escondido”, del Dios Invisible, y a confiarnos a él. El camino de la fe supone un acto de confianza, de credibilidad. Las dudas, no obstante, siempre van a acompañar a quien busca el rostro de Dios.

No caer en la trampa

¿Tú, Señor, nos hiciste
para que a ti te hagamos,
o es que te hacemos
para que tú nos hagas?
¿Dónde está el suelo firme, dónde?

Esta molesta duda es la que atormenta, a menudo, al buscador de Dios en los comienzos de su búsqueda. La fe, ¿no será una autosugestión? ¿Puedo ser al mismo tiempo el sugestionador y el sugestionado? ¿No estaré creando a un dios para que él, a su vez, me cree? ¿No me estaré tendiendo a mí mismo una trampa? Estas dudas persisten en el camino del creyente hasta la etapa en que inaugura un encuentro profundo y gratuito con Dios, donde experimenta que él es “el Otro” distinto a él, un “Tú” que se le ha revelado, a quien no puede poseer sino que se siente poseído por él.

Anhelos de Dios

¡Quiero verte, Señor, y morir luego,
morir del todo; pero verte, Señor, verte la cara,
saber que eres!
¡Saber que vives!
¡Mírame con tus ojos,
ojos que abrasan; mírame y que te vea!

El creyente quiere ver a Dios, aunque muera por ver su rostro. Como el profeta Elías sube al Horeb a ver a Dios y a que él le vea; quiere saber que Dios está y que vive. Su plegaria es: “¡Oh Dios!, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua” (Sal 62). El hambre y la sed incitan la búsqueda.

Las fatigas de la búsqueda de Dios

Ya de tanto buscarte
perdimos el camino de la vida, el que a ti lleva

si es, ¡oh mi Dios!, que vives.
Erramos sin ventura, sin sosiego y sin norte,
perdidos en un nudo de tinieblas,
con los pies destrozados, manando sangre, desfallecido el pecho,
y en él el corazón pidiendo muerte.
Ve, ya no puedo más, de aquí no paso, de aquí no sigo, aquí me quedo.
Yo ya no puedo más, ¡oh Dios sin nombre!
Aquí te aguardo, en el umbral tenido de la puerta.

Tú me abrirás la puerta cuando muera,
la puerta de la muerte,
y entonces la verdad veré de lleno,
sabré si Tú eres,
o dormiré en tu tumba.

Don Miguel de Unamuno describe el cansancio del creyente en su búsqueda de Dios. Nos cuenta su propia experiencia de dudas, tinieblas, pérdidas del rumbo. Y, todavía más: nos habla de duda terrible: si al morir se encontrará con él o dormirá en su tumba. Don Miguel está enterrado en Salamanca, en un sencillo nicho. Él mismo redactó este breve texto para la lápida: “Méteme, Padre Eterno, en tu pecho, misterioso hogar. Dormiré allí, pues vengo deshecho del duro bregar”. El camino del creyente es duro y arriesgado, pero vale la pena recorrerlo. “Ahora ‒decía Pablo‒ vemos como en un mal espejo, confusamente, después veremos cara a cara. Ahora conozco a medias, después conoceré tan bien como Dios me conoce a mí. Ahora nos quedan tres cosas: la fe, la esperanza, el amor. Pero la más grande de todas es el amor” (1 Co 13, 12-13).

 

En la Biblioteca de este sitio se encuentra una versión íntegra de esta reflexión junto con el Salmo I de Miguel de Unamuno también íntegramente. La ilustración es un estudio para el cuadro de Moisés y la zarza de Marc Chagall.

Julio 2013



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Fr. Francisco Quijano O.P.
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